La discreción siempre ha sido su máxima y sus apariciones públicas son contadas, pero no podía faltar al gran homenaje que recibió el rey Juan Carlos por su libro Reconciliación, junto a su biógrafa, Laurence Debray, en la Asamblea Nacional francesa. Chantal de Orléans es, quizá, una de las primas más 'desconocidas' del monarca. Décima hija del recordado Enrique de Orleans, conde de París -descendiente del último rey de Francia-, y su esposa, Isabel de Orléans-Braganza; Chantal nació "en el exilio", en Pamplona (en 1946).
En la actualidad, vive en Francia con su marido, el barón François-Xavier de Sambucy, y es la hermana pequeña de la princesa Ana de Orléans, viuda del Duque de Calabria, con la que comparte pasión por el arte.
Un legado
"En mi familia (pintar) se ha visto como algo natural", nos contaba hace un tiempo la princesa Ana. Tanto ella como sus diez hermanos crecieron en un entorno muy creativo. Siempre han estado "muy en conexión con el arte", y siendo niños, ya sabían cómo coger con soltura los pinceles, siguiendo así un legado familiar de siglos.
Los Orléans han sido destacados coleccionistas y mecenas que han impulsado las artes en el viejo continente. Enrique de Orléans (padre de Ana y Chantal de Orléans) escribió varias obras históricas y autobiográficas, mientras que su mujer, a la que también le encantaba la historia, escribió, además de sus memorias, otros libros de cultura.
Sin embargo, doña Ana hacía una especial mención en su entrevista al Príncipe de Joinville, hijo del rey Luis Felipe -el último rey de Francia-, que fue un "extraordinario acuarelista" -como ella -que triunfa, desde hace décadas, con sus obras-.
Su hermana, en cambio, prefiere la pintura con espátula, la pintura acrílica y la encuadernación -graduándose en la Escuela Estienne y en la de la rue Beethoven en París-.
Chantal, que es miembro honorario de la Academia de Bellas Artes de Moscú, trabajó con Tiffany & Co. en Nueva York en la reproducción de una vajilla del rey Luis Felipe I; y en los estudios de arte de Guy de Malherbe (1999) y el de Chantal Zeller (2001).
Toda una vida dedicada a su gran pasión, que la ha llevado, también, a aparecer en escena -algo poco habitual-, con algunas exhibiciones como Árboles y Naturaleza, en 2024, en las que expone sus singulares obras.
Lo que sabemos es que sus hermanos son sus mejores 'críticos'. "Nos decimos lo que vemos bien y lo que vemos mal. Por ejemplo, cuando me dicen que algo no debería haberlo hecho de una manera, yo lo acepto… y después les digo lo mismo (…) Si la familia te dice que está bien, entonces es: '¡Wow!'. Si no te dice nada, es un 'bueno", como nos comentaba doña Ana entre risas.
Sus dos 'sí, quiero'
Más allá de sus exposiciones artísticas, hubo otra ocasión, hace décadas, en la que Chantal acaparó todos los focos. Fue con motivo de su boda con el barón François-Xavier de Sambucy de Sorgue, que llegó a ser portada de la revista Point de Vue. El 28 de julio de 1972 se daban el 'sí, quiero' -el segundo, en realidad, puesto que antes se habían casado en el Ayuntamiento de Dreux, en el norte de Francia-. A la capilla real, llegaba la radiante novia -vestida con un espectacular vestido de Pierre Balmain, con mangas abullonadas- del brazo de su padre y padrino, el conde de París. Aunque, sin duda, el broche perfecto a su look lo puso su tiara, de diamantes de Mellerio, que le habían regalado sus suegros -pertenecía a la familia Sambucy de Sorgue-.
Decían las crónicas de la época, el suyo fue un enlace por amor. El novio descendía de una familia noble italiana que se había sentado en Francia, y era hijo del barón Louis de Sambucy de Sorgue y Charlotte de Quelyar, y entre los invitados a la ceremonia, no faltaron miembros de la familia real española, como la condesa de Barcelona o las infantas Pilar y Margarita.
Cuatro años más tarde, el matrimonio daba la bienvenida a su primer hijo, el Axel Enrique. Después llegarían Alejandro Carlos, en 1978, y Kildine Isabel, en 1979. Primero, se instalaron en Neuilly-sur-Seine, y, después, pondrían rumbo al otro lado del océano, a Estados Unidos, por compromisos laborales, pero terminarían regresando a Francia a finales de los ochenta, y París se convirtió en su último destino.










