Si algo define la historia de Lucía y Fran es la certeza. Se conocieron en 2015 cuando eran tan solo unos jóvenes universitarios llegados a Madrid, lejos de casa y en pleno comienzo de una nueva etapa. Él, desde Benavente. Ella, desde Cartagena. Dos ciudades distintas, dos familias distintas y cada uno en un colegio mayor, ese microcosmos donde se cruzan destinos, amistades intensas y primeras decisiones adultas.
Resultó que una de las mejores amigas de Lucía era también una de las personas más cercanas a Fran en la universidad. Durante su segundo año, decidió presentarlos. Lo que vino después, según él, fue inmediato: “flechazo total”.
Lo que comenzó como una historia universitaria pronto se convirtió en un proyecto compartido. Ya llevan casi una década juntos. Diez años de crecimiento personal y profesional, y la transformación inevitable de ellos dos como pareja. “Empezar tan jóvenes no es fácil”, reconoce Lucía. “Son los años más críticos y de más cambios en la vida de un adolescente”. Pero quizá ahí estuvo la clave. Crecieron a la vez, aprendiendo a acompañarse y a sostenerse.
En esa evolución hubo otra certeza: la idea de formar una familia. Y es que ambos vienen de hogares donde el matrimonio ha sido un ejemplo. “Tenemos mucha suerte”, dice Lucía. “En casa hemos visto un ejemplo inmejorable de lo que es el amor conyugal y el matrimonio. Siempre hemos tenido claro que queríamos aspirar a ello y nos lo pusimos como objetivo en común”.
Además, ambos tenían claro que querían casarse jóvenes. “Cuando llevas ya mucho tiempo con una persona al final es algo que quieres ir materializando porque vas sintiendo que es el momento”, explica ella, “aunque cuando me lo pidió me pilló un poco desprevenida…”. Y, sin embargo, no fue una sorpresa, porque es un tema que ya se había puesto sobre la mesa. “Creo que es importante hablarlo en pareja antes. No te debe sorprender del todo. Es una decisión común y que tiene que estar bien pensada. Al fin y al cabo, es un compromiso para siempre y la decisión más importante de tu vida”.
Y esa misma certeza que marcó su historia de amor estuvo también presente en cada decisión de la boda, empezando por el vestido de novia de Lucía.
Blanca y radiante: un vestido sencillo y elegante
“Lo tenía clarísimo”, cuenta esta novia sin dudar. De hecho, solo hizo una primera prueba con la diseñadora que siempre había tenido en mente: Clara Brea. “Sabía qué patrón quería y qué era importante para mí de cara a escoger a la diseñadora. Por eso tuve muy claro que, si la primera prueba iba como yo imaginaba (que no me equivoqué), no necesitaría ver más y sería ella”. Y así fue. No hubo más citas, ni más opciones. La decisión estaba tomada desde antes incluso de entrar al atelier.
También tenía muy definido el tipo de vestido que quería. “Sé que puede sonar irónico al estar hablando de vestidos de novia, pero quería un vestido ‘muy blanco’ y que tuviera un corte ‘muy limpio’”. Su idea era ir “elegante y sencilla con un toque moderno”, pero “sin perder la esencia de una novia tradicional”, que fue su inspiración principal. Esa mezcla de modernidad y tradición marcó todo el diseño.
Se confeccionó en crepé rústico, con el cuerpo de gasa plisada. Las mangas eran de corte francés y la espalda iba abotonada hasta arriba, “un detalle que le daba un toque muy elegante”. Para Lucía, la ceremonia religiosa era lo más importante y quería que su imagen fuera acorde con ese momento.
El diseño era aparentemente sencillo, aunque detrás había un gran trabajo técnico. “Lo complicado era conseguir ese efecto de corte limpio, la confección y encontrar ese tejido opaco y tan blanco, que es por lo que, entre otras cosas, escogí a la diseñadora. Al final, lo más complicado es hacer cosas sencillas”. Tenía además otra prioridad: “que se me viese la figura, pero sin transparencias ni gasas, aunque ahora se lleve mucho”.
A pesar de que en una de las pruebas sintió un pequeño mareo, algo que ocurre sorprendentemente a muchas novias con las que hemos hablado, Lucía las vivió de una manera muy especial, sobre todo porque estuvo acompañada de su madre. “Me acuerdo de que, cuando fui a la última prueba y me vi vestida, tenía una sonrisa de oreja a oreja”. La certeza de que ese era su vestido soñado fue tal que ni siquiera le impactó ver el vestido terminado. “Era como siempre me lo había imaginado, como si ya me hubiese visto con él. Estaba supersegura”.
No hubo segundo look y llevó este único vestido, algo que también tenía muy claro. “Con lo bonito que es el proceso de diseño y lo especial que quería que fuese, quería, literalmente, no quitármelo en todo el día y que fuera perfecto”. Una vez más, certeza absoluta.
Accesorios y 'beauty look'
Como vemos, Lucía es una mujer de ideas claras y en sus accesorios nupciales también se dejó guiar por su propio criterio: “Antes de saber cómo iba a ser mi vestido, sabía que quería ir velada”, recuerda. Fue lo primero que le dijo a Clara Brea cuando le preguntó cómo se veía ese día. Para ella, el velo era muy importante, por todo lo que representa en una ceremonia religiosa. Fue un sí rotundo, aunque reconoce que hoy en día esta tradición se lleva menos.
