Desde mediados del siglo pasado hasta hoy, no ha habido un solo año en el que un hito tecnológico no haya transformado por completo algún ámbito de nuestras vidas. La llegada de Internet, los archivos digitales, los smartphones, la mensajería instantánea o la recién aterrizada Inteligencia Artificial -tema de conversación omnipresente- son solo algunos ejemplos de innovaciones que han cambiado a pasos agigantados nuestra manera de entender el mundo y de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. La experiencia de comprar en una tienda se resuelve ahora en apenas dos clics; ya no se piden taxis, se solicitan Ubers; el dinero en metálico es casi inexistente, y nuestras colecciones de discos y libros se han reducido a dispositivos diminutos y ultraconectados que nos permiten acceder a bibliografía y discografía disponible desde prácticamente los inicios de la humanidad.
Nos prometieron que nuestra vida material mejoraría notablemente, pero rara vez nos detenemos a pensar en el deterioro de aspectos humanos intangibles como las emociones, la creatividad, la socialización o el bienestar: conceptos que la tecnología jamás podrá sustituir y que para los seres humanos son tan esenciales como el agua o el oxígeno. Por eso no sorprende que en tiempos convulsos como este surjan términos como la Newstalgia, un fenómeno en tendencia que combina modernidad con nostalgia por lo retro. La Teoría del Péndulo, una explicación científica comprobada a lo largo de la historia de las civilizaciones, ilustra perfectamente la aparición de movimientos como este: con el tiempo, las sociedades oscilan de un extremo a otro, y cuando la abrumación y la fatiga digital alcanzan su punto álgido nuestro cuerpo pide desconexión y añora épocas pasadas.
Vuelta a lo analógico: las chicas FASHION lo confirman
Mirar hacia atrás ya no es un gesto reservado a los más nostálgicos. Aunque su auge haya nacido en las redes sociales -una paradoja para un movimiento que aboga por reducir el uso de la tecnología-, 2026 se ha proclamado oficialmente como el año del regreso a la vida analógica. Y es curioso cómo especialmente las generaciones más jóvenes, como los Z, han abrazado el término y lo han impulsado desde plataformas como Instagram o TikTok.
El fenómeno se manifiesta en múltiples frentes: desde el furor por las cámaras analógicas y las digitales de los 2000, que hemos visto en manos de celebrities como Dua Lipa, Kendall Jenner, Gigi Hadid o Hailey Bieber, hasta el resurgir del vinilo, un formato que parecía condenado a la extinción y que hoy resulta impensable que un artista no incluya en el lanzamiento de su nuevo álbum.
A ello se suma la romantización de los auriculares con cable frente a los inalámbricos, una tendencia que ya han adoptado figuras como Kaia Gerber; el renovado aprecio por los libros físicos y el auge de los clubes de lectura; y, en general, todo aquello que nos invita a frenar, a vivir el presente de forma más consciente y pausada. Hashtags como #BringBackFlipPhones condensan este sentimiento y agrupan cientos de vídeos que añoran una época en la que, aunque seguíamos conectados, lo hacíamos con mucha más intención: enviábamos pocos SMS y exprimíamos cada carácter.
Este regreso a lo analógico no es casual: responde a una saturación digital que nos ha vuelto más conscientes del valor de la lentitud y de lo tangible. En un entorno dominado por la inmediatez y los algoritmos, estos objetos “obsoletos” y rituales “imperfectos” -el grano y los colores distorsionados de una foto o el cable que se enreda en el bolsillo- funcionan como anclas sensoriales que nos devuelven una sensación de control.
A esta corriente se suma la búsqueda de calma y el auge de los hobbies lentos y manuales; solo hay que observar la proliferación de escuelas de cerámica y cafés para pintar o los run clubs en las grandes metrópolis, que se han convertido en refugios frente al ruido digital. Porque, al final, tener el último iPhone o estar en contacto constante con todo el mundo ya no resulta tan atractivo. La disponibilidad 24/7 y entregar nuestros datos a la gran red ha dejado de ser aspiracional: el verdadero lujo ahora es desconectar, preservar el descanso y no sacrificar el sueño. Todo ello compone un mismo impulso cultural: la necesidad de recuperar experiencias más auténticas en un mundo que se mueve demasiado rápido.
La industria de la moda mira hacia atrás
A medida que este movimiento trasciende las comunidades digitales, surge una pregunta inevitable: ¿qué impacto ejerce sobre industrias tan influyentes como la moda, la belleza, la decoración o la cultura? Es casi una ley no escrita que los directores creativos revisiten una y otra vez los archivos de sus maisons, incorporando guiños nostálgicos en cada nueva propuesta. Ahí está, por ejemplo, le genialidad de Matthieu Blazy en Chanel y su colección Metiers d'Art 2026, presentada en una estación de metro abandonada de Nueva York. Desplegaba referencias tan diversas como la película Tonight or Never (1931) -para la que Coco Chanel diseñó el vestuario-, una reinterpretación del icónico logo de Superman con la doble C, o un maquillaje y un estilismo impregnados de la estética de los años 50 y 60.
También destaca la primera y única propuesta de Dario Vitale en Versace, una colección saturada de serigrafías de Andy Warhol y códigos visuales propios de los años 80. Una década que, además, ha vuelto a conquistar al público más joven gracias a fenómenos culturales como Stranger Things, la superproducción de Netflix ambientada en ese periodo y repleta de homenajes a clásicos de la ciencia ficción como Alien o E.T., el extraterrestre.
En cosmética, Valentino acaba de presentar Born in Roma Purple Melancholia, un perfume concebido como un viaje sensorial a través de la memoria. Su objetivo es despertar recuerdos, canalizar la melancolía y transformarla en un aroma envolvente construido sobre notas de ciruela, vainilla y osmanto, un ingrediente que activa el sistema límbico, la región del cerebro donde se procesan las emociones y los recuerdos.
¿Y qué decir de la decoración? También aquí la Newstalgia marca el ritmo. No solo regresan los muebles vintage, sino que una nueva ola de piezas contemporáneas inspiradas en el Art Déco, el Mid‑Century, la Bauhaus o el Space Age está conquistando interiores llenos de personalidad. La predilección por épocas pasadas es un aspecto más de la búsqueda de calma y control en una época hiperconectada y saturada de información.









