Bajo la imponente silueta del Castillo de Manzanares el Real, una de las joyas arquitectónicas más emblemáticas de España, el tiempo pareció detenerse. No era para menos. Almudena de Arteaga y José Ramón Fernández de Mesa, Duques del Infantado, celebraban sus bodas de plata, y lo hacían con una puesta en escena que, en palabras de los propios asistentes, ha conseguido hacer historia. La elección del escenario no fue casual. El castillo, tras un meticuloso proceso de recuperación, abría sus puertas para esta gran inauguración privada, luciendo sus torres circulares y sus murallas almenadas como el marco perfecto para un viaje a través de los siglos. La consigna para los invitados era clara y sumamente original: debían rendir homenaje a España a través de su vestimenta. El dress code dictaba: “Vestidos de época de personajes de la Historia de España de todos los tiempos, desde el homo antecessor de Atapuerca hasta Torrente, pasando por Trajano o la Bella Otero, por ejemplo”.
“Mi prima Almudena de Arteaga y José Ramón Fernández de Mesa, Duques del Infantado, han celebrado hoy sus bodas de plata en el Castillo de Manzanares el Real y han hecho ‘historia’”, relataba entusiasmada la periodista Teresa de la Cierva, testigo de excepción de este encuentro inolvidable. Entre los invitados que más expectación generaron se encontraban Gonzalo de la Cierva y su esposa, Patricia Olmedilla, Duques de Terranova. Fieles a sus raíces y a la historia familiar, decidieron homenajear a sus propios antepasados. “Mi hermano Gonzalo de la Cierva iba de El Gran Capitán, nuestro antepasado, y Patricia Olmedilla, de su mujer María Manrique de Lara y Figueroa. ¡Geniales!”, explicaba Teresa. La elegancia de la época dorada también estuvo representada por Rocío Moreno Landahl, de quien se comentó que “estaba espectacular de Eugenia de Montijo”.
Sin embargo, toda gran fiesta tiene sus anécdotas, y en esta ocasión la protagonista fue la propia Teresa de la Cierva. Con su habitual simpatía y naturalidad, confesó que su plan inicial se vio truncado por un imprevisto logístico: “Mikel Bilbao y yo decidimos ir de Juan de la Cierva y de autogiro, pero la avioneta de cartón que encargué para mí no ha llegado a tiempo y he tenido que improvisar esta mañana un disfraz, sobre la marcha”.
A pesar del contratiempo, el ingenio y el excelente fondo de armario de Teresa salvaron la jornada. “La Bella Otero, una de las bailarinas y cantantes más famosas y deseadas de la Belle Époque (se le atribuyeron romances con Alfonso XIII, el káiser Guillermo II o el rey Leopoldo II), ha sido mi mejor opción”. La elección resultó ser todo un acierto estético: “Mi armario está lleno de mantones (Carolina Otero los llevaba sin parar), collares de perlas (aunque casi todos los míos son falsos) y bolsos y zapatos joya (de eso voy sobrada)”, añadía con humor.
“Con el resultado que veis —y mucha pena de no ir de autogiro—, llegamos al castillo donde los invitados se lo habían currado muchísimo”, comentaba al integrarse con el resto de la "pandilla", que disfrutó de una velada donde no faltaron las risas y los brindis por la felicidad de los anfitriones.
Aunque la celebración mantuvo un carácter estrictamente privado, las pocas pinceladas que han trascendido dibujan una noche mágica. Como bien resumió una de sus protagonistas: “Ha sido un fiestón de los que ‘hacen época’”. Una cita donde la historia de España y el afecto de amigos y familiares se entrelazaron en los salones de un castillo que vuelve a brillar con luz propia, celebrando el amor de una pareja que, tras un cuarto de siglo, sigue escribiendo sus mejores páginas.










