La Gran Duquesa María Teresa vive uno de los momentos más dulces de su vida y, quizá, también uno de los más distintos. Alejada del trono tras la abdicación del Gran Duque el pasado 3 de octubre, ha dado un paso al frente en el ámbito social, consolidando —como viene haciendo desde hace años— un papel centrado en visibilizar la causa femenina. Por ello, la llegada a su 70 cumpleaños marca una etapa especialmente significativa, en la que su legado comienza a proyectarse en la figura de la Gran Duquesa Stéphanie, quien recogerá la herencia simbólica de las tiaras de la Familia Ducal, cuya historia permanece intacta a través de sus diamantes, dando lugar a un inconmensurable joyero el día de su boda, a través de la tiara de diamantes del Congo.
Las tiaras de los Nassau-Weilburg
La familia posee una de las mayores colecciones de joyas del mundo, símbolo de un legado que María Teresa ha lucido a lo largo de sus 25 años de reinado en innumerables ocasiones. Un patrimonio que no solo ha reforzado su imagen como una de las mujeres más elegantes del panorama internacional, sino que también refleja la historia y la continuidad de una dinastía que permanece intacta a través de sus imponentes piezas. Ejemplo de ello es la impresionante Tiara del Imperio de Luxemburgo, una pieza que permanece en la familia desde 1829 y que fue una de las favoritas de la Gran Duquesa Carlota, quien la lució por primera vez en la historia de la familia en su enlace matrimonial y que, por última vez, llevó el día de su abdicación, momento en el que cedió el testigo a su hijo, el Gran Duque Juan de Luxemburgo. Formada por una estructura neoclásica de platino o plata, engastada con 212 perlas (incluyendo varias en forma de pera) y casi 2.000 pequeños diamantes de corte brillante, es sin duda una de las favoritas de la gran duquesa María Teresa.
Otra de las piezas más destacadas es la Tiara Belga de Pergaminos, que recibió la princesa Josefina Carlota de Bélgica con motivo de su boda con el gran duque heredero en 1953 y que, tras su muerte en 2005, estuvo a punto de ser subastada. Fue testigo de la coronación de Isabel II y, aunque con los años se convirtió en una de las favoritas de María Teresa, ahora guarda un especial vínculo con la gran duquesa Stéphanie, quien ya ha tenido ocasión de lucirla con motivo de su ascenso al trono luxemburgués.
Flores y perlas entrelazadas con diamantes
Y es que cuenta la leyenda que las flores perduran en el tiempo. Sus pétalos pueden marchitarse, pero los diamantes permanecen. La tiara de hojas de vid —también conocida como la tiara nupcial de la familia gran ducal— es, en esencia, un jardín posado sobre diamantes cuya historia se remonta a 1950, año en el que fue vista por primera vez sobre la testa de Alix de Luxemburgo. Con el paso del tiempo, la pieza ha terminado por asentarse en la figura de María Teresa, quien la ha lucido con especial elegancia.
En esta misma línea, otra de las joyas más emblemáticas es la Tiara floral, aunque en su versión más pequeña, que aunque de origen desconocido consta de compactos elementos florales de diamantes engastados en un denso ramillete de diamantes. Por su parte, destaca también en el joyero de María Teresa la versátil tiara Chaumet, que puede también convertirse en gargantilla.
La Tiara de Esmeraldas de Chaumet
Un regalo de Navidad del príncipe Félix marca también el eje de la actualidad en la gran familia ducal. En 1926, la gran duquesa Carlota recibió esta pieza, formada por diamantes y esmeraldas, que es en sí misma el ejemplo perfecto de cómo, a través del reciclaje de joyas, pueden resurgir creaciones destinadas a convertirse en emblema de una dinastía. Y es que la esmeralda central —de 45 quilates— fue un regalo del emperador Francisco José de Austria en 1859.
Hoy, la pieza es una de las favoritas de la gran duquesa María Teresa y, por coincidencia, también ha sido lucida por Stéphanie, lo que confirma cómo el legado de esta joya, coronada por su imponente piedra central, resurge con fuerza en una nueva generación. Y es que, junto a la Tiara de la Gran Duquesa Adelaida —creada específicamente para ella—, ha sido una elección frecuente de María Teresa, reforzando su pasión hacia los diamantes. Una pieza de especial elección que cuenta con un gran zafiro central enlazado a diamantes en talla brillante y talla rosa, y cuya creación pertenece entre los años 1865 y 1870.
Y es que el joyero de la gran duquesa reúne un gran número de piezas que reflejan la historia y evolución de la familia ducal. Entre ellas destacan la tiara del pavo real de esmeraldas, creada por Van Cleef & Arpels a partir de joyas heredadas y lucida también como collar; la tiara de aguamarinas, nacida de una parure nupcial y reinterpretada con el paso del tiempo; o la tiara de citrinos y perlas, ejemplo del ingenio de transformar pulseras en piezas de gran porte. A ellas se suma la tiara de turquesas, redescubierta en los archivos ducales y devuelta a la vida en las últimas décadas, así como la tiara-collar de zafiros, de origen histórico y gran versatilidad. Incluso, en este joyero también hay lugar para piezas más discretas.
Ejemplo de ello es la tiara de amatistas, que demuestra la capacidad del joyero real para adaptarse sin perder su propia esencia.












