Para quienes el verano es sinónimo de festival, Coachella es una fuente de inspiración inagotable. Y es que esas tendencias que vemos año tras año en los conciertos más esperados de la temporada, desde las prendas de crochet y los vestidos de encaje hasta los maquillajes con purpurina, tuvieron origen en ese mismo desierto californiano. Este viernes 17 de abril, damos el pistoletazo de salida al segundo fin de semana de esta edición, y estamos seguras de que será uno lleno de moda boho chic que nos guiará al momento de fichar nuestros looks para los próximos eventos. Aprovechando la ocasión, te contamos cómo nació el uniforme no oficial que todas hemos llevado alguna vez a los festivales de verano.
Así nació el estilo bohemio que todas vestimos en los festivales
El boho chic que conocemos hoy y que se asocia siempre con los festivales de verano es precisamente esa versión edulcorada del uniforme del movimiento hippie. Aunque es evidente que están relacionados e incluso se complementan, el estilo boho chic emula una supuesta indumentaria oriental, con un aspecto mucho más lujoso y desde una perspectiva occidental.
Pero no era la primera vez que esto ocurría, porque en el siglo XIX, a causa del colonialismo y de las nuevas excavaciones que se estaban haciendo para descubrir culturas antiguas, se dio una suerte de fiebre por lo oriental. Pintores de la época como Delacroix, Ingres, entre otros, lo reflejaron en su arte a través de un prisma fundamentalmente europeo.
Y puede que te sorprenda, pero esta influencia de China, India y demás países asiáticos en la moda occidental contribuyó en las primeras tres décadas del siglo XX a la emancipación de la mujer a través de la ropa. Se la libera del corsé y se enfunda en vestidos rectos, más fluidos; li vemos en los trabajos de Paul Poiret o de Mariano Fortuny por mencionar solo dos ejemplos de muchos.
Nos adelantamos a los años 60, que es cuando el orientalismo vuelve con fuerza a la moda, antes siquiera de que se llevase a cabo Woodstock. En 1966, una mujer llamada Thea Porter abre su tienda en el Soho londinense. Ella era siria, hija de ingleses y se acababa de divorciar de un diplomático británico con el que había vivido en el Líbano y en Jerusalén. Decide ganarse la vida vendiendo sus propios kaftanes, tejidos y haciendo mobiliario con estas telas que se había traído de los países donde vivía.
La curiosidad que sintió la élite de la capital por la tienda de Porter hizo que esta llegara a vestir a Pink Floyd con sus chaquetas otomanas y que los Beatles la contactaran para vender sus prendas en la Apple Boutique que había abierto la banda en Baker Street. Para que te hagas una idea sobre la clientela de Porter, incluía a nada más y nada menos que Mick Jagger, Marianne Faithfull, Jane Fonda, Elizabeth Taylor... ¡y, de nuevo, esto fue previo a 1969!
De acuerdo con el libro Batallón de modistillas: Las mujeres olvidadas que construyeron la moda, de Leticia García, MaryLou Luther, una editora de moda muy conocida en ese momento, escribió: "Si Halston ha sabido hacer caja con los caftanes, es porque Thea Porter les ha enseñado a los ricos cómo llevarlos".
Ni Woodstock ni Coachella...
En 1981 con el movimiento hippie ya enterrado y una industria de la moda abocada al brillo, al maximalismo y al artificio, Porter tuvo que cerrar su tienda. Por suerte, Kate Moss rescató una de sus prendas, el vestido Gypsy, en 2011, y retomó la conversación en torno al trabajo de esta diseñadora poco conocida a día de hoy.
Moss, Sienna Miller y las hermanas Olsen fueron embajadoras no oficiales de una estética que acabó por llamarse boho chic y que el año pasado, tanto las pasarelas como los escaparates de nuestras tiendas preferidas, experimentó un regreso por todo lo alto.
Todo aquello coincidió en el tiempo con la expansión de Coachella y su popularización (en las redes sociales de entonces) como punto de encuentro de las celebrities. Dado que el evento tiene lugar en el valle del mismo nombre, ubicado en el desierto californiano del Colorado, se intensificó el furor ya presente en el panorama de tendencias por las botas cowboy, los bolsos adornados con flecos y los vestidos de ganchillo, y estas prendas -entre otras- forman parte intrínseca del armario festivalero desde entonces.











