Era una de las bodas más esperadas de la temporada y se celebró el pasado sábado 20 de junio. Carlota Cortina Chapartegui y Eugenio Gallego Ortiz-Echagüe se dieron el 'sí, quiero' por la tarde, en la parroquia Santa María de Caná, situada en la localidad madrileña de Pozuelo de Alarcón. La novia es hija de Pedro Cortina y de la interiorista Bárbara Chapartegui, y nieta de Alicia Koplowitz y Alberto Cortina. El novio, por su parte, es hijo del conocido promotor inmobiliario Eugenio Gallego Perales y de Lourdes Ortiz-Echagüe. Por eso no sorprende que entre los invitados no solo hubiera aristócratas y representantes de la alta sociedad, sino también personalidades del mundo de la empresa y las finanzas que pronto descubrieron el secreto mejor guardado de cada boda: el vestido de la novia.
Un vestido de novia de alta costura
Eugenio llegó con mucha puntualidad al templo acompañado por la madrina. Llevaba un clásico chaqué azul marino que completó con chaleco y corbata a tono y camisa blanca. Poco después —unos minutos más tarde— entraba la novia acompañada por su padre y padrino, Pedro Cortina Koplowitz. Estaba radiante, no dejaba de sonreír. No es para menos, por fin había llegado el gran día.
Para una ocasión tan especial, Carlota no eligió un vestido a medida, una decisión que cada vez se impone más entre las novias, sino una prenda de colección. Se decantó por un sofisticado diseño de Zuhair Murad. El vestido en cuestión forma parte de la propuesta de 2026 del libanés, en la que destacan los trajes estructurados, repletos de flores y juegos de volúmenes. También hay mezclas de tejidos: el satén duquesa, la organza y el encaje de Chantilly se entremezclan en muchos de los diseños, que dan como resultado piezas únicas, muy espectaculares y que cuentan con un nivel de confección propio de la alta costura.
"Son vestidos que requieren un trabajo artesanal extraordinario, con numerosas fases de diseño, patronaje, montaje y bordado realizadas por especialistas. Los bordados se ejecutan manualmente sobre tul y otros tejidos delicados, incorporando cristales, lentejuelas, hilos metálicos y aplicaciones que exigen una precisión absoluta. El proceso puede extenderse durante cientos de horas de trabajo, dependiendo de la complejidad del diseño. Lo que adquiere una novia no es únicamente un vestido, sino una pieza creada con técnicas artesanales que muy pocas maisons en el mundo siguen preservando", nos explica Isabel Ruiz, propietaria de Love is in the air y única distribuidora en España de la línea bridal de Zuhair Murad.
El traje de Carlota era de encaje blanco, con silueta de columna y escote palabra de honor adornado con un drapeado en raso duquesa que recorría también la espalda hasta la cintura, donde culminaba en forma de lazo. De este partía una sobrefalda, también de encaje, con cola de varios metros. Un elemento que le daba un aire mucho más romántico al diseño. Si algo llama la atención de esta prenda es que, pese a lo ornamentada que parece, acompaña el movimiento de la novia con ligereza. Es decir, es la novia quien lleva el vestido, y no al revés. "Ese es uno de los grandes logros de Zuhair Murad. La construcción está pensada para que la novia sienta que la pieza se adapta a ella y no al contrario. Se utilizan tules extremadamente ligeros, capas superpuestas que aportan movimiento sin añadir volumen innecesario y estructuras internas que distribuyen el peso de forma equilibrada. Además, el patronaje está diseñado para abrazar la silueta y potenciarla de una manera muy natural", apunta la experta.
Y es que en este tipo de diseños, aunque lo que se ve importa (y mucho), lo que no se ve es todavía más importante; no hay nada dejado al azar. "Cada cristal, cada bordado y cada pieza de encaje están pensados para crear un efecto óptico que estiliza la silueta, aporta luminosidad y realza la figura femenina. Esa ingeniería invisible es la que convierte una pieza espectacular en un vestido que realmente funciona cuando la novia lo lleva puesto", concluye Isabel.
Una tiara de oro blanco y diamantes
Carlota eligió uno de los peinados más sencillos para novias: un moño de inspiración bailarina. En estos momentos, el clean look es tendencia y, aunque ese acabado tan pulido no favorece a todo el mundo, a ella le sentaba de maravilla. Esta elección funcionaba especialmente bien con el velo, un diseño de tul con un amplio y laborioso encaje en los bordes, y la tiara con la que completó su look. Esta pieza, que en otro tiempo podría haber sido un brazalete, era de oro blanco y diamantes, y combinaba figuras geométricas y orgánicas. Como era una joya muy llamativa, Carlota eligió unos pendientes más bien pequeños, de brillantes, y prescindió tanto de pulseras como de gargantillas.
De los zapatos al ramo de la novia lleno de significado
Cuando un vestido es tan especial como el que llevó Carlota, los expertos recomiendan elegir bien el resto de accesorios para que el conjunto funcione como un todo y no haya ningún detalle que desentone. En su caso, optó por unos zapatos blancos, un color que, después de varios años en los que los rosas, los burdeos, los verdes e incluso los azules se han impuesto, ha vuelto a ganar peso. En su caso eran unas altísimas sandalias con plataforma, una opción perfecta para estilizar la silueta y estar cómoda al mismo tiempo.
En cuanto al ramo, y siguiendo la estela de las novias de la realeza, la nieta de Alicia Koplowitz se decantó por un pequeño bouquet de color blanco. Aunque en estos momentos conviven muchas tendencias florales y los diseños llenos de color (o en tonos pastel) gustan y mucho a las prometidas, los diseños blancos siguen siendo una elección con poco riesgo y que encaja con todo tipo de vestidos. "El blanco es el único color que jamás pasa de moda. Es clásico, elegante y duradero en el tiempo", nos resumían desde la floristería madrileña Savia Bruta, Lindsay y Alex. Carlota, además, ha elegido peonías, una flor que gusta a novias y floristas por muchos motivos, pero, sobre todo, por su simbolismo. En su floración, pasa de un capullo compacto a una flor enorme y abierta. Algunas floristas interpretan esta transformación como una metáfora del crecimiento del amor y del comienzo de una nueva etapa.









