Este mes de abril tendrá para el Rey Juan Carlos un sabor muy especial. En apenas dos semanas, el antiguo soberano ha vuelto a vivir la efervescencia que marcó su vida cotidiana durante tantos años, y a la que su exilio en Abu Dabi puso un brusco freno. Su agenda se llenó de actos oficiales, de encuentros con personalidades de diversos ámbitos, y le llevó de Sevilla a París pasando por Portugal —ofreciendo un contraste llamativo con la calma y la relativa soledad que constituyen hoy su día a día en el Golfo Pérsico—.
El punto culminante de esta gira europea tuvo lugar el sábado 11 de abril en la capital francesa, bajo los dorados de la Asamblea Nacional, donde el monarca fue galardonado con el Premio Especial del jurado del Libro Político por sus memorias, Reconciliación, coescritas con la historiadora Laurence Debray.
El día anterior voló a París, donde se reencontró con sus hijas, las infantas Elena y Cristina, y el mayor de sus nietos, Felipe de Marichalar, para un fin de semana muy especial.
La mañana del sábado, una agitación inusual reinaba en la ilustre institución republicana. Políticos, intelectuales, investigadores, periodistas y lectores anónimos se agolpaban en los pasillos.
En el vestíbulo, diputados y personal de la Asamblea aguardaban la llegada del cortejo, disimulando cierto nerviosismo: "¿Cómo debemos dirigirnos a él? ¿Señor? ¿Majestad? Creo que es majestad" (un apuro de lo más comprensible en una república). El crujido de los neumáticos sobre el empedrado puso fin a las dudas.
El premio otorgado al Rey Juan Carlos apela directamente a su legado político y a su papel en la historia reciente de España
Don Juan Carlos llegó acompañado de sus hijas, cuya elegancia se ajustaba a la perfección al tono solemne de la jornada. La infanta Elena vestía chaqueta y falda en tonos rosas, realzados por un collar de perlas y pendientes a juego. La infanta Cristina optó por un vestido azul marino y pendientes de brillantes. Felipe, compañero inseparable de su abuelo desde que conviven en Abu Dabi, cerraba el grupo junto a Laurence Debray, que recibía también el premio.
Nuevo encuentro familiar: tras reunirse el fin de semana anterior en Sevilla, la infanta Elena y su hijo, Felipe, acompañaron a don Juan Carlos a París, un viaje al que se sumó también la infanta Cristina
La historiadora franco-venezolana, biógrafa del padre de Felipe VI, había elegido un traje de chaqueta y pantalón azul celeste, adornado con una camelia de Chanel, que perteneció a su abuela. Fue ella quien hizo las presentaciones: la señora Luce Perrot, presidenta y fundadora de Lire la Société; el señor Cédric Lewandowski, vicepresidente de la asociación, y el diputado Karl Olive recibieron al Rey con todos los honores.
Fue conducido primero a un salón privado, donde algunas personalidades escogidas acudieron a saludarle en un ambiente íntimo y cordial. Le reencontramos minutos después para una sesión de fotografías en exclusiva. Relajado y visiblemente emocionado por este prestigioso reconocimiento, se prestó con buena disposición al ejercicio, conversando con sus hijas y su nieto, mientras Laurence Debray —familiarizada con los pasillos del poder desde la infancia, y ya triplemente galardonada en estas mismas jornadas, en 2018 — velaba hasta el último detalle por el buen desarrollo de la visita.
Un borbón en el palacio borbón
Si bien era la segunda visita oficial de Juan Carlos I entre estos muros —el 7 de octubre de 1993 fue el primer soberano extranjero en dirigirse a los diputados franceses —, todos señalaban esa mañana la singular ironía de la situación: un Borbón recibido en el palacio Borbón, en el recinto de la Asamblea Nacional, nacida de la Revolución francesa, la misma revolución que fue regicida. La historiadora Annette Wieviorka, presidenta del jurado del Premio Especial, no fue la última en subrayar esta paradoja de la historia.
"En sus memorias se descubre a un hombre sensible, una vida marcada por los exilios, las separaciones, un recurrente sentimiento de gran soledad", dijo la presidenta del jurado del galardón
Una oleada de murmullos recorrió el salón de honor cuando el ex jefe del Estado español tomó asiento en la primera fila, acompañado de sus hijas; su nieto; su biógrafa, Laurence Debray; el periodista Stéphane Bern —quien se desplazó a Abu Dabi el pasado otoño para entrevistarle para la televisión francesa —, y la empresaria Susana Gallardo.
Lejos de las polémicas imaginarias que su presencia podría haber suscitado, todos los comparecientes, empezando por la presidenta de la Asamblea Nacional, Yaël Braun- Pivet, agradecieron que estuviera allí. El parlamentario Harold Huwart, durante la entrega del Premio de los Diputados, se permitió incluso una broma que arrancó risas al público: aseguró que se guardaría mucho de pasarse en el tiempo en presencia de un rey capaz de dejar sin palabras a Hugo Chávez con un rotundo: "¿Por qué no te callas?".
Llegó entonces la entrega del Premio Especial. El elogio fue pronunciado por Wieviorka, eminente especialista del holocausto, quien insistió en el valor incomparable de un testimonio narrado en primera persona por uno de sus protagonistas principales: "Nuestro jurado ha amado unánimemente su libro por lo que aporta al conocimiento de la gran historia", declaró.
