De Viena a París: 6 espectaculares invernaderos de Europa que parecen palacios de cristal


Nacieron para acoger las rarezas vegetales que llegaban de ultramar y hoy son el mejor refugio para quien busca calor y verdor cuando llega el otoño.


Hivernacle, invernadero de Barcelona© Shutterstock
1 de octubre de 2026 a las 7:35 CEST

En 1829, un médico londinense llamado Nathaniel Ward descubrió por casualidad que el vidrio podía fabricar su propio clima. Había metido la crisálida de una polilla y un poco de tierra en un frasco de cristal cerrado para verla eclosionar. La polilla nunca salió, pero de la tierra brotó un helecho que vivió años sin que nadie lo regara, y poco después sus cajas acristaladas cruzaban océanos con plantas vivas a bordo. A partir de entonces, el té, el caucho o la quina viajaron entre continentes dentro de pequeños invernaderos portátiles. Las grandes capitales se llenaron de especies exóticas traídas de las colonias que necesitaban un trópico artificial donde sobrevivir, y el siglo XIX, antes de que el hormigón y el acero se impusieran en la arquitectura moderna, vivió un breve romance con el cristal y el hierro. 

De aquella fiebre nacieron enormes pabellones acristalados, pensados para aclimatar palmeras, orquídeas y helechos, que acabaron convertidos en auténticas catedrales de luz. Más allá de la archiconocida Palm House de los Reales Jardines de Kew, el continente guarda ejemplos igual de asombrosos y mucho menos fotografiados. Cada uno cuenta una historia distinta, pero todos comparten el mismo gesto, convertir el vidrio en arquitectura y la botánica en espectáculo.

Los invernaderos más espectaculares de Europa: selvas imperiales, paraísos reales y un palacio que cambió de orilla

La selva del emperador vienés

Palm House, Viena© Shutterstock

El Gran Palmenhaus de Schönbrunn nació por encargo de Francisco José I, que quiso dar un hogar digno a las colecciones de plantas de la corte, y vaya si lo consiguió. Cuando abrió en 1882, era el mayor invernadero del mundo, y aún hoy impresiona con sus 111 metros de largo, 25 de alto y unos 45.000 paneles de vidrio. En sus primeros tiempos, los vieneses solo podían entrar ciertos días y pagando una pequeña cantidad para ver los tesoros botánicos del emperador. Hoy el paseo atraviesa tres climas distintos, unidos por pasillos a modo de túnel, y en el pabellón central, el más alto, conviven especies del Mediterráneo, Canarias, Sudáfrica, América y Australia. 

El del norte, más fresco, guarda plantas de China, Japón, el Himalaya y Nueva Zelanda, y el del sur, el más cálido, es puro trópico. El habitante más veterano del conjunto es un olivo español de unos 350 años, mucho más antiguo que el propio edificio. Le hace compañía una palmera que roza los 23 metros de altura. En primavera y verano, la estrella es el nenúfar gigante, con hojas de hasta 1,20 metros de diámetro, pero el resto del año es importante no olvidar los caminos laterales, donde se esconde una sección de plantas carnívoras. Justo enfrente espera el Wüstenhaus, la Casa del Desierto, con plantas suculentas y fauna de zonas áridas, complemento perfecto para pasar del trópico al desierto en un mismo paseo.

Precio y horarios: 

De octubre a abril, de 10:00 a 17:00. La entrada cuesta 9 €, 13,50 € combinada con el Wüstenhaus y 38 € si se añade el zoo de Schönbrunn.

Barcelona, el invernadero que resucitó

Hivernacle, invernadero de Barcelona© Shutterstock

El Hivernacle nació para la Exposición Universal de 1888 dentro de un pequeño polo científico en el Parc de la Ciutadella, junto al Umbracle y el Museu Martorell. Su misión era cultivar plantas tropicales que no resistían el clima de Barcelona al aire libre, y lo proyectó en primer lugar Josep Fontserè, pero se levantó según los planos de Josep Amargós, con los materiales de vanguardia de la época, el hierro y el vidrio. Aunque se concibió para las plantas, durante la Exposición se usó como salón de fiestas y conferencias. Desde entonces ha tenido usos de lo más variopinto, acogiendo exposiciones de canarios, de animales de granja y de setas, además de convertirse en un bar-restaurante en los años 90 e incluso instalar gradas en su interior para un concierto.

