En la época victoriana, un gesto tan sencillo como inclinar una flor podía cambiar por completo una declaración de amor. Un ramo podía expresar admiración, fidelidad o incluso rechazo, y su significado no dependía únicamente de las especies elegidas. También importaba cómo se entregaban o dónde se colocaban. Era el lenguaje secreto de las flores, un curioso código sentimental que alcanzó su máximo esplendor en el siglo XIX, precisamente cuando los ramos comenzaron a conquistar el universo nupcial. Pero ¿cómo funcionaba realmente y qué papel desempeñó la reina Victoria en esta romántica tradición?
Un código para comunicarse sin palabras
Entre 1820 y 1880, intercambiar ramos con mensajes cifrados se convirtió en una moda en Gran Bretaña y Estados Unidos, según apuntan desde la Royal Horticultural Society, la prestigiosa institución británica dedicada a la horticultura y la jardinería. La tendencia había llegado desde Francia, donde Charlotte de la Tour, seudónimo bajo el que se publicó uno de los primeros grandes manuales de floriografía, dio a conocer en 1819 Le langage des fleurs, un libro que recogía unos 300 significados florales. Su éxito inspiró numerosos diccionarios que permitían componer y descifrar declaraciones románticas.
Pero resulta curioso que no bastaba con conocer solo el significado de cada flor, pues en ocasiones, hasta la posición de estas importaba. Según algunos manuales, la inclinación de un ranúnculo —que en la actualidad se ha convertido en una de las opciones preferidas por las novias— podía transformar un halago en una insinuación de que la persona era demasiado presumida. Una caléndula colocada sobre la cabeza expresaba angustia, mientras que sobre el pecho podía indicar melancolía. Incluso entregar un ramo con una mano u otra podía interpretarse como una respuesta afirmativa o negativa.
Eso sí, los significados variaban según el diccionario y no existen pruebas de que todas estas convenciones se utilizaran habitualmente en las bodas.
De la reina Victoria a su hija: cómo el ramo conquistó las bodas reales
Aunque la reina Victoria convirtió el vestido blanco en un referente nupcial tras su boda con el príncipe Alberto en 1840, no hay constancia de que llevara un ramo, aunque en algunos grabados aparece con un pequeño ramillete. Sí lució una corona de azahar, símbolo de virtud y fertilidad. Fue su hija mayor, la princesa Victoria, quien protagonizó uno de los primeros ejemplos documentados de un bouquet —esta vez muy vistoso y colocado sobre el vestido—, en una boda real británica, cuando se casó en 1858 con el que sería el futuro emperador Federico III de Alemania.
Cinco años después, Alejandra de Dinamarca se casó con Eduardo VII llevando un espectacular ramo de azahar, capullos de rosas blancas, orquídeas y mirto, adornado con encaje de Honiton. El ramo despertó tanta curiosidad que el periódico The Times le dedicó una noticia, en la que también identificó a su creador: James Veitch, un prestigioso horticultor londinense de cuya producción había salido también el ramo de la princesa Victoria.
Rosas, azahar y mirto: las flores que hablaban de amor
Muchas de las especies que hoy siguen enamorando a las novias ya tenían un simbolismo especial en el siglo XIX. Las rosas rojas representaban el amor, mientras que las blancas podían asociarse con la inocencia. El azahar evocaba la virtud y la fertilidad; el mirto simbolizaba el amor matrimonial; y el delicado lirio del valle prometía felicidad y buena suerte.
Aunque estos significados variaban según el diccionario, algunos han sobrevivido hasta nuestros días y siguen inspirando la elección de las flores nupciales. Los grandes arreglos con especies exóticas estaban especialmente ligados a las bodas aristocráticas, mientras que las novias con menos recursos también podían incorporar flores a su atuendo, aunque no necesariamente mediante un elaborado bouquet.
De la reina Victoria a Kate Middleton: el secreto que sobrevivió más de 150 años
Quizá una de las historias que más curiosidad despierte a los amantes de las flores es la del mirto de Osborne House, la residencia de verano de la reina Victoria y el príncipe Alberto, en la isla de Wight. En 1845, la soberana recibió un pequeño ramo con mirto de la abuela de su marido y una de sus ramitas se plantó en los jardines de este enclave. Años después, esta planta se convirtió en el origen de una tradición familiar: incorporar mirto a los ramos de las novias reales.
Más de siglo y medio después se mantiene como demostró Kate Middleton en su boda con el príncipe Guillermo, en 2011. Su ramo, diseñado por Shane Connolly, combinaba lirios del valle, que simbolizaban el regreso de la felicidad; jacintos, asociados a la constancia en el amor; y mirto, emblema del matrimonio. También incluía Sweet William, una flor vinculada a la galantería que, curiosamente, compartía nombre con su marido.
Pero el detalle más emotivo estaba en las ramitas de mirto: unas procedían de la planta que la reina Victoria había cultivado en Osborne House en 1845 y otras descendían del ramo de boda de Isabel II, de 1947. Una manera de unir generaciones y demostrar que, incluso hoy, un ramo de novia puede esconder toda una historia de amor y recuerdos familiares.