Quizá fueron las siguientes palabras las que resonaron con más fuerza en la sala: "Los reyes no se confiesan. Su majestad don Juan Carlos no siguió el consejo de su padre, para nuestra mayor fortuna. Porque sus memorias no son solo memorias políticas: en ellas se descubre a un hombre sensible, una vida marcada por los exilios, las separaciones, un recurrente sentimiento de gran soledad... Es esa mezcla en el relato, cuando la cotidianidad de una vida en la que cualquiera puede reconocerse se yuxtapone al destino de un país, lo que nos procura tal placer de lectura".
Entre los invitados se encontraban María Zurita, sobrina de don Juan Carlos, y la periodista Susanna Griso, que viajó con su prometido, Luis Enríquez
Con la mano sobre el corazón, don Juan Carlos le dio las gracias, antes de levantarse para recibir su galardón.
La palabra del rey
En el silencio atento del salón de honor, tomó la palabra. En francés y sin acento. Su discurso fue fiel a su estilo: personal, directo, desprovisto de esa rigidez protocolaria que tan a menudo caracteriza a los antiguos jefes de Estado. Explicó las razones que le habían impulsado a hacer lo que ningún rey había hecho antes que él: escribir sus memorias.
"Ya se cuentan por miles las páginas que se han escrito sobre mi reinado, sobre mi persona, mi carácter, mis experiencias, mis aciertos y mis errores, e incluso sobre lo que pienso y dejo de pensar". "A menudo he pensado que a esos miles de páginas les faltaban algunas centenas más, escritas en primera persona por el protagonista mismo, quien podía aportar el mayor conocimiento sobre sí mismo, sobre lo que hizo y por qué lo hizo. Es decir, modestamente, yo mismo".
Reconoció los riesgos del ejercicio en "un viejo país europeo que, precisamente por ser antiguo, sabe mostrarse hipercrítico con casi todo". Y los asumió con ese sentido de la fórmula que solo le pertenece a él: "Los riesgos van acompañados a menudo de oportunidades, y saber sopesarlos es un arte en el que uno acierta a veces y se equivoca otras. ¡Al menos eso espero!".
Consciente de que "nadie es profeta en su país", concluyó con una nota de gratitud sincera: "Me siento especialmente honrado de que, aunque no soy francés, un país que me es tan querido como Francia, donde mi familia hunde sus raíces en el tiempo, haya acogido este libro con tanto interés y generosidad".
"He querido dejar constancia en mis memorias del orgullo que siento al ver cómo España se transformó de manera radical y positiva en todos los niveles durante mi reinado. Y creo que es precisamente ese testimonio personal el que reconoce este Premio especial del Libro Político". La sala le aplaudió calurosamente, de pie.
Entre la historia y la memoria
En las primeras filas, un selecto grupo de invitados había querido estar presente: María Zurita, sobrina del Rey; la periodista Susanna Griso; los ex primeros ministros franceses Élisabeth Borne y Manuel Valls; la exministra Michèle Alliot-Marie; su prima Chantal de Francia con su esposo, el barón François-Xavier de Sambucy, así como la historiadora Elizabeth Burgos, madre de Laurence Debray y traductora del libro al español.
Desde París, don Juan Carlos puso rumbo a la costa gallega de Sanxenxo para participar en las regatas
Laurence tomó después la palabra y agradeció al Rey la confianza depositada en ella, cuando ella misma dudaba de poder sacar adelante el proyecto: "Gracias, majestad, por haber confiado en mí y por haberme ayudado a confiar en mí misma". Y concluyó: "En tiempos de populismo desatado y de depredadores, la historia de este soberano que nunca tuvo la obsesión del poder contrasta singularmente con la de los hombres que hoy querrían ser reyes".
Laurence Debray agradeció al Rey la confianza depositada en ella, cuando ella misma dudaba de poder sacar adelante el proyecto de las memorias
El almuerzo, servido en uno de los salones del Hôtel de Lassay, dejó, quizás, una sensación de déjà vu a don Juan Carlos cuando se sentó en la mesa de honor, entre los dos ex primeros ministros franceses Élisabeth Borne y Manuel Valls.
Apenas pudo tocar sus platos —por el desfile incesante de asistentes deseosos de saludarle—. Con buena disposición y esa afabilidad que siempre le ha caracterizado, se prestó a esos encuentros improvisados.
"Me siento especialmente honrado de que, aunque no soy francés, un país que me es tan querido como Francia, donde mi familia hunde sus raíces en el tiempo, haya acogido este libro con tanto interés", dijo el Rey Juan Carlos cuando pronunció su discurso
Al enterarse de que por la tarde se rendiría un homenaje al ex primer ministro Lionel Jospin, recientemente fallecido, el monarca, que le apreciaba, decidió asistir. Se quedó también para el debate entre los filósofos Marcel Gauchet y Alain Fienkelkraut sobre el tema de estas jornadas: comprometerse.
Se dirigió luego a su hotel para un encuentro informal con el padre de su biógrafa, Régis Debray. El filósofo francés, antiguo consejero del presidente Mitterrand, había preferido este cara a cara íntimo con el galardonado del día para un intercambio animado y cordial.
La infanta Cristina ya acompañó a su padre en otro solemne acto en París, hace tres años, cuando Vargas Llosa ingresó en la Academia Francesa
Para el soberano español, esta jornada memorable se prolongó hasta bien entrada la noche, en torno a una cena con su familia y algunos amigos íntimos.
Desde París, don Juan Carlos viajó a Vitoria y, desde ahí, a Sanxenxo, en la costa gallega, para participar, el 15 de abril, en la regata organizada por el Real Club Náutico. Una manera para él de asimilar las emociones de los días precedentes practicando su deporte favorito y disfrutando del mar, antes de partir de nuevo, con la cabeza llena de nuevos recuerdos, hacia su vida en las arenas de Abu Dabi.


























