El año 1995 fue una temporada de sonados enlaces entre famosas y realeza. La boda de la infanta Elena con Jaime de Marichalar, el ‘sí, quiero’ de Pablo de Grecia y la princesa Marie-Chantal o el gran día de Estefanía de Mónaco y Daniel Ducruet figuraban en las portadas de la prensa entonces. Esta última celebración fue un acontecimiento más discreto que los demás y que aquellos a los que acostumbra la casa real monegasca, conocida por lograr fastuosas celebraciones cuando la ocasión lo requiere. La hija pequeña de Rainiero III de Mónaco y Grace Kelly escogió a su guardaespaldas para iniciar una nueva vida, con una ceremonia civil que tuvo lugar el 1 de julio de hace 31 años.
Una trayectoria poco convencional
La princesa no tuvo una juventud tradicional, pues en su historial figuraban los oficios de actriz, cantante o modelo y, al mismo tiempo, una etiqueta de peso, la de rebelde. Ella misma hablaba sobre sus particularidades en una entrevista concedida a ¡HOLA!: "confieso que he tenido una trayectoria no habitual para una princesa". Uno de esos detalles nada comunes fue el hecho de llevar una relación secreta con quien más tarde sería su marido. El vínculo entre Ducruet, de 29 años, y la joven Grimaldi surgió en la intimidad, alejado de los focos, y se destapó poco antes de conocer su embarazo. Jaime Peñafiel definiría al novio con estas palabras: “dueño de una pescadería en la localidad francesa de Menthon y divorciado de su primera mujer, Sandra”. A diferencia de la visión más tradicional, su enlace llegó después de que se convirtieran en familia, algo inaudito entre las royals.
El primer retoño de la pareja, Louis Ducruet, nació en noviembre de 1992 (Ducruet había dejado, al mismo tiempo, embarazada a otra novia) y, más tarde, fue el turno de la segunda hija en común, Pauline, en mayo de 1994, quien también llegó al mundo antes de la boda. Esto sucedió porque Rainiero III no estaba conforme con la relación de su hija y se negó durante años a aprobar un posible casamiento entre ambas partes, del mismo modo que la retiró de los actos institucionales. A ojos de su padre, era todo un escándalo que aquella joven se hubiera interesado por un empleado de palacio, escolta del futuro príncipe, y que hubiera llegado tan lejos. No era la primera vez que algún romance de la princesa causaba revuelo y se popularizaba en la prensa. Para entonces, se la había relacionado con los actores Rob Lowe y Anthony Delon, el piloto de carreras Paul Belmondo o el dueño de un club nocturno, Mario Jutard.
Celebrar en la intimidad
A su discreta ceremonia de boda, de perfil bajo, que se desarrolló en el Palacio de Mónaco, no acudieron grandes representaciones de casas reales, tampoco aristócratas. Tan solo 40 invitados acompañaron a los novios, frente a los cientos y miles de invitados propios de otros ‘sí, quieros’ de la realeza, y en esa lista de asistentes no estuvo su hermana, Carolina de Mónaco —pues no estaba de acuerdo con esta unión—. Las cámaras tampoco acompañaron a los prometidos; todo fue a puerta cerrada. No obstante, por la noche, en una cena de gala (a modo de banquete) de la que no existe mucha información, se dieron cita 300 convidados. En la ceremonia de esa mañana, Estefanía de Mónaco huyó de lo clásico y rompió con las normas (escritas y no escritas) y el protocolo que suele reservarse en las altas esferas a estos actos.
De encaje y mini, un look polémico
Acerca del vestido escogido por la protagonista del día, no hubo información por parte del principado. Mientras que en otras bodas sí trascendieron los detalles de la creación y la firma tras cada prenda y complemento, en este caso imperó el silencio. Posiblemente por haberse atrevido Estefanía de Mónaco a llevar la pieza más corta planteada para un ‘sí, quiero’ real hasta esa fecha. La propuesta destacaba por su falda de tubo, su tejido repleto de encajes florales, su pronunciado escote corazón, sus mangas largas y su cola, con volantes y pequeña, en la zona trasera. Lo acompañó de unos zapatos blancos de tacón sensato y muy sencillos y de un ramo clásico, tipo bouquet, en blanco con pequeños verdes.
Con su osado look, la hermana de Alberto de Mónaco cruzó las barreras hasta entonces conocidas de la etiqueta nupcial en la realeza. Es cierto que no era la primera vez que un diseño corto se colaba como vestido de novia de una royals, pero siempre eran creaciones midi, nunca cercanas al largo mini. Posiblemente fiel a su espíritu rebelde y en sintonía con otros looks de celebrities (ya habían llevado falda mini en una boda Jane Fonda, Raquel Welch o Audrey Hepburn), la princesa decidió, en una jornada tan relevante, que era el momento de dejar huella en clave moderna. Siguiendo sus pasos, Carlota Casiraghi pareció fijarse en su tía cuando se casó con Dimitri Rassam, con una propuesta para su enlace civil, realizada en encaje gris, muy corta, con lazos en el cuerpo y mangas largas, obras de Anthony Vaccarello para Saint Laurent.
Tan solo perlas como joyas
Aunque la familia Grimaldi no tiene una larga tradición en el uso de tiaras en las celebraciones nupciales, lo cierto es que sí sorprendió que en un día tan señalado, la princesa no llevara el cabello recogido. Aunque en el principado las bodas suelen ser más modernas y sus mujeres no tienen acceso a un joyero tan extenso y costoso como el que podrían tener otras casas reales, es habitual que las recién casadas lleven broches, pulseras o tocados florales al pasar por el altar. Estefanía, sin embargo, se decantó por dejar su melena midi casi natural, con algo de volumen y la raya en un lado. La única joya que lució fue un conjunto de pendientes colgantes y collar, compuestos de perlas clásicas.
Una dolorosa ruptura
¿Podrían haber sido las perlas, como marca la superstición, antecedentes o culpables de la deriva que llevaría el matrimonio? Quizá. Lo que podemos confirmar es que su amor tuvo fecha de caducidad. Un año después de la boda vieron la luz unas comprometedoras fotografías que no dejaban lugar a dudas sobre Daniel Ducruet, puesto que eran demasiado explícitas. El hasta entonces esposo de Estefanía le había sido infiel con otra mujer. “Mónaco, consternado”, titularía ¡HOLA!. Se divorciaron en octubre de 1996.