Tras 17 años cerrado, reabrió en diciembre de 2023 con una sorpresa, pues durante la restauración aparecieron, bajo capas de pintura posteriores, los paneles florales originales de Alexandre de Riquer, uno de los grandes del modernismo, y el hierro recuperó su verde original. Hoy crecen en él más de 100 especies, algunas de las que decoraban los invernaderos de exposición del siglo XIX en Francia, Alemania o Reino Unido, junto a ficus, monsteras, alocasias e incluso pequeñas piñas tropicales. La nave central anima a pasearla sin prisa, mientras que la nave Magnòlies guarda la colección de plantas vivas y la Picasso acoge exposiciones temporales de ciencias naturales.

Precio y horarios: 

Todos los días, de 10:00 a 20:00, con entrada libre. Cierra el 1 de enero y el 25 y 26 de diciembre. Hay visitas guiadas con reserva en la web del Museu de Ciències Naturals. 

La ciudad de cristal del rey belga

 Invernaderos Reales de Laeken, Bélgica© Shutterstock

Durante casi todo el año, los Invernaderos Reales de Laeken quedan ocultos en el dominio donde reside la familia real belga. En 1873, Leopoldo II encargó al arquitecto Alphonse Balat, maestro de Victor Horta, un conjunto que acabó pareciendo una ciudad de vidrio en medio de un parque ondulado, con cúpulas, pabellones y largas galerías que recorren el terreno como calles cubiertas. Pasear por ellas solo es posible unas tres semanas cada primavera, una tradición que se mantiene desde hace un siglo. Los jardineros preparan esas semanas con precisión de relojero, y aceleran el crecimiento de unas flores y frenan el de otras para que todo esté en su mejor momento cuando llega el público.

El recorrido pasa por la meseta de las palmeras, con sus pabellones de azaleas y su galería de geranios, y por el Embarcadero, donde el rey recibía a sus invitados y donde hoy unas medinillas filipinas crecen en jarrones chinos que el propio Leopoldo trajo de un viaje a Extremo Oriente. Sigue por el invernadero del Congo y la Orangerie y llega a la joya del conjunto, el Jardín de Invierno, cerrado temporalmente por una restauración delicada. Mientras tanto, se contempla desde fuera su cúpula de 36 arcos sobre columnas dóricas. Una curiosidad moderna del recinto es que, desde 2021, el dominio real se calienta con el calor sobrante de una incineradora cercana, que llega a través de 4.500 metros de tuberías.

Precio y horarios: 

Solo abre unas tres semanas cada primavera. Las fechas de 2027 se anunciarán a principios de ese año. 

El último jardín de invierno de París

Bois de Boulogne, Francia© Shutterstock

A las puertas del Bois de Boulogne, donde Luis XV ya cultivaba plantas en invernaderos en 1761, el Ayuntamiento de París decidió crear a finales del siglo XIX un gran vivero municipal y se lo encargó al arquitecto Jean-Camille Formigé. Terminado en 1898, fue el último gran conjunto de invernaderos que se construyó en Francia en el siglo XIX, en plena fiebre por los jardines de invierno. Sus estructuras de hierro, pintadas en tonos azules, verdes y turquesa, rodean un parterre a la francesa. En el muro de acceso se reparten 14 mascarones que habrían salido del taller de Rodin, y en el extremo opuesto se alza una fuente de Jules Dalou.

