Edith Wharton, Coco Chanel y Lauren Bacall: las claves de decoración y estilo de las mujeres que dominaron el arte de vivir sola ¡y disfrutarlo!


El libro 'El placer de vivir sola', de la periodista Marjorie Hillis, nos descubre un mundo de placeres secretos, desayunos en la cama, tips para decorar con buen gusto, confort y encanto, buena cocina, licores, diversiones y hasta el dress code para recibir con estilo


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7 de febrero de 2026 a las 14:00 CET

El fenómeno super ventas de 1936, en los Estados Unidos de América, fue un librito de tamaño cuartilla, con ilustraciones a plumilla y ciento cuarenta páginas llenas de enseñanzas sobre “el arte del refinamiento solitario”. Lo escribió Marjorie Hillis, -soltera, independiente, cuarenta y siete años, editora, prescriptora-, en algún rincón (¿un escritorio frente a la ventana? ¿Una cama inundada de mullidos almohadones?) del encantador apartamento del complejo Tudor City en Midtown, Manhattan, en el que vivía sola y feliz.

Se titula: Live alone and like it y contiene perlas como esta: “Being spartan becomes pointless when there is no one to watch your performance” (No tiene sentido vivir con austeridad si no hay nadie que observe tu puesta en escena). Y tomando como referencia esta máxima, Marjorie nos descubre un mundo de placeres secretos, desayunos en la cama, tips para decorar con buen gusto, confort y encanto, buena cocina, licores, diversiones y hasta el dress code para recibir con estilo (Como el hostess pajama, un deshabillé elegante, para las anfitrionas más atrevidas de entonces)

Portada del libro de Marjorie Hillis © Amazon
Portada del libro de Marjorie Hillis

Imagínala en su piso de soltera en Nueva York, rodeada de flores frescas, muebles modernos, visitas inesperadas, y lecturas interesantes como el ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia, publicado en 1929, solo siete años antes que su Live alone…, en el que la reconocida autora británica abogaba por que las escritoras – y las mujeres en general- poseyeran un espacio propio e independencia económica para poder trabajar. Parece mentira que algo tan básico estuviera fuera del alcance de la gran mayoría de las mujeres de entonces.

Pero siempre hubo algunas afortunadas y temerarias que decidieron- voluntariamente-, irse a vivir por su cuenta (own their own). Algunas hicieron de esta circunstancia toda una declaración de intenciones y gozaron de su independencia al máximo. Fueron pioneras en el arte de vivir solas… y disfrutarlo.

Edith Wharton, la anfitriona perfecta en el Pavillion Colombe

Poco después de su doloroso divorcio, Edith Wharton se instaló definitivamente en Francia. Continuó viviendo durante algún tiempo en el piso que había compartido con su marido, Teddy, en la Rue de Varenne, en París, pero después de la guerra, sintió la necesidad de escapar del bullicio de la gran ciudad y adquirió una casa de campo en un pueblecito llamado Saint- Brice.

En 1918 no existían fotógrafos como los de ¡HOLA!, capaces de inmortalizar los interiores de las más bellas casas del mundo, pero, en cambio, algunos reconocidos pintores supieron retratar con mucho éxito los salones, dormitorios y jardines de los “famosos” de la época. Uno de ellos fue Walter Gay, cuya esposa, Matilda, llevaba un diario en el que apuntaba sus impresiones sobre aquellas mansiones y sus propietarios. De Edith Wharton, con quien los Gay mantenían una estrecha amistad, escribió: “El Pavillion Colombe es un encantador edificio del siglo XVIII, que perteneció a las hermanas Colombe, dos “danseuses de l’Opera” italianas. Los muebles no pegan con la casa- no tienen personalidad y son demasiado grandes; los que le sobraron de sus casas de New York y Lenox-.

Retrato de Edith Wharton © Getty Images
Retrato de Edith Wharton

El acceso hasta aquí, atravesando Saint Denis, es deplorable y el populacho indeseable. Hay un hermoso jarrón de piedra en el jardín, en su pedestal original, procedente de un parque cercano, pero queda fuera de lugar, en este jardín tan pequeño”. Tampoco le gustó demasiado el dormitorio, sobre el que comentó que la figurilla de un loro de color rojo sobre la cómoda era de un mal gusto espeluznante.

