Artíes, en pleno Valle de Arán, es uno de esos rincones del Pirineo catalán que parecen detenidos en el tiempo. Rodeado de montañas y frondosos bosques, con sus característicos tejados de pizarra y calles empedradas, este pequeño pueblo de aire casi mágico fue el lugar que Laura y Antonio eligieron para celebrar el final de su historia de noviazgo… y el comienzo de una nueva etapa juntos. Tras once años de relación, decidieron dar el paso definitivo. “Nos conocimos gracias a su hermano mientras estudiábamos arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid”, recuerda la novia. Y añade que, cuando ella aprobó su oposición, ambos sintieron que “había llegado el momento”.
Lo decidieron a finales de julio de 2025, con la vista puesta en el año siguiente. Sin embargo, el destino les tenía preparados otros planes y no dudaron ni un momento en dejarse seducir por ellos. El reto estaba servido: tenían tan solo tres meses para prepararlo todo. Hasta un vestido de novia que acabó encarnando perfectamente el espíritu de su boda de montaña: sencilla y tremendamente chic.
Una novia de otoño con capa de cashmere
Inés Martín Alcalde fue de esas personas que aparecieron en la vida de Laura para hacerle este trepidante camino un poquito más ligero. “Confeccionaron el vestido prácticamente en dos meses. Estoy muy agradecida con ella y todo su equipo, hicieron un trabajo impecable y aprovecharon hasta el último minuto para que quedase perfecto”, nos cuenta.
Laura confió en ella desde el primer momento y en su capacidad para crear uno de esos vestidos con el sello de la casa: siempre tan especiales, elegantes y con guiños desenfadados.
Conectaron desde la primera prueba, aunque Laura nunca se imaginó vestida de novia. “Empezó a enseñarme telas, encajes y a crear el vestido directamente sobre mí. Salí muy tranquila, sabía que diseñaría algo increíble”.
Como en el mejor proyecto de arquitectura, la belleza de este vestido, aparentemente sencillo, también se escondía en la calidad de los materiales y en los pequeños detalles.
La parte superior, con un corte estructurado, estaba confeccionada en tela rústica. Era un lino que se arrugaba en mangas y tenía un escote asimétrico que se repetía en la espalda, rematado en seda despuntada.
La falda, una obra de arte con infinitas capas: dos laterales de un encaje antiguo y una última capa de seda asimétrica que envolvía y marcaba la cintura.
Una semana antes de la boda, las previsiones meteorológicas advertían bajadas de temperaturas e, incluso, nevadas, así que Inés tuvo que hacer su magia. “Me creó una capa de cashmere que hacía las veces de cola para el momento de la ceremonia. Era perfecta para casarse en la montaña y me permitió disfrutar de todo el aperitivo. Después, me la quité y descubrí todos los detalles del vestido, que era maravilloso. No llevé segundo look como tal”, explica.
Accesorios y beauty look
Cada detalle del estilismo de Laura estaba cuidadosamente pensado. El velo, como decimos, surgió del ingenioso cambio de última hora. “Como la capa fue un añadido de último momento y servía de cola, la cola del vestido acabó siendo mi velo", nos cuenta divertida.
Las joyas que eligió tenían un valor sentimental muy especial. Llevaba el anillo de esmeralda que le regaló Antonio y unos pendientes, también de Suarez, que le dieron sus suegros. Además, incorporó un broche de un familiar que no pudo asistir a la boda. “Me hizo mucha ilusión llevar algo suyo en un día tan importante”, recuerda.
Los zapatos también fueron una pequeña aventura y hacían gala de ese minimalismo nupcial que vuelve a estar tan de moda. Llegaron justo el martes antes de la boda. “Era un modelo de Saint Laurent y fue muy difícil de conseguir, pero ya no me veía con otros. Incluso, mi mejor amiga Lu intentó encontrarlos en Londres. Finalmente los conseguí en Farfetch”.
El ramo, obra de la florista Inés Urquijo, fue otro elemento con historia. Laura quería un ramo suyo, aunque la boda se celebrara en el Valle de Arán, lo que complicaba la logística. “Aun así le llamé y aceptó el reto. Hizo un ramo superespecial. Lo llevó mi padrino en coche desde Madrid, en un cubo con agua, que sujetaron mis primas durante las cinco horas de viaje. Fue un éxito gracias al trabajo en equipo”.
