Decidir quién será el artífice de tu look nupcial suele ser un quebradero de cabeza para muchas novias, salvo si tienes una amiga que se llama Inés Martín Alcalde. En ese caso, la certeza es absoluta. Eso le pasó a Carmen en el momento en el que Javier le propuso matrimonio. “No podía ser nadie más. Inés es amiga desde hace años y lo teníamos claro”, asegura.
No hubo dudas ni titubeos. Delegó en ella y todo fluyó. Y es que nada como ponerte en manos de quien te conoce bien en uno de los días más importantes de tu vida. “Fue la mejor decisión y lo he disfrutado incluso más de lo que había pensado”.
El proceso y las pruebas que muchas novias viven con nervios y dudas, ella lo sintió en calma, en familia, “como si estuviera en el salón de mi casa”, reconoce. Ese taller inspirador que se mueve al ritmo del traqueteo de las máquinas de coser, se convirtió en punto de encuentro.
“He tenido la suerte de estar muy bien acompañada. Recuerdo cada ratito con mis amigas, Inés, Rosa y Lucía y mi madre, que es muy divertida y nos ha hecho pasar muy buenos ratos a todas”.
Un cambio de vestido a dos semanas de la boda
Carmen llegó a este atelier de Claudio Coello, en Madrid, con una idea clara: “quería un vestido atemporal, sencillo y elegante, sin muchos volúmenes en la falda, con mucha cola, un cuerpo de talle bajo y una chaqueta de encaje”. Bajo estas premisas, se pusieron a trabajar. En cada prueba, la ilusión y el vestido iban in crescendo, por lo que ni ella misma se pudo imaginar el giro inesperado que sucedió en el tiempo de descuento, a tan solo dos semanas de la boda.
“Llegó el día en el que empezamos a pensar en el segundo look, el del baile. En ese momento, Inés comenzó a crear sobre mi propio cuerpo lo que acabaría convirtiéndose en el primer look”. La diseñadora lo vio claro desde el principio, pero Carmen se quedó, literalmente, “muda”.
“Me encantaba la nueva propuesta, pero no me podía creer que fuésemos a cambiar el vestido ¡a dos semanas de la boda!”. Una locura, una genialidad no exenta de incertidumbre, pero Carmen cerró los ojos y delegó. “Inés me pidió que confiase en ella y eso hice”.
El vestido final, el que llevaría en la ceremonia, mantuvo la base, con su larga cola, pero cambiaron esa chaqueta de encaje que Carmen siempre imaginó por un cuerpo camisero, rematado con un drapeado muy original y un toque de tachuelas en los puños.
Un giro más rebelde, más personal, más ella, “que va mucho con mi personalidad. A muchos de mis looks les doy un toque atrevido. Así que, ¿por qué no?”.
Un look de fiesta con una blazer
Esta chaqueta de encaje, “toda una obra de arte” en palabras de la novia, se guarda a buen recaudo para estrenarla en un evento futuro especial. Y hablando de chaquetas...
Si el segundo look pasó a ser el primero, ¿qué pasó con el diseño que iba a llevar para el baile? Tan sencillo como mantener el vestido, quitar la camisa y atreverse con una prenda icono del universo Martín Alcalde.
Hablamos de una blazer cropped con sus características hombreras marcadas. “Muy de Inés, muy mía”. Una buena pieza de sastrería siempre encaja bien en el universo nupcial.
La importancia de rescatar accesorios especiales
Optó por el contraste en el calzado, unos Jimmy Choo en encaje negro que tenía desde hace años. “Me chiflan los tacones”.
Los pendientes también los rescató de su joyero personal. “Llevé unos de brillantes muy discretos, de los primeros que le regalaron sus padres cuando era niña”. Aparte, lució su anillo de pedida y “un collar ideal”, regalo de su suegra.
Ciñéndose a las directrices que rigen las tendencias actuales en los ramos de novia, Carmen tenía claro que quería un diseño de tallo largo. “Apostamos por una combinación de flores, solo en blanco y verde, donde me apetecía mucho que pudiese haber peonías, ¡en mayo están preciosas!”. En este ramo llevó, además, una medallita que le envío días antes de la boda su amiga Vicky. “El día después, mi madre llevó mi ramo a mis abuelos y mi tía, que ya no están aquí y no pudieron acompañarnos”, recuerda.
Las flores también fueron protagonistas de un momento inesperado durante el getting ready, mientras se preparaba antes de caminar hacia el altar. “Llegaron muchísimos ramos a casa de mis padres. Fue muy especial el que me envió mi marido, Javier, con una nota muy dulce, pero todos eran increíbles. Me emocionó mucho recibir tanto cariño de nuestras familias y amigos en ese momento”.