Sin embargo, su marido, Walter, encontró el lugar muy “retratable” y lo pintó en varias ocasiones. Y gracias a sus cuadros nos hacemos una idea aproximada del estilo de vida de la autora de La edad de la inocencia y La casa de la alegría.

Imagen del interior de la casa de Edith Wharton en Nueva Yrok© Getty Images
Imagen del interior de la casa de Edith Wharton

El Pavillion Colombe tenía seis habitaciones en el primer piso, un dormitorio principal y varios para invitados en el segundo, habitaciones para el servicio en el tercero y alojamientos independientes para el mayordomo y el chofer. Estaba decorada con muebles de época y reproducciones estilo Luis XV y Luis XVI, lámparas de porcelana con pantallas de flecos, libros y bibelots sobre cada mesa y jarrones con flores en cada habitación.

Cuando recibía a sus amistades en su casa de Saint-Brice, Edith Wharton escribía a solas, en su dormitorio, hasta el mediodía, mientras sus invitados leían en la biblioteca o paseaban por el jardín, entre parterres de rosas y huertos frutales. Después los agasajaba con un delicioso almuerzo y por las tardes les leía poesía junto a la chimenea. Como dijo uno de sus amigos: “Era tal el nivel de perfección en la comida y el vino, en la conversación, libros, muebles antiguos, cuadros y el arte de vivir, que para saborearlo plenamente había que emplear las más elevadas facultades mentales”.

Loa jardínes de Pavalion Colombe© Getty Images
Loa jardínes de 'Pavalion Colombe'

Coco Chanel, orden, silencio y misterio en su lujosa suit del hotel Ritz

No fue exactamente un apartamento, lo que eligió Cocó Chanel para vivir a su aire durante treinta y cuatro años, (1937-1971) sino una espaciosa suite en el hotel Ritz de París. Desde los ventanales de sus habitaciones, se asomaba a la Place Vendôme, y al resto de las casas palaciegas que rodean la plaza.

Coco Chanel, fotografiada en su suite del Hotel Ritz, en Paris© Getty Images
Coco Chanel, fotografiada en su suite del Hotel Ritz, en Paris

Durante el día trabajaba en su famosa boutique de la rue Cambon, y recibía a sus amigos y clientes en el apartamento que todavía hoy se conserva tal y como ella lo decoró en el piso superior. Era sociable, interesante, fumadora y sencillamente, elegante. Pero durante la noche, Coco recorría la corta distancia que le separaba del Ritz y se refugiaba en aquella suite donde nadie sabe qué secretos guardaba. No cocinaba, no preparaba cócteles ni tazas de café. Simplemente encargaba lo que deseaba al servicio del hotel. Y si había algún invitado con ella, lo agasajaba de forma lujosa y discreta. Hay quien sospecha que tuvo amantes, que uno de ellos era nazi, que tal vez también hubo hombres casados y también mujeres. Pero lo cierto es que nadie lo sabe a ciencia cierta, porque lo bueno de alojarse en un hotel es que sus paredes saben guardar los secretos de una dama que vive sola… y lo disfruta.

Imagen del interior de la habitación, tal y como ella misma la diseñó© Getty Images
Imagen del interior de la habitación, tal y como ella misma la diseñó

Otra ventaja, claro, es que las cuestiones prácticas- orden, limpieza, sábanas y toallas limpias y dobladas, flores recién cortadas, velas nuevas, ropa planchada, el tocador reluciente, los zapatos perfectos-, se resuelven sin problema en un hotel de lujo. Y el único inconveniente- el de la decoración impersonal de una habitación de hotel- quedó zanjado desde el principio, ya que a Coco se le permitió que decorara la suite a su gusto. Ella utilizó colores suaves, crema, beige y blanco, pantallas lacadas, biombos Coromandel, escritorios y tocadores, detalles dorados en los acabados de las puertas, en detalles de mobiliario, en el marco de los espejos, incluso en adornos. Reunió una gran colección de leones, su signo del zodiaco. Le gustaba encender la chimenea de su zona de estar y contemplar, recostada en el sofá, los cuadros que decoraban sus paredes, como un Charles le Brun, valorado en medio millón de euros, que se descubrió en una reforma, tras su muerte.