Para el beauty look, Laura buscó algo muy natural, acorde a su estilo cotidiano. Preparó su piel durante meses con Carmen Peñas y el maquillaje fue obra de Bea Domínguez. “Me hizo un maquillaje superfavorecedor, muy natural, con un punto bronceado”.
Una ceremonia con encanto
Laura y Antonio se casaron el 25 de octubre en la iglesia de Santa María de Artíes. Su pintoresca cubierta piramidal es lo primero que se ve cuando llegas al pueblo y, en el interior, esconde tesoros románicos y góticos que hacen de este lugar algo realmente especial.
“Tiene frescos originales, es una maravilla. Yo me imaginaba una decoración silvestre con muchas ramas y hojas, como recogidas del campo. Antonieta, de Eth Jardinet, florista del valle, lo hizo realidad”, reconoce la novia.
Una celebración en una borda
El motivo por el que Laura y Antonio decidieron adelantar la boda y organizarla en apenas tres meses fue, precisamente, para poder celebrarla en este lugar tan especial. “Cuando decidimos casarnos, llamé primero a Casa Irene para preguntar si tenían disponibilidad en la Borda para 2026”, recuerda Laura.
Le comentaron que ya no harían más bodas ese año, pero que, por suerte, se acababa de quedar libre una fecha: el 25 de octubre. “Al momento les dijimos que sí. A priori parecía una locura y nuestros padres estaban un poco preocupados, pero fue un día inolvidable y no cambiaría nada”, añade.
De hecho, el propio Antonio se reía y repitió durante los meses de organización que era una boda “organizada con la mínima cantidad de tiempo y el máximo nivel de detalle”.
Eso sí, confiaron en Begoña Masip, al frente de Mano de Santa Weddings, con un objetivo claro: disfrutar sin preocuparse de nada. “Queríamos vivir el día con tranquilidad, sabiendo que todo estaba en buenas manos”, explican.
La celebración comenzó con un aperitivo largo en el exterior, pensado para que los invitados pudieran disfrutar del paisaje y de las imponentes vistas al Montarto. El tiempo, incierto hasta el último momento, terminó regalándoles una sorpresa. “Fue un milagro, ¡hasta salió el sol!”, recuerdan. El equipo de Casa Irene se volcó para hacerlo posible, dando el máximo y apurando hasta el último minuto para que pudieran hacerlo fuera. “Estamos súper agradecidos”.
Después del cóctel, los invitados se trasladaron al interior de la Borda para la comida, en un ambiente cálido y acogedor, muy en sintonía con el entorno de montaña. La celebración culminó en la planta superior, un espacio abuhardillado que, ya entrada la noche, se transformó en una auténtica fiesta. “Parecía un club de après-ski”, reconocen.
La decoración de la boda de Laura y Antonio buscaba realzar la belleza natural de los espacios sin recargarla. Es más, apenas hizo falta decorar la borda porque el Valle de Arán en otoño era un espectáculo por sí mismo. “La montaña estaba increíble, llena de colores otoñales. Mirar el paisaje era como observar un cuadro con rojos, naranjas y amarillos en los árboles y la vegetación”, cuentan.
La papelería, diseñada por Kuramae, siguió la misma inspiración, con marca sitios en forma de hojas de otoño que se convirtieron en pequeños detalles preciosos.
Y, ¿qué hacían unos cencerros en las mesas, ocupando el sitio de cada invitado?, te preguntarás. Pues fue otro guiño divertido al esquí. “Los pusimos para que sonaran en la entrada al banquete, como se hace tradicionalmente para animar a los esquiadores en las carreras de los Alpes. Muchos de nuestros amigos luego los pusieron en su árbol de Navidad o en el Belén”, recuerdan con cariño.
Fue, en recuerdo de los novios, un día maravilloso. “Hubo muchos momentos especiales. Tener a nuestros familiares y amigos en un mismo sitio hizo que el día fuese increíble en conjunto”.






























