Una de las cosas que más me llamó la atención cuando vi las fotos de la boda de Javier y Sandra fueron los bordados que adornaban su vestido. Esta última temporada hemos visto muchas novias con flores blancas o de colores adornando sus talles, sus faldas, las colas... ¿Pero croissants y pastelitos? Es la primera vez que me topo con algo así y prometo que cada semana me veo varias decenas de bodas. Tenía que entenderlo. Cristina Valenzuela, la diseñadora del traje, me contó que la novia era pastelera y ahí empezaron a encajar muchas cosas. Pero había mucho más detrás de su vestido.
Un vestido con corsé y lleno de anécdotas
Pese a que Sandra y Javier tenían muchos amigos en común y habían coincidido en varias ocasiones, nunca habían interactuado. En otoño de 2013 empezaron a interesarse el uno por el otro y el último día de aquel año, el 31 de diciembre, quedaron por primera vez. Ella nos cuenta que, a lo largo de todo este tiempo, han crecido y madurado juntos. Por eso, cuando llevaban seis años viviendo juntos, decidieron que era el momento de dar un paso más en su relación y se comprometieron.
Sandra siempre fue una de esas novias que tiene muy claro cómo quiere su vestido y, precisamente por eso, nos cuenta que estaba convencida de que solo Cristina Valenzuela sería capaz de darle forma. La seguía desde hacía tiempo en Instagram y, después de una primera cita con ella, no tuvo ninguna duda.
"Durante el proceso hubo alguna que otra anécdota, como por ejemplo el momento en el que le dije que quería llevar algo que me identificase y que fuese algo relacionado con mi día a día y mi pasión, la pastelería. Me acuerdo de las caras de mi tía, mi hermana, mi suegra y de Cristina cuando les dije que quería hacerme bordados de croissants y de pastelitos en el vestido, eso nunca lo voy a olvidar", recuerda divertida la novia. Pero hubo más bordados: las iniciales de los familiares que no pudieron estar presentes en un día tan especial, sus abuelos y su madre. "Quería que ella estuviera conmigo sí o sí de alguna manera".
Con todas estas premisas nació un vestido convertible compuesto por un corsé con mangas fluidas y acampanadas y una falda liviana llena de movimiento. Tanto las mangas como la falda eran desmontables, y Sandra se deshizo de ellas para disfrutar con mayor comodidad durante la fiesta. Reemplazó la falda inicial por una recta, con quillas en el bajo y de color champán, y añadió una capa bordada con cristales y abalorios.
De las joyas al ramo: todos los detalles del look
Tuvo claro su vestido, pero hubo muchas dudas con el velo. "Al principio quería utilizar el que llevó mi madre a su boda, de ahí que fuese lo último que elegí, pero al final no lo encontramos". Sandra optó por un velo clásico que colocó sobre su moño y dejando despejada su cara; quería que se viera clara su felicidad.
El resto de complementos fueron mucho más sencillos de elegir. Llevó unos pendientes convertibles, con una piedra azul, regalo de la familia de su marido. También un colgante, regalo de su tío, era muy especial para ella. Está hecho en una joyería especializada donde te crean el diamante con el pelo de un ser querido y, en mi caso, el de mi madre". En cuanto a los zapatos, eligió dos: los primeros de Flordeasoka, regalo de una amiga, que luego cambió por unas alpargatas de Castañer.
Muy divertida es la historia de su ramo. Cuando Sandra era una niña, veía una serie en la que la protagonista se casaba con un ramo de flores amarillas. "Al ser mi color favorito, las flores no podían ser otras que gerberas amarillas (la flor favorita de mi madre)", nos cuenta sobre esta composición, obra de Verdenace. Estaba anudado con una cinta de La Menua y llevaba una medalla, ambas regalo de dos buenas amigas.
En cuanto al maquillaje, confió en Yael Maquieira, a la que conocía desde hacía tiempo. "Quería que fuese algo con lo que me viera más guapa de lo normal, pero muy sencillo y muy simple". El peinado, del que se encargó Cristina, su peluquera de confianza, fue un moño a media altura, con raya en medio, que luego se soltó para el momento de la fiesta, apostando por una tendencia que cada vez tiene más acogida, la de los peinados de novia convertibles.
Una boda entre Guadalajara y Madrid con una decoración muy especial
Sandra y Javier se casaron en la iglesia San Nicolás el Real, en Guadalajara, en una ceremonia oficiada por don Segundo, a quien consideran de la familia. Después se trasladaron junto a todos sus invitados a Soto Mozanaque (Madrid), un espacio que los enamoró desde el primer momento.
La novia nos cuenta que no contaron con ninguna wedding planner —aunque si organizara su boda de nuevo, seguro que sí se pondría en contacto con una—, pero sí con la ayuda que les proporcionó la finca, la de Lucía (y Nuria, que se sumó el día de la boda).
La decoración fue muy sencilla, únicamente querían realzar con flores e iluminación la belleza de ambos espacios. "Para ello, contamos en la iglesia con la floristería Verdenace, de Guadalajara, quien decoró el altar y la entrada con flores blancas y amarillas pastel. En la finca, contamos con los arreglos florales de Aquilea, que nos ayudó a decorar el ambiente con sus flores y velas. Además, los preciosos jardines fueron iluminados por La Fiebre Eventos, ayudándonos a poner en valor el lugar y sus aledaños durante la tarde-noche".
Aunque hubo nervios de última hora —Javier había adelgazado tanto en las últimas semanas que, poco antes de la boda, cuando fue a probarse a Sastrería Prats el chaqué que se estaba haciendo a medida, le quedaba enorme; pero lo resolvieron con rapidez y todo quedó en una anécdota—, todo salió como habían imaginado.
Cuando le preguntamos a Sandra con qué se queda de aquel día, no lo duda: "En general, todo, al llevar tantos años juntos, la mayoría de invitados son comunes, porque se han convertido en familia y amigos de ambos; esto hace que la boda sea mucho más especial y que, tal y como nos recomendaron, disfrutásemos cada momento, porque es difícil que volviésemos a conseguir juntas a toda la gente que queremos en un día así".























