Érase un mundo sin redes sociales, sin scroll infinito, sin valía contabilizada en seguidores o likes, sin barrios gentrificados por obra y gracia de algún café de especialidad, sin experiencias pensadas para ser fotografiadas -y compartidas- y no tanto para ser vividas. Érase una vez un mundo lleno de chicas como Alex Rivière o Marta Ortega, con armarios sobrios y construidos entorno a básicos que no caducan. Érase una vez un tiempo en el que tener una vida (casi) privada no era considerado excepcional, sino una cotidianidad tan mundana que rozaba el aburrimiento. De un tiempo a esta parte hemos dejado de aburrirnos; también de ser anónimos. Tanto es así, que serlo es ahora un absoluto privilegio, el mayor lujo al que uno puede aspirar y una utopía que cada vez más persiguen.
“Elegir la privacidad por encima de la sobreexposición es la forma suprema de romanticismo”, dijo Lorenzo Serafini después de presentar su colección de primavera/verano 2026 para Alberta Ferretti en Milán. Al armario de esa mujer que practica -y valora- la discreción aspira a llegar el creativo. “No es restricción, es lujo”, zanjó, no sin antes invocar a Tina Chow, modelo y diseñadora de joyas que es considerada la precursora del minimal chic y el icono de estilo confeso de la mismísima Kate Moss. Ella personifica la última musa de Serafini: una mujer que ofrece fiestas sin necesidad de compartirlo en Instagram, que se va de vacaciones sin poner la ubicación de su destino, que valora la ropa impoluta -colores neutros, cortes limpios- y sin excesos. En definitiva, una mujer que se aleja del ruido vacío y que, sin pretenderlo, se ha convertido, para muchas, en el ideal a seguir.
¿Silencio digital?
Los analistas de WGSN también auguraban un regreso de los perfiles bajos y reservados. “El silencio digital es el nuevo lujo. Hemos detectado que el ser capaz de desconectar sin sacrificar la posición social o la carrera profesional es un símbolo de estatus”, observaban los expertos en tendencias. “Las últimas temporadas reflejan claramente una sensibilidad que busca alejarse de la sobreexposición permanente. Durante años hemos vivido en una lógica de hiperpresencia digital, donde parecía imprescindible estar constantemente visible, conectado y compartiendo. Ahora empieza a surgir una corriente que reivindica lo contrario: el valor de la intimidad, del silencio y de la discreción”, comenta Beatriz Carranza, consultora especializada en estrategia comercial para marcas internacionales. “En ese sentido, hoy el verdadero lujo no es solo acceder a determinados productos o experiencias, sino poder elegir el grado de visibilidad con las que se viven”, añade.
Hoy el verdadero lujo no es solo acceder a determinados productos o experiencias, sino poder elegir el grado de visibilidad con las que se viven.
Relevancia y anonimato
En ciertos ámbitos -el de los negocios e incluso el de la relaciones de pareja -, vivir off-line y ser dueño de la información propia genera un aura de autoridad, de prestigio, de algo especial. “Desaparecer”, aunque solo sea en redes sociales, es en última instancia una forma de presentarse al mundo y de comunicar quiénes y cómo somos. En ciertos casos, ese paso atrás se comunica y ahí entra una paradoja: desaparecemos, pero hacemos saber al mundo esa decisión. Es decir, realizamos una retirada pública. Para muchos, por no decir que para la amplia mayoría, vivir alejado de cualquier tipo de exposición es una quimera, pues se requiere de presencia y visibilidad si no para vivir, sí para toparse con buenas oportunidades, prosperar laboralmente y construir reputación.
Es imposible, si el debate se traslada al lenguaje de la moda, no plantearse la cuestión de si es viable ser relevante siendo anónimo. “Es posible, pero es muy complicado. Esta es una industria profundamente ligada a la visibilidad, a la narrativa pública y a la construcción de relevancia social. Por eso vemos cómo muchos perfiles de la alta sociedad o de determinados círculos culturales se vinculan a la moda, ya que es una forma de mantener presencia, estatus y conversación dentro del sector”, opina la especialista en lujo evidenciando las complejidades de la relación entre la moda, la notoriedad y la privacidad.
Oda a la discreción
Hay perfiles que sí han conseguido alcanzar la máxima relevancia manteniéndose fieles a sus principios de privacidad. Marta Ortega, presidenta no ejecutiva de Inditex, es una de las mujeres más poderosas del país y, aunque su influencia en la moda es mayúscula, mantiene su cuenta de Instagram privada y son pocas las veces que se pronuncia públicamente. Otros nombres propios de sobra conocidos en la industria son Phoebe Philo o Mary-Jane y Kate Olsen, musas y pioneras del lujo discreto e intelectual. La consolidación de sus proyectos -la una acaba de volver a la moda con una firma propia mientras que las hermanas estadounidenses han alcanzado con su firma The Row el prestigio de la industria aun manteniéndose fuera de sus circuitos tradicionales- es un síntoma inequívoco de que la discreción está de moda. “Ellas representan un lujo silencioso y extremadamente cuidado en patronaje y materiales que conecta directamente con esta idea de una moda más íntima y menos performativa”, comenta la estilista y autora de Iconos de estilo. De Cleopatra a Zendaya, Erea Louro.
