La revolución estilística del siglo XVIII, esa que respondió al nombre de Rococó, parece haber vuelto para poner patas arriba los códigos no escritos del vestir de invitada en plena temporada de bautizos, comuniones y bodas. ¿La mejor prueba? Eugenia Gil, que el pasado 30 de mayo acudió al bautizo de su pequeño Javi luciendo un conjunto con más guiños franceses que una terraza parisina con asientos en línea al atardecer.
La empresaria desempolvó (o mejor dicho directamente estrenó, porque conocemos el peligro de una nueva colección de Bimani) un look tan sofisticado como estratégico. De esos que resuelven con elegancia el drama del entretiempo... sobre todo, cuando una sale de casa sin saber si va camino de junio o de octubre.
En HOLA, donde la curiosidad fashionista suele ganar por goleada, no pudimos evitar sacar la lupa y analizar pieza por pieza ese estilismo que combina coquetería rococó, aire parisino y sentido práctico en dosis sorprendentemente equilibradas. ¿Qué fue lo que más nos gustó averiguar? Que detrás de ese look con alma francesa se escondía mucho más acento patrio del que parecía a simple vista. Tanto el conjunto como los tacones que lo acompañaban llevaban sello 'made in Spain', demostrando que no hace falta cruzar los Pirineos para encontrar piezas capaces de armar un conjunto que grite en exclamaciones francesas: “¡Avoir de l'allure!” (lo que podría traducirse como "¡Tener porte!")
La capa francesa
La psicóloga acudió a la ceremonia con un dos piezas (que, para alegría de los estrategas del armario, se vende por separado) en un favorecedor tono plata. La protagonista absoluta era la capa francesa, reinterpretada en clave asimétrica, con mangas largas y confeccionada en gasa catiónica.
El diseño, además, resolvía con nota el eterno quebradero de cabeza del "¿y si refresca?" con unas mangas largas transpirables. Su escote barco con pliegues y ese efecto twist central (el "fruncidito" tan característico del medio) aportaba una elegancia relajada, de esas que parecen fruto de la casualidad cuando en realidad no dejan nada al azar. Todo era intención.
Pero había más. Porque la pieza incorporaba una trabilla en uno de los extremos para recoger el largo de la capa y transformarla sobre la marcha. Lo que, en términos estilísticos, llamaríamos de multiposición. Eugenia, sin embargo, prefirió dejarla suelta, libre y con movimiento, permitiendo que la tela jugara a su antojo y la acompañara a cada paso de tacón.
Un pantalón transformable y unos zapatos joya
Para la parte de abajo, Eugenia apostó por un pantalón de tiro alto, corte amplio y largo que escondía un as bajo la manga (o mejor dicho, bajo el bajo). La prenda incorpora unas trabillas en los tobillos y cordones extraíbles que permitían transformarla en un bombacho en cuestión de segundos. Una silueta que no es ninguna recién llegada: ya en el siglo XIX conquistó a Amelia Bloomer, la activista feminista que decidió plantarle cara a corsés imposibles y miriñaques mastodónticos con una alternativa mucho más cómoda. Y como cuando una encuentra una fórmula ganadora no conviene romper la armonía, la psicóloga mantuvo el discurso cromático en clave plata de pies a cabeza.
El remate llegó de la mano de unos salones de Magrit, la histórica firma española fundada en 1929, cuyos destellos de pedrería trepaban por el empeine como si quisieran reclamar su minuto de gloria. Y vaya si lo hicieron. Porque sí, la capa tenía movimiento, el pantalón tenía historia, pero fue esa pedrería que escalaba por el pie la que remató el look perfecto.