Los pendientes también tuvieron un significado especial. “Eran una joya familiar y regalo de mi padre a mi madre. Me hacía ilusión llevar algo importante prestado y más sabiendo que venían de él”. Aunque compró otros, al final esa misma mañana decidió cuáles iba a usar. “Son unas esmeraldas con diamantes y, sin duda alguna, fueron un acierto. Al ir vestida entera de blanco, daban mucha luz y un toque especial”.
El ramo también llevaba consigo recuerdos y guiños familiares. Estaba compuesto por flores frescas, con hortensias en representación de Santander, lugar de nacimiento de Fran, y olivo, por la finca de su familia en Alicante. “Tenía puesta una medallita de la virgen de Fátima que mi mejor amiga y testigo me regaló (que la llevó ella también en su boda) y una cinta de la virgen de la Vega bendecida que me regaló mi suegro”, explica Lucía. De esta manera, tenían a ambas familias presentes.
El look de belleza fue igual de personal. Lucía admite que el maquillaje le daba respeto porque no suele utilizarlo mucho en el día a día: “Literalmente, uso tres productos”. Quería algo sencillo y natural, con tonos neutros, pero con un toque especial. Para sentirse más cómoda, pidió a los estilistas de Alife Peluquería que usaran algunos productos de su propio neceser e incluso que ella misma se aplicara el colorete. “Esto me hizo sentirme muy cómoda con el resultado”.
En cuanto al peinado, optaron por un recogido, un moño que diera protagonismo al vestido y diera luz al rostro. Le hicieron un trenzado, que relajaba el look, haciéndolo elegante, pero no demasiado serio. “Fue un acierto total”.
Una ceremonia, una tradición
Lucía y Fran se casaron en Elche el 22 de marzo de 2025. Para ella, casarse allí no era una opción más, sino una decisión tomada desde hacía años. Gran parte de los orígenes de su familia paterna están en esa ciudad y casi todos se han casado en ese lugar, incluidos sus padres.
“Yo quería seguir la misma tradición y mi sueño era casarme en la Basílica de Santa María”, explica. De hecho, fue algo que le dijo a Fran al empezar a salir y así lo acabaron haciendo.
Un momento especial en un lugar especial. La ceremonia religiosa fue su instante favorito. “¡Cuántas veces habíamos pasado por allí imaginándonos ese día...!”. De hecho, Lucía reconoce que ha tenido la suerte de que Fran haya vivido esa historia familiar como propia.
“Te diría, incluso, que él estaba más emocionado que yo por el significado que tenía casarnos allí”. Desde el principio quisieron transmitir esa ilusión a todos los invitados y compartir con ellos la emoción de cumplir un sueño.
La celebración y organización
El reportaje fotográfico y la preboda los realizaron en el Jardín Huerto del Cura, un lugar con una tradición muy especial para su familia. Fue su bisabuelo, Juan Orts, quien lo convirtió en Jardín Artístico Nacional, y por eso elegirlo tenía un significado que iba más allá de lo estético.
En cuanto a la celebración, también lo tuvieron claro desde el principio. Elche y las palmeras forman parte de su historia, y la finca elegida no podía ser más representativa: Finca El Torrero, la casa de su tío abuelo a las afueras, rodeada de un jardín espectacular con diferentes especies de palmeras plantadas durante años como hobby.
Hoy es un espacio donde se celebran eventos y, como ellos mismos lo describen, “es un auténtico oasis palmeral”. Querían un ambiente familiar, mucha vegetación y sentirse como en casa. “Fue el sitio perfecto. Os podéis imaginar lo especial que fue reunirnos todos allí y celebrar ese día tan especial ‘en casa’”.
Aunque el día de la boda transcurrió sin sobresaltos, la semana previa fue intensa: marzo de 2025 fue especialmente lluvioso en Elche y estuvieron pendientes del plan B hasta dos días antes. “¡Entré en pánico!”, reconoce Lucía, sobre todo porque la boda era de día y muchos invitados venían del norte. El apoyo y el positivismo de Fran fueron fundamentales y, aunque amaneció chispeando, a partir de las 11 salió el sol. “El día fue un espectáculo y la finca, que era todo vegetación, no podía estar más increíble. ¡Pasamos hasta calor!”.
La organización también llevó su sello personal y el hecho de que la finca fuera familiar también facilitó mucho las cosas. “Somos los dos muy organizados, mucho”, explican. Aunque viven en Madrid y planearon todo a distancia, quisieron implicarse en cada detalle. No contaron con wedding planner como tal, pero sí con la ayuda de la persona que llevaba la organización de la finca y del catering, con quienes trabajaron mano a mano. “Nos dieron muchísima libertad para poder hacer todo lo que queríamos”.
En cuanto a la decoración, tenían un objetivo claro: transmitir “alegría, energía positiva y la paz de la naturaleza”. Los colores protagonistas fueron el amarillo y el verde, sus favoritos, presentes en flores con mucho ramaje verde, en los tonos de luz, en las copas amarillas, en las frases de las mesas y en la minuta. Uno de los detalles más especiales fueron los meseros, que hizo su suegra en acuarela, uno por uno.
Lucía y Fran se quedan con una idea sencilla: “Es imposible que algo vaya mal un día así cuando estás rodeado de la gente que más te quiere”. Para ellos, esa energía y ese amor fueron los que hicieron que todo fluyera y que la felicidad se multiplicara. Ese es también el consejo que darían a cualquier pareja que esté a punto de dar el paso: “Confiar, tratar de ser lo más consciente posible de lo afortunados que somos por estar tan bien rodeados y, sobre todo, dar mucho las gracias".






































