¿Quién es realmente Rosalía? En una época donde las estrellas del pop son muchas veces productos de marketing diseñados en despachos asépticos para encajar en el algoritmo de turno, la de Sesrovires ha hecho una jugada maestra, fascinante y un tanto peligrosa: ella es, primero la artista y después, la artífice. ¿Es lo mismo? Obviamente, no. O sí. Para eso hemos hecho un especial único en HOLA, para explicarte el fenómeno desde los recovecos de su alma y las esquinas de su caja fuerte. A nadie se le escapa que es una genia de la música, pero Rosalía también es la jefa del despacho, la diseñadora de la estrategia y, al mismo tiempo, el producto hiper-rentable.
A lo largo de su carrera, Rosalía ha difuminado de tal manera la frontera entre la creadora de la obra (la autora) y el personaje que la interpreta (el avatar), que ya nadie sabe dónde termina la carne y dónde empieza el concepto. Existe en la industria musical una máxima no escrita que dice que si repites tu fórmula del éxito, aburres, pero si cambias demasiado, asustas. Rosalía, sin embargo, parece condenada —o bendecida— a huir constantemente de sí misma. La gran pregunta que sobrevuela a la crítica es hasta qué punto sus radicales metamorfosis son la obligación de un "producto" que no puede permitirse el lujo de no ser la más moderna de la clase, y hasta qué punto responden, sencillamente, a una artista superdotada que se aburre soberanamente si se queda quieta.
Para desenredar este nudo, hay que volver al principio, a 2017, cuando todavía no había avatares, ni chándales de diseño, ni motos de gran cilindrada. Con Los Ángeles, producido junto a Raül Refree, vimos a la autora en su estado más puro, vulnerable y crudo. Era una chica sentada en una silla de madera, vestida de riguroso luto, cantando sobre la muerte acompañada de una guitarra acústica. La Rosalía de conservatorio demostrando que, antes de construir un rascacielos vanguardista, había que tener unos cimientos clásicos a prueba de bombas. Pero el monstruo de la industria apenas empezaba a desperezarse.
Solo un año después, el mundo saltó por los aires con El Mal Querer y presenciamos, en tiempo real, el nacimiento del "Avatar". En lugar de repetir la fórmula intimista, Rosalía cogió Flamenca, una novela occitana del siglo XIII sobre los celos y el maltrato, y decidió convertirse en su protagonista. Construyó un alter ego de uñas infinitas, perlas y polígonos industriales. Acompañada de El Guincho en la producción, nos hizo creer que ese personaje chulapo y trágico era ella misma. La línea empezaba a borrarse: la autora escribía un guion milimétrico dividido en capítulos, pero era el avatar quien se subía a los escenarios a exportar el flamenco-urbano. Rosalía se había convertido en un fenómeno global, y con el éxito descomunal llegó la presión.
Ahí es donde el debate sobre el "producto" cobra todo el sentido. ¿Cómo superas la obra que te ha convertido en la reina del mundo hispano? La industria exige sorpresa constante, un shock value que mantenga a los anunciantes y a los estadios llenos. Y la respuesta de la catalana en 2022 fue Motomami. Ya no era un disco, era una abducción alienígena donde Rosalía se desdobló en una dualidad extrema: la "Moto" (agresiva, experimental, cantando Saoko subida a una motocicleta de asfalto) y la "Mami" (íntima, frágil, llorando a su sobrino en G3 N15 o desnudándose al piano en Hentai). En esta etapa, el avatar se lo comió absolutamente todo.
Rosalía se puso un casco de motorista con orejas de gato y un look de cuero desgastado, desatando la locura mundial por la estética bikercore. Llegó incluso a convertir en un meme global el momento en el que, en directo sobre el escenario del Motomami World Tour, mascaba chicle con actitud de desprecio antes de cantar Bizcochito. Jugaba a ser un dibujo animado inalcanzable, una heroína de cómic. Parecía la esclava perfecta de la rueda del pop, abocada a ser cada vez más rara, más extrema, más visual. Pero la trampa brillante es que detrás de toda esa parafernalia robótica, la autora seguía teniendo el control absoluto de cada arreglo, llevándose a casa el Grammy al Mejor Álbum Latino de Rock o Alternativo. No era la industria obligándola a mutar; era ella riéndose de la industria.
