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Blanca del Rey, recuerdos, pasión y flamenco en los 70 años del Corral de la Morería: de la discusión de Frank Sinatra y Ava Gardner al flechazo del Sha de Persia y Farah Diba


"No es un simple tablao; es un espacio escénico donde se cena y, después, ocurre algo que te roba el corazón"


© Javier Alonso
23 de marzo de 2026 a las 6:00 CET

Hay lugares que no se cuentan: se sienten. Y hay nombres que no necesitan presentación porque forman parte de la memoria emocional de una ciudad. Blanca del Rey, bailaora y coreógrafa, es uno de ellos. También lo es Corral de la Moreríaese templo íntimo donde el flamenco dejó de ser espectáculo para convertirse en experiencia irrepetible, refugio de artistas, reyes y mitos de la cultura universal.

Blanca del Rey, Juan Manuel y Armando del Rey © Javier Alonso
Blanca del Rey, Juan Manuel y Armando del Rey

Setenta años después de que Manuel del Rey levantara el telón por primera vez, su legado no solo sigue en pie: late con una intensidad que conmueve. Si hoy pudiera sentarse en una de sus mesas, por las que han pasado más de cinco millones de personas, quizá compartiría silencio con sombras ilustres: Ava Gardner, eterna en la noche madrileña; Frank Sinatra, dueño de un temperamento inolvidable; Pablo Picasso, que veía el flamenco como un corazón desbordado de arte; o Ernest Hemingway, siempre en busca de verdad y emoción. Y quizá entonces, sin necesidad de palabras, se pondría en pie para aplaudir. 

Aplaudir a Blanca, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y Medalla de Madrid, que convirtió su arte en alma del lugar, y a sus hijos, Juanma -propietario y director de El Corral de la Morería, que cuenta con el título de Embajador de los Vinos de España y el Premio Nacional de Gastronomía a la Mejor Dirección de Sala-  y Armando del Rey, que han sabido reinventar el sueño sin traicionar su esencia. Porque el milagro de este aniversario no está solo en la historia —por la que también pasaron leyendas como Camarón de la Isla o Paco de Lucía—, sino en algo mucho más difícil: haber conseguido que, siete décadas después, cada noche siga siendo única.

Lucía Álvarez © Cortesía de Corral de la Morería
Lucía Álvarez

Hoy, en este rincón de Madrid donde el tiempo parece detenerse, conviven dos artes que dialogan sin imponerse: el flamenco y la alta gastronomía, reconocida incluso con estrella Michelin con el chef David García al frente. Y en ese equilibrio delicado —entre la tradición y la vanguardia, entre la emoción y la excelencia— reside el verdadero secreto de su permanencia. Porque en el Corral de la Morería no hay clientes. Hay historias. Y cada una de ellas, como quiso Manuel del Rey, sigue siendo tratada como si fuera la más importante de todas.

El Cojo, Manuel del Rey y Marisol © Cortesía de Corral de la Morería
El Cojo, Manuel del Rey y Marisol

Blanca, si hoy pudiera sentarse en una mesa del tablao su marido y contemplara todo lo que ha sucedido desde entonces, ¿qué cree que haría?

Estoy segura de que se pondría en pie y aplaudiría, emocionado, tanto a sus hijos como a mí. Ellos han sabido renovar el proyecto sin perder ni un ápice de su esencia, ni en la cocina ni en lo artístico. Cada uno ha asumido su papel —yo el mío y ellos una gestión compleja y exigente—, haciendo posible que convivan, en un mismo espacio y al mismo tiempo, dos formas de arte que dialogan entre sí, porque la gastronomía también lo es. Quizá eso sería lo que más le emocionaría: comprobar que ese espíritu sigue intacto. Que todo continúa cuidándose al detalle para que, desde el primer momento, quien cruza la puerta se sienta único y especial. Como él siempre quiso. Porque para Manuel, cada persona que entraba no era un cliente más, sino, sin excepción, el rey de la casa.

Llegaste muy joven a este lugar…

Apenas tenía 14 años y aquella primera noche fue algo completamente insólito. Subía al escenario temblando, consciente de que estaba en ese lugar casi sagrado que todos llevábamos en la cabeza, y, de pronto, al llegar a la barra, me encontré con Rock Hudson. Imagínate el impacto. Si ya estaba nerviosa, aquello me descolocó por completo. Pensaba: “¿Cómo voy a bailar ahora?”. Pero lo más bonito vino después. Debió de notar mi cara de asombro —a esa edad no sabes disimular— y se acercó con una naturalidad increíble. Yo llevaba una flor prendida, colocada con todo el cuidado para que, al bailar, tuviera su pequeño protagonismo. Entonces, sin decir nada, me la quitó con delicadeza y la dejó sobre la barra. Me quedé aún más paralizada. No sé ni cómo bailé. Solo recuerdo que, al bajar del escenario, me fui directa al camerino, me abracé a mi madre y rompí a llorar: “Ay, mamá, qué mal debo de haberlo hecho”.

