Cuando escuchamos la palabra "novia", casi de forma automática aparece una imagen muy concreta: una mujer vestida de blanco y acompañada de algunos elementos que, en el imaginario colectivo, parecen inamovibles: velo, joyas y ramo. Sin embargo, las novias no siempre vistieron de blanco; esta costumbre se popularizó a partir de la boda de la reina Victoria del Reino Unido en 1840. Desde entonces, una potente mezcla de historia, moda y cultura popular ha consolidado esa estética como la representación más reconocible del matrimonio. De todos esos elementos, quizá el más constante a lo largo del tiempo ha sido el ramo. Aunque hoy lo entendemos como un accesorio más, en sus orígenes no era decorativo, sino que cumplía una función muy concreta.
El origen del ramo de novia: mucho antes de la moda
Mucho antes de que el ramo de novia se convirtiera en un elemento meramente ornamental, ya se utilizaba. En la Antigua Grecia y Roma, las mujeres solían llevar en sus manos, durante la ceremonia, hierbas aromáticas como el laurel o el romero; tenían la creencia de que ayudaba a proteger la unión y atraía la buena suerte.
Esta idea se intensificó en la Edad Media. El romero y el laurel empezaron a sustituirse por ajo, hierbas fuertes y especias. El objetivo era claro: debían ahuyentar a los malos espíritus y proteger a la pareja del mal de ojo. En ese momento, el ramo no era un gesto romántico ni decorativo, sino una especie de amuleto cargado de significado y simbolismo.
El punto de inflexión: cuando el ramo empieza a ser bonito
Habría que esperar varios siglos para que el ramo abandonara su función práctica y empezara a convertirse en un elemento decorativo que ayudaba a completar el look. Ese momento llegó en la época victoriana, cuando las flores comienzan a adquirir un lenguaje propio gracias a la floriografía, es decir, la capacidad de transmitir mensajes a través de cada especie floral.
Es entonces cuando el ramo empieza a transformarse en algo más delicado y estético. Se introducen flores frescas, se cuidan las composiciones y se empieza a pensar en el color y la armonía con el vestido de novia. El ramo deja de ser solo un elemento protector para convertirse también en una forma de expresar emociones y comunicar.
El ramo de novia como complemento clave
Pero es a lo largo del siglo XX cuando el ramo de novia se convierte, realmente, en lo que es hoy en día: una parte esencial del look de la novia que no solo lo completa, sino que a veces lo modifica. Así, si a principios de siglo eran diseños más bien estructurados, con predominio del color blanco y de tamaño más bien pequeño, en las décadas posteriores, estas composiciones virarán hasta opciones mucho más desestructuradas, llenas de color y desenfadadas. Aunque a principios de los noventa se volverá de nuevo a la sobriedad también en este elemento.
El ramo de novia hoy: personalización absoluta
En los últimos años, el sector nupcial ha experimentado una gran evolución. Han influido muchos factores: el uso generalizado de las redes sociales, la pandemia... Lo cierto es que, como resultado, las bodas son cada vez más cuidadas y la búsqueda de personalización está en el centro de todo. Se buscan experiencias especiales para los invitados, decoraciones únicas y también looks que reflejen la personalidad de la pareja. Esto no solo atañe al vestido, también al resto de complementos y, muy especialmente, al ramo.
Es por eso que hablar de tendencia en materia floral en este momento se complica. Aunque siempre hay plantas o flores que se eligen con más frecuencia —la esparraguera ha sido una de las más buscadas esta temporada—, lo cierto es que ahora mismo conviven opciones muy diferentes entre sí. Hay ramos minimalistas, elaborados con un solo tipo de flor; diseños en los que predomina el verde y tienen un aire más campestre; composiciones XXL y en cascada que, además, suelen incorporar variedades poco utilizadas en los ramos de novia... Y así hasta completar una larga lista. Múltiples opciones para múltiples estilos de novia.
Blanco, el ramo de novia que nunca falla
Sin embargo, frente a esta ola de creatividad, un elemento se mantiene inalterable: las flores blancas siguen siendo el símbolo más poderoso, y más recurrente, del universo nupcial. Y no es casualidad. Si repasamos los ramos de las novias más recordadas de todos los tiempos (desde Lady Di y Kate Middleton hasta Meghan Markle, Nicky Hilton o modelos como Cindy Crawford e Isabeli Fontana), todas ellas han optado por el blanco como hilo conductor. Cada una lo ha reinterpretado según su estilo y su época, pero ninguna ha renunciado a esa estética limpia, delicada y eternamente elegante.
Desde la floristería madrileña Savia Bruta, Lindsay y Alex nos lo resumían de forma muy clara: "El blanco es el único color que jamás pasa de moda. Es clásico, elegante y duradero en el tiempo". Para ellos, el blanco tiene un valor añadido fundamental: hace que cualquier fotografía nupcial resulte atemporal; combina con todos los estilos de vestidos, desde encajes artesanales hasta patrones satinados; y permite equilibrar looks muy llamativos, algo que muchas novias buscan cuando llevan un diseño con detalles especiales.