Durante años hemos vivido en una sucesión constante de microtendencias que duraban menos de un mes: estéticas que nacían, se explotaban y se agotaban en cuestión de semanas. Ese ritmo es creativamente agotador.
El ocaso del impacto
Las redes sociales funcionan a través de narrativas celéricas y, en general, parciales pero con un enorme (y global) poderío para impactar que podría estar siendo desafiado. “Percibo una transición muy clara del ‘impacto’ al ‘significado’. Durante años hemos vivido en una sucesión constante de microtendencias que duraban menos de un mes: estéticas que nacían, se explotaban y se agotaban en cuestión de semanas. Ese ritmo es creativamente agotador y, sobre todo, insostenible”, alega Louro. El agotamiento provocado por las redes sociales tanto en usuarios y consumidores como en marcas y diseñadores ha hecho que estéticas más minimalistas, simples y coherentes vuelvan a estar en la conversación.“La ropa deja de buscar el momento viral y persigue la coherencia, lo que se traduce en siluetas más depuradas, menos artificio y tendencia evidente y más construcción de un armario real no ya como concepto aspiracional, sino como necesidad”, zanja la estilista.
Musa de estilo
Es imposible no mencionar a Carolyn Bessette-Kennedy, epítome del vestir discreto y un personaje redescubierto con el reciente estreno de la serie Love Story, que relata su relación de amor con John F. Kennedy Jr. Su armario, su personalidad esquiva, su círculo de amistades mientras duró su labor al lado de Calvin Klein y su manera de afrontar la vida pública -jamás concedió una entrevista- han llegado en plena romantización del perfil bajo. No hay algoritmo que haya acallado su influencia. La moda ha vuelto a ella con frecuencia pero en estos últimos meses, sea por la ficción televisiva o por el contexto sociocultural que nos tiene enganchados a cualquier componente nostálgico, los guiños a su estilo limpio y cuidado han sido todavía más evidentes. Su melena messy, sus vestidos negros, tan imponentes como básicos, y sus vaqueros rectos suponen hoy un puerto seguro para encontrar estabilidad, aunque solo sea estilísticamente hablando.
La propia publicista utilizó la solidez de su fondo de armario -que no era sino una extensión de su genuina personalidad- como arma para mantenerse anclada a la realidad y no dejarse comer por su condición de personaje mediático. “Aunque terminó siendo una figura pública, en gran parte sin buscarlo, intentó mantener su privacidad al máximo. Esa tensión entre exposición y reserva forma parte esencial de su atractivo. Su manera de vestir era también una forma de protegerse, de reducir el ruido”, analiza Louro.
Más allá de la ropa
Guiadas por el ejemplo de firmas como Calvin Klein -¿cuál si no?-, Jil Sander, Victoria Beckham o Alberta Ferretti, las colecciones de la presente temporada alumbran una mayor presencia de tonalidades neutras, patrones favorecedores, estilismos contenidos y acabados sin estridencias. Esa apuesta por lo discreto y sensato no solo se traduce en ropa y complementos, sino que también puede observarse en ciertas decisiones estratégicas de marketing y comunicación. Un gran ejemplo es la ya mencionada The Row, una firma que se ha alejado de cualquier circuito oficial y controla casi por completo el discurso que generan sus colecciones. Otro signo evidente de esa vuelta al lujo tradicional es la apuesta de marcas como Michael Kors, Khatie o Gucci por modelos consagradísimas y de siempre como Christy Turlington, Raquel Zimermann o Kate Moss, que desfilaron, respectivamente, en las últimas presentaciones de las mencionadas casas. Ese tiempo en que las grandes celebridades y las influencers tomaron las pasarelas en una búsqueda desesperada por el like ya pasó.
La belleza de siempre
Las tendencias beauty no se quedan al margen de esta corriente purista y también se orientan hacia esta discreción al alza y hacia un concepto de “naturalidad consciente” que rompe con los cánones estéticos que venían viéndose en los últimos años. “En 2026 las tendencias en belleza y medicina pasan por deshacerse del efecto artificial y buscar resultados naturales, sin pinchazos ni opciones que cambien la morfología natural de la cara. Se busca mejorar la calidad y el estado de la piel, no modificar los rasgos faciales”, vaticina la especialista Maribel Yébenes. En ese sentido, tanto en el skincare como en el maquillaje y en la medicina estética se observa un regreso a la armonía, a la contención y al criterio en detrimento del exceso, el artificio y la exageración.
Este cambio de paradigma no solo se plasma en una rutina de cuidado más corta y efectiva -skinmalismo, lo llaman los expertos- sino en un look final muy ligero y refrescante que también acepta pecas a la vista, acabados despeinados, moños imperfectos e incluso caras lavadas. En el último desfile de Alta Costura de Chanel, la gran mayoría de modelos no llevaba ni una gota de maquillaje y, si lo hacía, era imperceptible. Al final, esta es una belleza orientada a vivir y no a lucir en una pantalla. Como casi siempre en las dinámicas de la moda y la belleza, estamos ante una respuesta de reacción. “Es importante entender el cambio desde lo cíclico. Cuando llegó la logomanía y después la era digital se llevó todo al extremo (más visibilidad, más branding, más exageración, más estímulo), así que era inevitable que en algún momento apareciera el deseo de lo contrario. Después del exceso, llega la contención”, concluye la estilista Erea Louro.











