Fue el 6 de mayo de 1960 en la Abadía de Westminster cuando se celebró la boda entre la princesa Margarita y Antony Armstrong-Jones. Ese fue el primer matrimonio de la realeza británica que se celebró bajo el reinado de Isabel II, el primero que se pudo retransmitir totalmente en directo, el primero con un consorte plebeyo y el primero que terminó en divorcio. La única hermana de lsabel II abrió, en muchos sentidos, un camino complicado por el que luego transitaron tres generaciones de miembros de la realeza británica. Destinada a ser, igual que el príncipe Harry o el príncipe Andrés, siempre un eterno personaje secundario, el tiempo y series como The Crown la han convertido en un icono trágico y rebelde, atrapada entre el deber y el deseo.
En el imaginario colectivo la princesa Margarita es tan brillante e ingeniosa como autodestructiva. Una royal herida, profundamente marcada por la prohibición de casarse con Peter Townsed, aunque distintas biografías apuntan a que si algo le marcó fue la prematura muerte de su padre, el rey Jorge VI, su gran aliado y la persona que más le comprendió. La princesa Margarita no solo tenía 21 años cuando murió su padre, es que además eso elevó a su hermana al trono, reconfigurando la dinámica de toda la familia y estableciendo unas prioridades que rara vez pasaban por ella, por sus propios intereses o por su propia felicidad.
La unica hermana de la reina, que además era guapa y carismática, era indudablemente la princesa más codiciada del Reino Unido y quizá de Europa. Solo tenía 22 años y superaba la muerte de su padre cuando se enamoró del capitán Peter Townsed, 16 años mayor que ella y divorciado. Fue esto último lo que impidió que esa relación siguiera adelante. La moral pública, la Iglesia de Inglaterra, el gobierno británico que entonces encabezaba Wiston Churchill y la atmósfera social dejaron claro que su negativa; y la Corona británica lo valoró como peligroso para un reinado que todavía estaba en proceso de consolidación. Esa fue la primera vez que Isabel II tuvo que elegir entre la felicidad de los suyos y el deber, una operación que repitió diez años más tarde cuando se cortó la relación entre el príncipe Carlos y Camilla Shand, una joven que no encajaba con el prototipo de "rosa inglesa" que habían proyectado para el futuro rey.
Posiblemente fue la herida que le dejó la imposibilidad de casarse con Townsed, un hombre que por otro lado hubiera encajado más en el papel de consorte real, tanto por el conocimiento y compromiso con una institución para la que ya servía, como caballerizo tanto de Jorge VI como Isabel III, como por su larga y condecorada trayectoria dentro de la Real Fuerza Aérea, lo que le llevó a guardar en secreto su noviazgo de dos años con Antony Armstrong-Jones, un fotógrafo y cineasta que se había formado en el elitista Eton Collegue y en la Universidad de Cambridge, y que se consideraba uno de los artistas emergentes más interesantes del Londres creativo de la década de los cincuenta.
La boda, que se celebró dos meses después del anuncio del compromiso, se vivió como un punto de inflexión en la monarquía británica, de la tradición a la modernidad y como pistoletazo de salida de la propia década de los sesenta. El propio Antony Armstrong-Jones, muy presente en los círculos artísticos y bohemios, ayudó a actualizar esa imagen con un estilo menos rígido, aunque lo cierto es que la tendencia ya estaba en marcha y el merito había sido del duque de Edimburgo, marido de Isabel II.
El príncipe Felipe, que si bien tenía sangre real era un "outsider" en la institución, había detectado la necesidad de acercar la Casa Windsor a los ciudadanos y con el auge de la televisión descubrió la herramienta perfecta. Si bien en 1947 Isabel II rechazó la idea de una boda con cámaras y solo se filmaron determinados momentos, en 1953 el duque de Edimburgo fue behemente con la idea de retransmitir la Coronación de Isabel II en directo, a pesar de la oposición de la Reina Madre y de Wiston Churchill. El éxito fue tal que esa retransmisión, la de la Coronación en 1953, se convirtió en un hito cultural, político y tecnológico que sentó las bases de lo que vendría después, incluida la boda de la princesa Margarita y Antony Armstrong-Jones o la investidura del príncipe de Gales en 1969, que se diseñó pensando, sobre todo, en su retrasmisión, facilitando los tiros de cámara y convirtiendo el castillo galés de Caernarfon en un plató de televisión.
A la boda de la que ahora se cumplen 66 años, la princesa Margarita llegó, desde Clarence House hasta la Abadía de Westminster, acompañada por el duque de Edimburgo y con el recuerdo de su padre, el rey Jorge VI. La ceremonia, oficiada por el arzobispo de Canterbury, siguió todos los patrones de una boda real de primer orden: el mismo modisto que había vestido a Isabel II para su boda y su Coronación, vistió a la novia, Norman Hartnell. Fue un diseño tan moderno y sobrio para una princesa y para la época que la revista Life lo calificó como "el vestido de novia más sencillo de la historia". Quizá por eso lo que más se recuerda es la tiara Poltimore, toda una declaración de intenciones ya que era una joya que no pertenecía a la realeza británica, la novia la había comprado en una subasta y tenía un diseño victoriano con dimensiones propias de reina. No era lo esperado para una segunda de a bordo.
Dos días antes de la boda real se celebró un baile en el Palacio de Buckingham y después de la boda, previo paso por el mítico balcón de los Windsor, comenzó una luna de miel de seis semanas por el Caribe a bordo del legendario Britannia, que hay que recordar que era el yate del Estado. Entonces se dio una situación insólita, la princesa Margarita mantuvo siempre un papel institucional, también en el tiempo que duró el matrimonio, entonces él le acompañaba a la vez que mantenía su carrera artística propia como fotógrafo, cineasta y director artístico en ascenso. Lejos de suponer un problema, este trabajo independiente por derecho propio se valoraba de forma positiva como un beneficio para la imagen familiar. Hay que tener en cuenta que esta misma situación es la que se permitió a los condes de Wessex -ahora duques de Edimburgo-, pero no funcionó, mientras que a los duques de Sussex directamente se le negó.
Al año siguiente de la boda, él fue elevado a nobleza como conde de Snowdon y vizconde Linley por la reina Isabel II, principalmente porque no se cotemplaba que los hijos de la princesa Margarita no tuvieran un título vinculado con la realeza, así que ella se convirtió en condesa de Snowdon. Tuvieron dos hijos, David Armstrong-Jones, segundo conde de Snowdon, y Sarah, conocida como Lady Sarah Chatto después de su matrimonio. Esa pareja vibrante que simbolizó la nueva era duró poco, circulan muchas teorías sobre los motivos, desde las agendas separadas hasta las diferencias de carácter. Esa crisis terminó en divorcio en 1978, el primero en la familia Windsor desde Enrique VIII y un auténtico terremoto institucional.












