Todo el mundo vuelve a hablar de ella, y no es para menos. Miley Cyrus lleva siendo un nombre inquebrantable en el mundo del entretenimiento desde hace más de dos décadas, cuando se puso una icónica peluca rubia e hizo historia como Hannah Montana allá por el 2006, y el lanzamiento de su décimo álbum de estudio, Bass Persuades, llega con un movimiento por parte de la artista que nadie veía venir. Una nueva etapa con la que dice adiós a su apellido paterno y con la que vuelve a sumergirse en una estética rockera que recuerda a uno de sus mayores éxitos, Wrecking Ball, con el que ponía fin a su etapa de chica Disney.
En ese momento —era el año 2013— su carrera pasó por un punto de inflexión con el que cambió radicalmente de registro. Habían pasado tan solo dos años desde el final de Hannah Montana y, por ese entonces, su imagen continuaba ligada a la inocencia característica de Disney Chanel —el canal donde se emitía la mítica serie—; algo que Miley buscaba romper para poder continuar con su trayectoria artística. Coincidiendo con su primera ruptura con el que ahora es su exmarido, Liam Hemsworth, Miley buscaba adoptar sonidos más maduros que resultaran provocadores y vulnerables —sentimientos que la atravesaban en esa etapa repleta de cambios— al mismo tiempo.
De Hannah Montana a Miley Cyrus
El mencionado single —Wrecking Ball—, el cual ahora es considerado todo un himno, no fue bien recibido por el público en un primer momento, quien no terminaba de aceptar que Miley ya no era una cría y no deseaba continuar interpretando al personaje que le ayudó a saltar a la fama. Así mismo lo confesaba ella hace unos años para la revista ELLE, donde aseguraba que quiso "dejar de ser Hannah Montana porque me sentía ridícula".
Una revelación que llegó a su vida tras darse cuenta de que estaba madurando y que sus inquietudes habían cambiado. "Estaba con la sensación continuamente de 'No puedo ponerme la peluca de nuevo'", continuaba, explicando que "empezó a ser raro. Era como que había crecido y había madurado". Antes de la bola de demolición que detonó por completo su imagen infantil, Miley publicó Can't Be Tamed, con el que buscaba que el público comprendiera que se encontraba en una nueva etapa en la que exploraría nuevas facetas.
"Quería llamar la atención porque me estaba separando de un personaje que había interpretado. Cuando tienes 20 o 21 años tienes más que demostrar", aseguró a la edición británica de Vogue hace un par de años. Desde ese momento, Miley ha convivido en su interior con dos versiones contrarias respecto a lo vivido como Hannah Montana: la que quería romper con todo y no volver a mencionarla, y la que quería, de alguna manera, honrar esos años de su vida.
Pasó mucho tiempo hasta que Miley volvió a hablar públicamente de Hannah Montana y a reconciliarse con el personaje. En el año 2024 la artista se convertía en leyenda de Disney —la más joven en ser nombrada con este título— casi dos décadas después del estreno de la serie que marcó a varias generaciones. "Estoy aquí todavía orgullosa de haber sido Hannah Montana, porque ella hizo a Miley de muchas maneras", comenzó sobre el escenario, expresando que "este premio va dedicado a Hannah y a todos sus increíbles y leales fans y a todos los que han hecho mi sueño realidad".
La letra de su nuevo single, ¿una referencia a ese pasado?
Unas palabras con las que demostraba haberse reconciliado con esos años de su vida —algo que ya aseguraba a Vogue, donde explicó que "durante años sentí cierta culpa y vergüenza por toda la controversia y el malestar que causé", en referencia al impactante giro en su trayectoria y estética en el año 2013— y a las que ahora parece volver con su nuevo single, Bass Persuades.
En el estribillo del single homónimo a su décimo álbum de estudio, Miley asegura lo siguiente: The kids don't wanna dance, the kids don't wanna dance // The kids don't wanna dance, the kids don't wanna dance // We can't stay like this forever // Let's surrender to the night, put our bodies close together, uh-huh —que en castellano se traduciría como: Los niños no quieren bailar, los niños no quieren bailar // Los niños no quieren bailar, los niños no quieren bailar // No podemos seguir así eternamente // Vamos a rendirnos a la noche, a pegar juntos nuestros cuerpos, ajá—.
Una estrofa que muchos admiradores han relacionado casi con ese sustancial año repleto de cambios para Miley que en esta nueva etapa artística parecen acompañarla —como, por ejemplo, que se haya deshecho de su apellido, por lo menor en lo que a laboral se refiere—. Algo que se vería reforzado con la explicación del proyecto que ofreció a la revista Wonderland a principios de año, donde aseguraba que el álbum narraba una historia de amor, asegurando que estas "nunca son unidimensionales. Siempre tienen muchas capas".
"Sin duda, hay un hilo conductor romántico porque, como todos mis discos, es un reflejo del momento vital en el que me encuentro", aseguraba en ese momento —en el lado personal, Miley se encuentra en una relación con Maxx Morando, con quien anunció su compromiso el pasado mes de diciembre tras cuatro años de romance—. La artista aseguraba que, como en sus últimos discos, el protagonista es un "amor pacífico", y que no es únicamente "el amor que comparto con otra persona", sino también el propio que ha cultivado en ella misma. "Esa ha sido probablemente la mayor evolución", confesaba, subrayando que "una vez cambia tu relación contigo misma, todas las relaciones a tu alrededor también cambian". "Creo que este disco celebra ambas por igual", afirmaba.