Lo más memorable ocurre al cruzar la puerta del palmarium, donde el calor tropical envuelve de golpe al visitante. Bajo la bóveda crecen una imponente palmera canaria y árboles tropicales, en el estanque nadan carpas japonesas y en una pajarera revolotean aves exóticas cuyo canto completa la sensación de viaje. El jardín reúne unas 6.000 plantas y siempre hay algo en flor, ya sean las orquídeas de invierno o las hoyas, bromelias, cactus y suculentas de verano. Tiene además un vecino inesperado, ya que desde 2019 unos invernaderos contemporáneos rodean una pista de tenis de Roland-Garros, de modo que se pasea entre cuatro paisajes tropicales con una grada de 5.000 localidades al lado.

Precio y horarios: 

La entrada es gratuita. Del 1 al 24 de octubre, el jardín abre de 8:00 a 18:30 (desde las 9:00 los fines de semana y festivos) y los invernaderos cierran a las 17:30. 

Dublín, una lucha del hierro contra el tiempo

Curvilinear Range, invernadero de Dublín© Shutterstock

El Curvilinear Range nació de una emergencia. En 1842, los viejos invernaderos de madera del Jardín Botánico de Glasnevin estaban tan deteriorados que no tenían arreglo, y se decidió sustituirlos por uno nuevo de hierro y cristal. El gran nombre detrás de la obra fue Richard Turner, un maestro herrero dublinés que firmó también las casas de palmeras de Kew, en Londres, y de Belfast. La obra de Dublín, un largo pabellón de curvas de hierro forjado y cristal completado por fases entre 1843 y 1869, está considerado el mejor invernadero de Irlanda, y llegó a aparecer en los sellos del país. Cuando se restauró en los años 90, se comprobó que menos de una quinta parte del hierro original era irrecuperable, algo que no pueden decir sus hermanos de Kew y Belfast, que se restauraron con acero.

Hoy crecen bajo sus curvas rododendros vireya del Sudeste Asiático, y una pasarela exterior permite asomarse a los jardines desde lo alto. Alrededor hay más joyas, como la Gran Casa de las Palmeras, cuyo hierro se fabricó en Glasgow y cruzó el mar hasta Dublín, y la casa de las orquídeas. No es casualidad que esta última tenga un pabellón propio, pues fue en Glasnevin, en la década de 1840, donde se consiguió que las orquídeas nacidas de semilla llegaran a florecer. 

Precio y horarios: 

La entrada es gratuita y abre todos los días salvo el 25 de diciembre. Hasta principios de noviembre abre de 9:00 a 17:00 entre semana y de 10:00 a 18:00 los fines de semana y festivos. 

El palacio que viajó en barco hasta Glasgow

Kibble Palace, invernadero, Escocia© Shutterstock

Pocos invernaderos tienen un origen tan novelesco como el Kibble Palace, encargado por el excéntrico victoriano John Kibble. El noble ingeniero, astrónomo y fotógrafo lo encargó en 1865 como conservatorio privado para su casa de Coulport, a orillas del lago Long. De él se cuenta que usaba cámaras y placas de vidrio tan enormes que debía moverlas en carro de caballos, y que cruzó el lago en bicicleta sobre flotadores. Pocos años después, en 1872, decidió llevarse su palacio a Glasgow, desmontándolo y trasladándolo por agua para reconstruirlo después en el Jardín Botánico, ampliado con una gran cúpula de unos 45 metros de diámetro. 

Reabrió en 1873 como sala de conciertos y reuniones, iluminado por 600 lámparas de gas que podían cambiar de color, y allí pronunciaron discursos Disraeli, Gladstone e incluso el predicador estadounidense Dwight Moody, que llegó a reunir tal multitud que tuvo que predicar subido a un coche de caballos. Hoy el ambiente es mucho más sereno. Bajo la cúpula pequeña de la entrada, un estanque rodea una isla con un helecho arborescente australiano. Los transeptos guardan plantas carnívoras y especies de las Canarias, y la gran cúpula acoge la colección nacional de helechos arborescentes, plantada en la década de 1880, entre estatuas victorianas de mármol. 

Precio y horarios: 

La entrada es gratuita. De octubre a marzo, los invernaderos abren de 10:00 a 16:15, y el jardín, de 7:00 al anochecer.