La maquilló Amparo Sánchez, muy natural para no verse disfrazada. “Supo captarme enseguida”, asegura. En cuanto al peinado, quería un moño bajo que descansase en el cuello. De ahí prendió su sencillo velo.
“Mi idea era soltarme el recogido en el baile, pero me dediqué tanto a disfrutar cada minuto de la boda que al final no hice ningún cambio”, nos cuenta.
Su historia de amor
Carmen y Javier se conocieron gracias a Pepa, una amiga en común que nunca imaginó que aquella presentación acabaría marcando sus vidas. Durante años fueron amigos, compartiendo momentos, confidencias y risas, hasta que un día Javier decidió dar un paso más y le invitó a cenar. El resto, ya es historia. “Desde entonces no nos hemos separado, nos entendemos muy bien”, asegura Carmen.
Tras algo menos de tres años juntos, Javier decidió sorprenderla con una pedida tan íntima y muy bien gestionada, porque Carmen no se lo esperaba en absoluto. Fue un sábado cualquiera, sin pistas ni sospechas. Él llevaba tiempo organizándolo en secreto: habló primero con sus suegros y, después, le dedicó unas palabras muy especiales acompañadas de un anillo que ella define como “ideal”.
La sorpresa no terminó ahí. Javier había organizado una comida con ambas familias para celebrar la noticia y, después, una reunión con todos sus amigos. Un compromiso compartido desde el primer momento con las personas más importantes para ellos. Pocos meses después, esa historia llegaba al altar.
Una boda en Madrid
Carmen y Javier se casaron el 17 de mayo de 2025 en la parroquia de Santa Bárbara, en Madrid. Para Carmen era un lugar muy especial, una de las iglesias más bonitas de la ciudad. Para Javier, además, tenía un valor añadido: durante los últimos años había vivido en el barrio de Justicia y desde la terraza de su ático se veía aquella imponente iglesia iluminada por las noches.
“Nos comprometimos solo unos meses antes, así que pensamos que sería imposible conseguir una fecha en 2025, pero tuvimos la mucha suerte y no quisimos desaprovechar la oportunidad”.
La entrada del novio fue uno de los momentos más espontáneos del día: no pudo contener la alegría y chocó las manos con sus amigos. “Un gesto seguramente poco protocolario, pero estábamos realmente felices”.
Los pajes fueron los tres hijos de la amiga de Carmen, Andrea, que arrancaron sonrisas cuando pidieron “primitos” durante las peticiones. El padre Olivier contribuyó a que la ceremonia fuera cercana, divertida y muy especial.
Javier es un gran amante de la música y se encargó de gestionarla para la ceremonia. Contó con su amigo Álvaro Vallejo, tenor del Teatro Real, y con un trompetista que acompañó al órgano de Santa Bárbara, creando una combinación diferente y espectacular.
Una animada celebración
Tras la ceremonia, los invitados se trasladaron al Soto de Mozanaque. El día acompañó y el cóctel se celebró al aire libre. Carmen y Javier quisieron que fuera más largo de lo habitual para poder disfrutarlo con calma, amenizado por un grupo de música cubana que puso a todos a bailar desde el principio.
Hubo guiños muy personales: el jamón ibérico de bellota de la empresa del padre de Carmen, cortado en directo, y cava junto al champagne, en homenaje a la familia de Javier, de Barcelona. El broche final lo puso una deliciosa tarta árabe tras la comida.
El baile se abrió sin ensayo previo, con Let’s do it (Let’s fall in love) de Ella Fitzgerald. En mitad del baile, Javier improvisó una voltereta que arrancó carcajadas y dio paso a Visa para un sueño de Juan Luis Guerra, invitando a todos a unirse a la pista.
Organización y decoración
La boda se organizó sin wedding planner y en tiempo récord. Contaron con la ayuda de familiares y amigos: Álvaro O’Donnell diseñó el plano de las invitaciones y Goretti Beaskoa se encargó del sitting y los meseros. Los hermanos de ambos también se implicaron mucho, haciendo del proceso algo compartido y especial.
La decoración fue sencilla y elegante. Las flores, a cargo de Aquilea, en blancos y verdes con un toque rosa para armonizar con los manteles del jardín. En el salón, arreglos florales sobre manteles color piedra.
Lo más especial para los recién casados fue la felicidad que se respiró desde el principio hasta el final. “Poder compartir ese día con familia y amigos, algunos llegados desde lejos, fue el mayor regalo”. Y si tuvieran que dar un consejo, lo tienen claro: disfrutar. “Pasa volando. Lo mejor es centrarse en vivir cada minuto con las personas a las que quieres”.










