Rock Hudson © Cortesía de Corral de la Morería
Rock Hudson

¿Esa noche sentiste que aquel escenario iba a formar parte de tu vida para siempre?

Qué va. Cuando eres tan joven vives como, en el fondo, deberíamos vivir siempre: en el presente. No piensas en el futuro, ni en escalar, ni en llegar más lejos; solo quieres mejorar cada día, hacerlo un poco mejor que el anterior. Eso sí, cuando llegué aquí y vi a las grandes figuras que pisaban este escenario, lo tuve claro: yo no podía ser menos. No desde la ambición, sino desde el deseo profundo de aprender y de crecer bailando. Además, no lo tuvimos fácil. No teníamos dinero para academias; en Córdoba ni siquiera las había, y aquí, aunque sí existían, vivíamos en una pensión con derecho a cocina y no podíamos permitírnoslo. Así que mi aprendizaje fue otro. Venía por las tardes a los camerinos y, observando cómo trabajaban los demás, hacía técnica por mi cuenta: repetía pasos, giros, ejercicios… como si fueran mis deberes. Y luego estaban ellos, los grandes. Los veía ensayar sobre el escenario, con esa disciplina, ese respeto por el trabajo. Yo no me atrevía a subir, pero observaba cada detalle. Sin saberlo, fueron ellos quienes me enseñaron lo más importante: el rigor, la constancia y esa necesidad de superarse día a día.

Después de tantos años, ¿qué sientes hoy cuando entras aquí y escuchas los primeros acordes de la guitarra?

Uf… eso es inenarrable. Hay un talento increíble: la guitarra suena maravillosa y los cantaores son impresionantes. A veces se habla del pasado como “la edad de oro del flamenco”, pero yo creo que ha habido muchas edades de oro. Y esta también lo es: ahora mismo estamos viviendo otra época brillante, llena de creatividad y pasión.

Muchas personas dicen que este espacio es la “catedral del flamenco”. ¿Qué cree que tiene ese lugar que lo hace tan especial?

Creo que lo que lo distingue es el rigor. Siempre hemos buscado la excelencia en el escenario, pero también en todo lo que rodea la experiencia. Desde el momento en que entras, queremos que te sientas cuidado como nadie. Eso es fundamental: si luego te sirven un plato, aunque sea un manjar maravilloso y esté mal presentado o servido, la experiencia se rompe. La cocina que ofrecemos es una auténtica joya. Trabajamos con lo mejor del mercado, y David García aporta un toque de imaginación y creatividad que lo hace único. Más que una estrella Michelin, él es una verdadera estrella: un genio cuyo arte trasciende cualquier clasificación.

Junto al chef David García © Javier Alonso
Juan Manuel y Armando del Rey junto al chef David García

Por este escenario han pasado casi todos los grandes del flamenco: Camarón de la Isla, Paco de Lucía, Antonio Gades o Lola Flores. ¿Hay alguna actuación que todavía le emocione?

Todas me emocionan, afortunadamente. Creo que mi mente sigue joven porque no rechazo la grandiosidad de los grandes artistas de hoy. Cuando alguien deja de emocionarse con su profesión o con los artistas que ve, está en plena decadencia. Yo no estoy en esa etapa. Me conmueven tanto que, muchas veces, lloro al verlos. Aquí no traemos mediocridad; solo artistas que han recorrido un largo camino y se entregan por completo. Cuando vienen estas grandes estrellas, se vacían de todo sentimiento y lo envuelven en arte y danza; se entregan sin reservas y eso te hace vibrar, te emociona hasta las lágrimas. Y eso es lo que me recuerda que sigo siendo joven y que sigo queriendo vivir con intensidad.

Antonio Gades, Pili y Mili © Cortesía de Corral de la Morería
Antonio Gades, Pili y Mili
Lola Flores© Cortesía de Corral de la Morería
Lola Flores

Camarón llegó siendo casi un niño.

Es que él no cantó aquí como contratado por el Corral de la Morería. Venía a escuchar a las grandes figuras que se sentaban a las 2 de la mañana con seis figuras que se iban renovando constantemente. Camarón venía, igual que Paco de Lucía, para aprender la otra escuela: la guitarra para acompañar el cante. La guitarra flamenca es muy compleja, porque se toca de manera distinta según se acompañe el canto, el baile o como solista. Cada una exige una técnica y un conocimiento diferente. De hecho, el violinista y director de orquesta Yehudi Menuhin me decía que uno de los instrumentos más difíciles, si no el más difícil, era precisamente la guitarra flamenca.

Lucía Álvarez © Cortesía de Corral de la Morería
Lucía Álvarez

¿Se intuía ya que se estaba delante de un artista irrepetible?

Era solo un niño. Yo creo que venía aquí exclusivamente para escuchar. Aquella gente no actuaba en ningún otro sitio y él estaba ahí, absorto, aprendiendo de los grandes. Mi marido, que era como un padre para todos, se acercaba y le ofrecía algo de beber: “¿Quieres una Coca-Cola? ¿Un refresco?” Y el niño siempre decía que no, nunca quería tomar nada. Recuerdo que solo una vez pidió agua. Como Paco de Lucía, venía a absorber todo lo que podía de esas grandes personalidades del cante. Ya desde entonces se intuía que estábamos delante de alguien único.

