A Beget hay que ir a propósito, porque no se pasa por él. Está escondido en las montañas del Pirineo oriental, muy cerca de la frontera con Francia, y tiene ese aire de pueblo que ha conseguido quedarse al margen del tiempo. Por eso, es fácil de entender que durante siglos fuera un municipio independiente, hasta 1969, que quedó integrado en Camprodon. Camprodon es el pueblo y también el valle pirenaico al que da nombre. Lo baña el río Ter y de él forman parte otros cinco municipios más: Sant Pau de Segúries, Llanars, Vilallonga de Ter, Setcases y Molló. Un entorno para descubrir en un fin de semana.
BEGET, EL PUEBLO DETENIDO EN OTRO TIEMPO
Si hay que elegir un nombre que explique por qué el valle de Camprodon tiene fama de guardar pueblos de cuento, ninguno mejor que Beget. Es un sitio mínimo, en el que apenas viven una veintena de vecinos, y todavía un desconocido para muchos, aunque forme parte de la red de Los pueblos más bonitos de España. Está formado por tres barrios comunicados por puentes medievales que cruzan el Ter y por sus calles, con casas de piedra con tejados inclinados y balcones de madera; parece que no ha pasado el tiempo.
En el centro está la iglesia románica de Sant Cristòfol, un notable edificio románico del siglo XII con su campanario de cuatro pisos, que guarda en su interior la Majestad de Beget, una talla románica de madera policromada del siglo XII, además de una Virgen gótica de alabastro de interés.
Su historia comenzó a crecer alrededor del monasterio de Sant Pere y del mercado que Ramon Berenguer III concedió en 1118. Desde entonces, la villa ha ido dejando sus huellas por las calles: el monasterio, el Pont Nou —uno de sus grandes emblemas— y el conjunto del casco antiguo. Para ver cómo encaja todo en el paisaje, hay que subir hasta la ermita de Sant Antoni, desde donde se obtiene una amplísima panorámica.
ROCABRUNA, ENTRE UNA IGLESIA ROMÁNICA Y UN CASTILLO
Muy cerca, a unos 8 kilómetros por la carretera GIV-5223, está A Rocabruna, otro de esos pequeños núcleos de Camprodon que obligan a levantar la mirada. Su tamaño engaña: aquí hay más historia de lo que parece viendo el castillo en lo alto y, en medio del pueblo, la iglesia de Sant Feliu. El templo es de origen románico —aparece documentado en el año 999— y el castillo, encaramado sobre un cerro, es bastante más antiguo de lo que hacen pensar sus ruinas. Fue una fortaleza importante en la Edad Media y pasó por las manos de distintas familias. Hoy quedan sus muros y una torre circular, suficientes para imaginar la posición que ocupaba sobre el valle.
CAMPRODON
El Pont Nou es la imagen más reconocible de Camprodon, el principal núcleo del valle, asentado justo donde se encuentran los ríos Ter y Ritort. Es de piedra, tiene un solo arco y fue construido durante el siglo XII como lugar de paso obligado para ir a la Cerdaña. Se cruza el puente y, al otro lado, comienza el casco histórico, con el antiguo Portal de Cerdanya marcando la entrada a la parte más antigua de la villa.
Aquí está el monasterio de Sant Pere, fundado en el siglo X y documentado desde 904, que estuvo regido por monjes benedictinos hasta 1835. Muy cerca queda Santa Maria, la iglesia parroquial, y alrededor de ambas se despliegan las calles del casco histórico.
Más reciente es la historia de Camprodon como lugar de veraneo de la burguesía barcelonesa. El turismo llegó aquí ya a comienzos del siglo XIX y las primeras residencias de veraneantes se concentraron en el Passeig de la Font Nova, donde todavía se conservan algunas de aquellas casas, como Can Roig. Cuando el paseo se quedó pequeño, la colonia de veraneantes buscó espacio más allá y, a partir de 1924-1925, las nuevas residencias fueron ocupando el Passeig de Maristany, una amplia avenida arbolada.
Otro lugar de interés es la casa natal de Isaac Albéniz, el célebre compositor que fue un niño prodigio que debutó como pianista con tan solo cuatro años en el Teatro Romea de Barcelona. Para terminar de entender dónde estamos, hay que subir hasta la ermita de Sant Antoni y contemplar la amplia panorámica del valle.
AL OTRO LADO DEL VALLE
Desde Camprodon, el valle se abre en varias direcciones. Una carretera sigue el curso del Ter hacia Llanars, Vilallonga de Ter y Setcases, ganando altura hasta Vallter 2000, la estación de esquí y montaña situada en la cabecera del valle del Ter, desde donde parten diferentes itinerarios.
La otra gran dirección sigue la C-38, la carretera que remonta el valle del Ritort hasta el Coll d’Ares, paso de montaña hacia Francia. Antes de llegar a la frontera, merece la pena detenerse en Molló, con su iglesia románica de Santa Cecília, y desviarse hasta Espinavell, otro de los pequeños núcleos de montaña del valle.











