Si bien la temporada alta de bodas en nuestro país abarca los meses de mayo a septiembre, asociados siempre al buen tiempo que anima a las parejas a celebrar su enlace, hay novias que prefieren el otoño para darse el ‘sí, quiero’, donde los colores de la naturaleza resultan sin duda de lo más inspiradores para una decoración cozy. Es lo que ocurrió con Bego, una madrileña que contrajo matrimonio el 25 de octubre de 2025 con su pareja, Pedro, en pleno centro de la capital.
"Desde el principio tuve claro que quería una boda en otoño, es una época que me encanta y que va mucho con mi personalidad", cuenta a ¡HOLA! Lo que esta recién casada no tenía tan claro, sin embargo, era el vestido con el que quería vivir su gran día. "Cuando empecé a buscar diseñador, la idea inicial era muy diferente a lo que terminó siendo el diseño final".
Un vestido de novia con cuello cervantina y guiño a la película 'Pobres criaturas'
Nuestra protagonista escogió a la diseñadora Sole Alonso. "Mi amiga íntima Ana trabaja con ella desde hace algunos años y siempre nos había hablado maravillas de su trabajo. Visité otros talleres, pero acabé decidiéndome por ella porque sentí que era un acierto seguro", explia. Y así fue. Aunque Bego buscaba en un principio "algo más romántico, con encajes antiguos", se dio cuenta de que, en el fondo, ese estilo no era para ella.
"Mis ideas fueron evolucionando hacia algo menos convencional, me di cuenta de que quería un vestido con un punto especial y que me representara realmente. La inspiración surgió al buscar fuera del mundo novias: di con la idea principal, el cuello, y a partir de este construimos todo lo demás junto a Sole", apunta.
Es el cuello formado por pequeños rectángulos plisados, sin duda, un elemento distintivo de su diseño nupcial: un vestido de satén con escote barco con mangas que se ajustan sobre el codo mediante pequeñas pinzas y un delicado pespunte. Una creación con drapeado de muselina en la cadera "que a medida que llega a la espalda, la gasa cae formando una sobrefalda que aporta movimiento", nos cuenta.
"Cuando le enseñé mis ideas a la diseñadora nos reímos porque dijo que parecían sacadas de la película Pobres criaturas, y tenía toda la razón: era el vestuario un poco alocado y con mucho juego justo lo que me inspiraba", admite Bego, recordando el film de Yorgos Lánthimos con el que Emma Stone se alzó con el Oscar a mejor actriz.
Nuestra novia no quiso estrenar un segundo look para el baile, pues estaba enamorada de su vestido, y además, tanto las mangas como la cola y el cuello se desmontaban para transformarlo en una opción más cómoda de cara a la fiesta.
Pendientes art déco y las sandalias cómodas de terciopelo que llevó en su pedida
Novias e invitadas tienen siempre un requisito en el que coinciden a la hora de armar el look perfecto para una boda: que el calzado permita disfrutar de un día tan especial sin dolor de pies. Y Bego encontró la solución en unas sandalias de terciopelo marrón con flores de organza, de Flordeasoka, que ya había estrenado en su pedida. "Fueron un regalo de mi madre y me resultaron tan cómodas que no dudé en repetir con ellas el día de la boda".
Los pendientes fueron también otro regalo, en este caso de los padres de su pareja, firmados por Javier Gómez Zuloaga. "Son articulados, de oro blanco y brillantes, desmontables y de estilo art déco inspirados en los años 20. Que sean así los hace muy versátiles y cada vez que puedo aprovecho para ponérmelos", confiesa Bego.
Las dudas surgieron con el velo, ya que no quería que restase protagonismo a su vestido. "Pero el día que me lo probé, ¡a todas nos encantó! Nos pareció que le daba un toque delicado, romántico y más tradicional. Creo que terminó siendo el complemento perfecto que cerró el look de la mejor manera".
El ramo fue obra de Marengo, inspirado en el que su ahora marido le regaló el día de la pedida, en tonos verdes y berenjena. "Además, llevaba dos detalles muy especiales: un escapulario que me regalaron nuestros amigos de la parroquia y una medalla que me regalaron mis amigas. Me gustó mucho la idea de llevar conmigo pequeños símbolos con significado personal en un día tan importante".
Una ceremonia en la Milla de Oro madrileña y una decoración otoñal en tonos berenjenas
La pareja contrajo matrimonio en la Iglesia del Espíritu Santo, en la madrileña calle de Serrano. "Por fuera no llama especialmente la atención, pero por dentro es imponente y con el tamaño perfecto para lo que buscábamos", aclara la novia.
Tras la ceremonia, los novios y sus invitados se trasladaron a la finca de La Gaivota, en Aravaca. "Pedro y yo hicimos el trayecto en un Mini antiguo del primo de mis primos, y nos hizo mucha ilusión conducir un coche con historia, ¡lo habían traído hace unos años desde Japón!", recuerda.
El menú corrió a cargo de Isabel Maestre —"lo mejor fue la pastela de crema y almendras"—, la música, de los chicos de Dándote Ritmo, y del seating plan se encargó su amiga Ana, trabajando durante meses en diseños inspirados en el golf, el hobby preferido del novio.
La pareja decidió no contar con una wedding planner para organizar la boda: "Pedro y yo nos encargamos de organizarlo todo junto con nuestras madres. Nos dejamos de complicaciones y nos centramos en aquello con lo que disfrutamos. Además, tuvimos la suerte de que todos los proveedores con los que trabajamos hicieron que la organización fuera muy sencilla".
Los colores de las mesas estaban inspirados en el propio ramo de la novia y su suegra agregó unos candelabros que dieron un toque especial. La boda soñada para esta pareja que se conoció a los 16 años en el colegio —"Fue algo natural y fácil. Llevábamos siete años de relación cuando decidimos casarnos", recuerda— y que consiguieron lo que esperaban en este día único: "celebrar juntos y disfrutar de la enorme suerte de estar rodeados de personas tan increíbles".


