El giro definitivo del guion nos lleva hasta su momento actual. A sus 33 años (la edad de Cristo, un detalle que en su universo nunca es casualidad), la antigua 'motomami' se ha transfigurado en una santa con LUX. Rosalía se quita las armaduras y las garras de Swarovski. Aparece de blanco, con las uñas desnudas, rodeada por los coros de la Escolanía de Montserrat y respaldada por la majestuosidad de la Orquesta Sinfónica de Londres, bajo la batuta de arreglos creados por la premio Pulitzer Caroline Shaw. ¿Es esta, por fin, la verdadera mujer sanando sus heridas a corazón abierto, cansada de ser un producto? ¿O es, por el contrario, su avatar más sofisticado y calculado hasta la fecha?
La pregunta es peliaguda teniendo en cuenta que hoy, como nuevo mito del pop, desde David Bowie a Madonna, lo suyo ya no es cantar, es una nueva religión. Pero no estamos solos para explicártelo. Contamos con nueve periodistas musicales que de esto saben más que los ratones coloraos. Ellos son Adriano Moreno de los 40 principales, Antonio Hueso de Cadena 100, Gonzalo Cordero de Esquire, Javier Herrero de EFE, Merce Moreno de El Español, Nacho Serrano de ABC, Ulises Fuentes, de La Razón y Pablo Tocino y Yeray S. Iborra (autor del libro Buscando a Rosalía), ambos de Mondo Sonoro.
Según el periodista de la SER, parte del éxito de Rosalía se debe a que, al final, nadie la conoce realmente, ni siquiera quienes creen que sí. Parte de su magnetismo viene de la naturalidad y la calidez con la que se muestra en público. Puede parecer tu vecina del tercero o la amiga del instituto con la que te reencuentras diez años después. Pero la artista, la que es un portento de la música, sigue siendo la gran desconocida. Una genio que puede revolucionar géneros y cambiar la narrativa de la música española cuando le da la gana, y al mismo tiempo aparecer en entrevistas como una más. Hay muchas Rosalías, y ella decide cuál mostrar en cada momento.
Para Hueso, la pregunta no es baladí. ¿Quién es realmente R? Y en su opinión, no es fácil de separar. “No existe un límite claro entre la mujer, la persona y el concepto musical porque ese concepto nace de una artista que es muy consciente de su tiempo. Ella entiende que hoy la identidad de un músico también se construye en lo visual, en lo estético, en la narrativa. Al final no es solo música, es un concepto mucho más completo, es todo un universo y ella lo domina. No la veo como un personaje fabricado. Yo creo que hay estrategia, por supuesto, pero también mucha inteligencia en cómo se presenta, en cómo dosifica la información y en cómo cambia de piel en cada uno de sus discos, de sus etapas”. En “Rosalía —apunta— la vida y el proyecto son algo que están entrelazados, por eso no suena nada artificial”.
Gonzalo Cordero, que tuvo la oportunidad de estar en primicia en la Listening Party de Lux en Barcelona, esa experiencia casi inexplicable ejemplifica en sensaciones lo que es Rosalía. ¿Aquello fue marketing puro? Sí. ¿Fue uno de los mayores orgasmos artísticos que he vivido en toda mi vida? Sí, sí y mil veces sí. Claro que es marketing juntar bajo una cúpula que se parece a la de San Pedro del Vaticano, en una ‘cita secreta’ con los móviles tapados, al ministro de Cultura y a Samantha Hudson, a Ilia Topura y a Amaral, a Guitarricadelafuente y a Carmen Machi, para que escucháramos todos juntos las canciones y contáramos después, cada uno con nuestros altavoces y sin imágenes ni sonidos, solo con palabras, que habíamos vivido una experiencia religiosa. Estaba todo orquestado al milímetro para que allí se calentara un hype como magma a tres mil grados que acabaría por erupcionar dos días después cuando LUX vio la "lux". Pero eso es tan cierto como que a mí, que soy una persona que no sabe llorar, se me cayeran unas lágrimas como las de la Virgen de la Macarena mientras presenciaba la performance”. “Rosalía no cantó ni dijo una palabra, solo reaccionaba íntimamente a esa música prodigiosa que el resto escuchábamos por primera vez (...) Así que, respondiendo a la pregunta de si esto es marketing o es arte, creo que la respuesta va más por abrir la candidatura del marketing como Octavo Arte” .
