Reconoce las trampas en el etiquetado a la hora de hacer la compra

Ir al supermercado es un acto de amor, porque a cada decisión que tomas eligiendo un producto, interviene la seducción del producto que trata de convencerte de que le lleves a tu casa: te engatusa con su envase, con las palabras que contiene, y con la idea de que es beneficioso para ti. ¿Pero siempre es verdad?

Por Cristina Soria

Cuando llenamos nuestro carro de la compra, realmente nos sentimos estimulado por varios rasgos de los productos que elegimos, aunque no siempre sepamos recordar qué es lo que realmente nos hizo elegir un producto y no otro. En ocasiones buscas algo, revisas los precios, miras sus envases, y en un instante casi mágico, eliges uno de ellos “porque sí”, para probar, para darle una oportunidad, y porque hay algo que te dice que estás tomando una buena decisión.

Todo se basa en un equilibrio entre precio y calidad. Sin embargo, a diferencia  del precio, la calidad no siempre es cuantificable a simple vista, y esto se convierte en un indicador casi aleatorio donde la verdad y la mentira se confunden. Porque un envase puede tener aspecto casero, rústico y natural, y sin embargo no serlo. 

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La letra pequeña es más importante que el diseño del envase

A veces para saber si el producto es realmente lo que dice ser,  simplemente hay que leer sus ingredientes; aunque a veces las marcas encuentran la forma de nombrar de forma “creativa” a los azúcares y las grasas, de modo que cuando leemos su contenido no nos hacemos una idea muy clara de lo que realmente llevan. Además, aunque la normativa alimentaria no permite nombrar como biológicos, naturales o artesanos producto que no lo son, se dan casos en los que esos etiquetados pueden falsearse cambiando un poco los conceptos.

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Un estudio demoscópico de IPSOS realizó una encuesta a consumidores de 28 países distintos para preguntarles qué consideraban ellos que quería decir la expresión “sabor natural” en el envase de ciertos productos. Las respuestas mayoritarias fueron la que consideraban que bajo esa denominación un producto carecería de ingredientes artificiales, ni aditivos ni conservantes, y que por tanto estaríamos consumiendo con ellos un alimento 100% natural.

Sin embargo, la etiqueta “sabor natural” es una forma de evadir a la normativa de etiquetado, pues cuando decimos que algo tiene un sabor concreto, realmente estamos apelando a una percepción de nuestros sentidos, concretamente del gusto, y no a un tipo de fabricación, ni a unas materias primas en concreto. Decir que algo tiene un “sabor natural” se podría aplicar a cualquier cosa que al saborearla pudiera dar la sensación de que es natural, aun sin serlo. Porque cuando algo es natural de verdad, en vez de apelar a su sabor, se subraya su procedencia, su elaboración o su proceso de envasado.

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Pero de esta forma, cuando caminamos por el supermercado, pasillo a pasillo, leyendo precios, ojeando empaquetados, en cualquier momento leer la expresión “sabor natural” puede producir en nosotros un impulso instantáneo de meterlo en nuestro carro bajo este pensamiento “tan malo no será, si su sabor es natural…”.

¿Lo natural es siempre lo bueno?

Cuanto menos sustancias artificiales consumamos, es probable que nuestra alimentación sea más saludable, y que de esta forma estamos desterrando de nuestra dieta los procesados, que son lo contrario de la comida “real”

Sin embargo, no todo lo natural tiene por qué ser bueno en sí mismo, pues si entendemos por “natural” que no tiene conservantes, en algunos productos podríamos correr el riesgo de que la conservación del alimento dure menos tiempo desde su envasado, y que eso pudiera generar una reacción química de microorganismos.

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