Plano de la suite completa, donde se ve perfectamente la decoración y el gusto de Coco Chanel© Getty Images
Plano de la suite completa, donde se ve perfectamente la decoración y el gusto de Coco Chanel

Su rutina era la de una persona ordenada y perfeccionista. Se despertaba alrededor de las diez de la mañana y desayunaba sola y en silencio, café y algo ligero. A media mañana cruzaba la Place Vendôme y caminaba hasta su atelier en le rue Cambon. De vuelta en el Ritz, solía cenar en el restaurante del hotel con sus más íntimos, en mesas tranquilas, con pocas personas y siempre, siempre, se vestía con elegancia, incluso si no iba a salir.

«Yo no vivo en un hotel- afirmaba-. Los demás vienen a alojarse a mi casa.»

Lauren Bacall, su vida discreta en el mítico y trágico edificio Dakota

Durante años fue la viuda de América. Su marido, Humphrey Bogart murió en 1957, cuando Lauren tenía treinta y dos años y era madre de dos niños pequeños, Stephen, de siete años, y Leslie, de cuatro. Se habían instalado juntos en un lujoso apartamento de trescientos metros cuadrados en uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York: el Dakota, en el upper west side, frente a Central Park, entre la 72 y la 73. Un lugar idílico para ver crecer a sus hijos y ser feliz junto al amor de su vida. Pero al quedarse sola, Lauren probablemente se plantearía si la gran ciudad, bulliciosa y complicada era el mejor sitio para sacar adelante casa, niños y carrera. Conservó su piso y su independencia. Se volvió a casar en 1961 y en 1969 se divorció. Desde entonces, hasta 2014, disfrutó de su soledad escogida.

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Y lo hizo en el Dakota, a pesar de que, para algunos, es un edificio siniestro y maldito. Fue el escenario de películas como “La semilla del diablo” o “el abogado del diablo”, y en 1980, John Lennon, que vivía junto a Yoko Ono en el apartamento 72 del séptimo piso, fue asesinado a la entrada del edificio.

La exclusiva vivienda, de 300 metros cuadrados, estaba en uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York: el Dakota, en el upper west side, frente a Central Park© Getty Images
La exclusiva vivienda, de 300 metros cuadrados, estaba en uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York: el Dakota, en el upper west side, frente a Central Park
Lauren Bacall, retrato en su apartamento de Nueva York© Getty Images
Lauren Bacall, retrato en su apartamento de Nueva York

Lauren Bacall no fue una persona solitaria. Sus hijos, aunque ya emancipados, solían visitarla a menudo, y su perrita Sophie jamás se separaba de ella. Era una anfitriona interesante y discreta, y nunca dio motivo de escándalo ni de queja a sus vecinos. Era hogareña. Urbanita.  También viajera. Disfrutaba del cine y del teatro. Leía constantemente, recostada en la Chaisse Longe junto al ventanal desde el que se asomaba a Central Park. Escogía con cuidado cada pieza con la que decoraba su casa, y llegó a cultivar un gusto refinado para el arte y la literatura. A Marjorie Hillis le habría gustado saber que una de sus grandes aficiones fue la de coleccionar antigüedades y pinturas, entre ellas, creaciones de David Hockney, Picasso, Miró, Calder así como joyas y obras de arte tribal. Se conservan muchas fotos de la gran dama en su apartamento. Era muy amplio y luminoso, con chimeneas tanto en la sala de estar como en el comedor y la biblioteca. Bastante recargado, lleno de mesitas, figurillas de porcelana, candelabros, carteles decorativos, plantas, jarrones, fotos y recuerdos exóticos que traía de sus viajes. En su dormitorio, una gran suite, contaba con un salón frente a la ventana con vistas al parque y una cama vestida en tonos rosas, amplios vestidores y había un candelabro en forma de jaula para pájaros, que  colgaba sobre la cama.

Gracias a esta exposición, podemos ver cómo estaba decorado por dentro el lujos apartamento de la actriz© Getty Images
Gracias a esta exposición, podemos ver cómo estaba decorado por dentro el lujos apartamento de la actriz
Rincones con encanto y estilo en la casa de la intérprete© Getty Images
Rincones con encanto y estilo en la casa de la intérprete

Aunque autónoma y felizmente sola, protagonizó una simpática anécdota al final de su vida. Cuando en 2009 Hollywood le dio por fin el Óscar honorífico, solo dijo. "Por fin, ¡un hombre!".