Javi Herrero ahora en su identidad como germen y sentido de todo. “En una industria machista que tiende a minimizar el papel de la mujer creadora, especialmente en la gran industria, ella se ha forjado a pulso esa imagen de principal artífice de su éxito, no solo como autora de sus temas, también como investigadora. Incluso en la elección de sus posibles acompañantes en producción o composición está su mano. Su marketing nunca se ha percibido como invasivo o impostado, subsumiéndose a las tendencias como una más de la generación Z (...) ¿Puede haber algo de performance en esa "naturalidad" con la que habla inglés fluido con un marcadísimo acento español? Desde luego, pero no llega a la caricatura, reafirma su cercanía y casi diría que así ayuda a diluir las aristas de su propuesta creativa, tras la que suele haber un largo proceso reflexivo y de calado”.
Merce Moreno, de El Español, va a lo mollar del tema. “Rosalía es 100% dueña de cómo se promociona. Está en posición de hacerlo en este momento. Y ese marketing desde luego que es arte. Por ejemplo, enamora cuando hace cosas costumbristas, que la bajan un poco de ese "altar", como el famoso bizcocho que llevó a La Revuelta y cuya receta luego publicó. O aparición en el programa de Jimmy Fallon, donde mantuvo una conversación muy natural con el presentador.
Nuestro representante del ABC, Nacho Serrano señala los peligros de esa difuminación. De hecho, es el más critico. “A corto plazo es muy eficaz para comercializar su propuesta, y a largo plazo, va generando ese aura de leyenda como tienen Bowie u otros artistas que se 'alter-egoizan' en cada disco. Pero por el otro lado, esa difuminación está demasiado generada a base de marketing en el caso de Rosalía, y a corto plazo ha generado, por lo menos en mí, una sensación de hastío y empacho que me ha impedido tener una relación íntima con Lux.
Parecía que todo el mundo me imponía qué tenía que sentir al escucharlo, qué tenía que entender con cada verso, con cada referencia cultural. Y a largo plazo, ese efecto del marketing puede que acabe articulando un divismo en su personalidad que podría controlar al artista que hay en su interior. Para mí, el marketing nunca será arte. Solo marketing. En este sentido, también una queja: me ha parecido triste que los periodistas que hemos seguido su carrera con atención y respeto desde el principio, hayamos quedado fuera de las entrevistas. Ha dado algunas, muchas, realmente absurdas y vacías de contenido artístico de forma escandalosa. De verdad, no es un pataleo. Es una decepción.
Pablo Tocino pone el acento en lo que pudiera ser un error y sin embargo, es un acierto. “Hay estrellas de la música en las que se nota claramente toda la construcción que hay alrededor, donde el equipo que les rodea tiene mucho más que ver con lo que escuchamos que el propio artista. Éste no es uno de esos casos. Habrá un equipo alrededor de la 'marca Rosalía' por así decirlo, claro, pero es tan evidente que Rosalía está al mando y que es su visión tanto artística como comercial la que prima... y eso hace su carrera mil veces más interesante, incluso cuando se equivoca. Especialmente cuando se 'equivoca', porque los aparentes tropiezos pueden ser aciertos, y porque los “errores” cuentan mucho sobre el artista y sobre lo que podría hacer y porque, en mi opinión, un artista debe ser imperfecto para ser un artista”.
Una idea que su compañero de redacción en Mondo Sonoro, Yeray S. Iborra analiza también. “Para alcanzar la transversalidad y el volumen de público de Rosalía es imposible jugar fuera del sistema (si es que existe ese espacio). Rosalía pone al servicio del arte la mercadotecnia y usa la excusa del arte para crear mercado. Como lo hacen todos los artistas de su liga. No puedes pretender tocar en dos ciudades distintas en fines de semana consecutivos ante audiencias masivas sin caer en huellas ecológicas, intermediarios discutibles, estrategias de marketing, etc”. Y si el autor de la primera biografía de la artista internacional española más importante de todos los tiempos lo dice (Buscando a Rosalía, de Libros del Kultrum), nosotros, chitón.
















