Esta colección parte de una cita literal y la convierte en una referencia histórica. Ermanno Scervino, para la primavera-verano 2027, presentada el 26 de septiembre durante la quinta jornada de la Semana de la Moda de Milán, el diseñador se adentra en el imaginario de los corsarios del siglo XVIII, los viajes por mar, las damas vestidas de encaje y los uniformes adornados con pasamanería dorada. Pero el resultado está muy lejos del disfraz. La idea podía haber caído fácilmente en el territorio del exceso o incluso de la estética de parque temático. Ermanno Scervino la salva con aquello que mejor conoce: la construcción de una prenda, la elección de los tejidos y una relación casi obsesiva con el trabajo artesanal. El oro aparece, sí, pero junto a lino, denim, seda, ante, napa, organza y encaje; la sensualidad convive con la sastrería y las prendas más espectaculares se llevan con una naturalidad deliberada.
Si hubiera que escoger una sola prenda para resumir el desfile, sería la chaqueta de corsario. Scervino toma la pasamanería de los antiguos uniformes y abrigos marineros y la convierte en un elemento protagonista: cintas metálicas en oro y cobre, galones de hilo de seda trabajados en bucles y aplicaciones que recorren cuellos, puños y delanteros.
Hay incluso una referencia cruzada a la cultura pop: ese tipo de ornamentación dorada también remite a las chaquetas de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles. El resultado es una pieza que parece haber sobrevivido a un naufragio. Algunas aparecen ligeramente desvaídas o con un acabado gastado, como si hubieran pasado por varias aventuras antes de llegar a Milán.
El diseñador trabajó esta pasamanería junto a un técnico especializado en hilos para conseguir cintas trenzadas con hilos metálicos dorados y cobrizos. No es un adorno añadido al final: forma parte de la arquitectura de la prenda.
La otra gran protagonista son las minifaldas globo. Aparecen infladas en satén duchesse, realizadas en efecto cocodrilo o construidas con organza plisada de textura ondulada. Scervino las relaciona con una memoria muy concreta: la Londres de Twiggy y David Bowie que conoció cuando era joven.
La referencia es importante porque evita que la colección se quede únicamente en el romanticismo corsario. Hay algo swinging London en esas proporciones exageradas, en la mezcla de camisas masculinas y faldas voluminosas, en la actitud ligeramente insolente de una mujer que puede llevar una prenda extremadamente trabajada sin parecer disfrazada.
Uno de los movimientos más interesantes de la colección es la entrada del denim. Scervino no suele trabajar este tejido y, precisamente por eso, decidió tratarlo con una atención poco habitual. Su premisa fue trabajarlo “como si fuera cashmere o seda”, una declaración que resume bastante bien su manera de entender el lujo.
El mismo universo tropical se traslada a cazadoras y pantalones. En uno de los ejemplos más elaborados, un vestido baby-doll marrón está confeccionado en gasa de seda plisada y encaje incrustado, con un estampado de denim tratado para crear un efecto nublado. Scervino llegó a diseñar personalmente el encaje para que sus motivos reprodujeran las formas de hibiscos y hojas de palmera. Las plumas, además, se cosieron a mano para conseguir un efecto tridimensional semejante al de esas hojas.
El viaje termina de construirse a través de los accesorios. La rafia conecta bolsos y zapatos mediante diferentes técnicas de crochet y tejido, rematadas con piel y, en algunos casos, laminadas en oro. La paleta acompaña el recorrido: azules, arena, blanco tiza, rosa y rojo desembocan en marrón chocolate y negro.


















































