Resulta curioso cómo uno de los reinados más cortos en la historia de la monarquía británica provocó, precisamente, el más largo hasta la fecha. Y es que si Eduardo VIII no hubiese renunciado al trono tras 325 días en él, no habría ocupado su lugar su hermano Jorge VI, padre de Isabel II, la soberana que estuvo al frente de la Corona durante más de siete décadas.
Fue el amor lo que llevó al hijo mayor del duque de York a abandonar su papel de monarca. ¿El motivo? Ni su familia, ni el gobierno ni la iglesia aceptaban su matrimonio con Wallis Simpson, una socialité estadounidense que había conocido en 1931 durante un evento en Burrough Court —entonces ella estaba casada con su segundo marido— y de la que se había quedado prendado. Iniciaron tiempo después una relación que nadie veía con buenos ojos: ¿cómo iba a casarse el rey de Reino Unido y emperador de la India con una estadounidense divorciada (dos veces) y amante (tanto como lo era él) de la fiesta?
Pese a las críticas, Eduardo VIII le pidió matrimonio a Wallis con un anillo de compromiso de Cartier que contaba con una esmeralda de 19,77 quilates, engarzada en una banda de oro amarillo. Comunicó su intención de casarse el 16 de noviembre de 1936, y ante el rechazo, decidió abdicar finalmente, abandonando el trono oficialmente el 10 de diciembre de aquel mismo año, convirtiéndose en duque de Windsor.
Boda en Francia con un vestido de novia azul
Ningún miembro de la familia real asistió al enlace de Eduardo VIII y Wallis Simpson, que celebraron en la intimidad el 3 de junio de 1937, seis meses después de la abdicación. Se casaron en el castillo de Candé, ubicado en la localidad de Monts, donde la novia posó con un vestido que hizo historia.
Fiel a su estilo, el de una mujer que no encajaba en los moldes y que había construido su imagen a base de elegancia, audacia y un gusto muy personal, Wallis Simpson eligió un vestido tan poco convencional como su propia historia de amor: un diseño de Mainbocher en color azul.
La firma fundada por el modisto estadounidense Main Rousseau Bocher, afincado en París, creó para ella un vestido en crepé de seda en un tono azul grisáceo único, a juego con sus ojos, que hoy cuesta imaginar: las fotografías de archivo disponibles están en blanco y negro, y el diseño (donado por Simpson al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York) ha perdido su tono original, adquiriendo ahora un color crema.
Largo hasta los tobillos, estaba formado por una falda cortada al bies, combinada con una chaqueta corta con frunces en el cuerpo, botones centrales, mangas abullonadas y un elegante cuello subido, adornado con un broche de zafiros y diamantes.
Completó su estilismo con un sombrero de paja diseñado por la célebre sombrerera parisina Caroline Reboux, ajustado a la cabeza, con un halo de tul y plumas a juego con el vestido. Incorporó también una pulsera de zafiros y diamantes de Van Cleef & Arpels y otra decorada con cruces y piedras preciosas, de Cartier.
89 años después, aquel estilismo nupcial sigue inspirando a prometidas, no tanto por el color —sería prácticamente imposible recrear aquel azul Wallis—, sino por su silueta elegante y minimalista. De hecho, ha servido de referencia a influencers actuales, como fue el caso de Lucía Bárcena el día de su boda. En una época en la que el blanco dominaba los enlaces de la alta sociedad, la duquesa de Windsor apostó por una elección muy personal que reflejaba su carácter. Quizá por eso sigue fascinando: porque detrás de aquel vestido había una mujer decidida a escribir sus propias reglas, incluso cuando estas sacudían los cimientos de la monarquía británica.