Cuando Paco de Lucía tocaba, ¿se sentía en el ambiente que el público estaba viviendo algo histórico?

Él no tocó aquí como contratado; lo que realmente dejaba huella eran las ocasiones en que venía a presentar sus discos. Por ejemplo, cuando su discográfica cerraba el Corral y llegaba la prensa para la presentación de Fuente y Cauda, su disco más conocido gracias a Entre Dos Aguas. Recuerdo también su primer single, que lanzó con apenas 16 años. Fue la primera vez que lo escuché tocar y te aseguro que se sentía que era de otro planeta.

Media Image© Javier Alonso

El Corral también ha sido un lugar muy especial para las estrellas internacionales. ¿Cómo era ver entrar por la puerta a Ava Gardner, que tanto amaba la noche madrileña?

Yo no puedo hablar de primera mano, porque en esa época yo todavía no estaba. Pero sí puedo contarte lo que me contaba mi marido. Decía que era maravillosa, simpatiquísima. Se enfadaba mucho porque se hablaban cosas de ella que no eran verdad. Ava era una mujer libre, sí, pero también una señora. Si le gustaba Luis Miguel Dominguín, pues se iba con él, pero eso no significaba lo que algunos decían; todo lo demás que se ha contado sobre ella es mentira. Mi marido se enfadaba porque venía prácticamente todas las noches al Corral y después se iba a Chicote, y él veía y sabía cómo era. Le molestaba profundamente que hablaran así de alguien tan extraordinaria.

Ava Gardner© Cortesía de Corral de la Morería
Ava Gardner

Se cuenta que alguna noche coincidieron Ava y Frank Sinatra. ¿Recuerda aquel ambiente intenso, incluso alguna discusión entre ellos, y cómo se vivía todo dentro del Corral en esas noches?

Sí, me lo contó mi marido. Entró Frank Sinatra y ellos estaban sentados en una mesa: Luis Miguel Dominguín y Ava. Cuando Sinatra llegó, hizo un gesto con la mano, como de autoridad o desafío —no quiero llamarlo chulesco, pero era un gesto muy suyo—. Ava se levantó y comenzaron a hablar. Él parecía muy enfadado y ella terminó llorando. Mi marido decía que era una belleza increíble, llorando así, y fue un momento de tensión, pero también de gran elegancia. Al final, ella se sentó de nuevo y la noche continuó como tantas otras en las que el Corral se convertía en testigo de la vida de las estrellas.

Richard Gere© Cortesía de Corral de la Morería
Richard Gere
Jennifer Aniston© Cortesía de Corral de la Morería
Jennifer Aniston

Cuando estrellas de Hollywood como Richard Gere, Nicole Kidman o Jennifer Aniston ven flamenco por primera vez tan cerca, ¿qué reacción suelen tener?

Se emocionan hasta las lágrimas, sí. Lo digo porque lo he vivido siempre, con todos los que han venido. Muchos dicen: “Esto es único, no se ve en ningún otro sitio. Esta manera de bailar, este arte, es increíble…” Y sí, lloran. Recuerdo a Lana Turner; hay una foto en la que estamos las dos cogidas de la mano, llorando. Ella me decía cosas que me llegaban al alma, y no fui consciente de todo el significado hasta que, a los dos meses, murió. Es una de esas imágenes que siempre guardo en el corazón.

Lana Turner© Cortesía de Corral de la Morería
Lana Turner

¿Alguna de esas estrellas se acercó a usted después del espectáculo especialmente emocionada?

Sí, particularmente ella y James Cameron, el director de cine de Titanic. Estaba sentados en una de las mesas, él todavía casado con su mujer, y yo tardé bastante en subir después de actuar, porque sudaba tanto que luego me daba friegas con alcohol de romero y otras cosas. Mi marido me decía: “Te están esperando, se quieren ir…” Cuando finalmente subí, todo el Corral ya estaba apagado, pero ellos seguían allí, esperándome. Me quedé impactada; yo creía que se habían ido. Querían hacerse una foto conmigo y pidieron a mi marido que se la enviara después. Fue un gesto de atención y cariño que nunca olvidaré.

Linda Hamilton y James Cameron © Cortesía de Corral de la Morería
Linda Hamilton y James Cameron

Entre el público también han estado genios del arte como Pablo Picasso o Salvador Dalí. ¿Cómo vivían ellos el flamenco?

No era mi época, pero según me contaba mi marido, Dalí también venía, aunque cuando se acercaba la prensa ya entraba en su personaje; hablaba diferente, actuaba. Picasso era muy asiduo del Corral y le encantaba el flamenco. Mi marido recordaba que comentaba cosas muy profundas. Una vez le dijo: “Si tuviera que resumir el arte del flamenco, lo resumiría con un gran corazón, enorme, enorme. Y ahí pintaría dentro del corazón todo lo que siento del flamenco”.

También pasaron grandes escritores como Ernest Hemingway. ¿Cree que el flamenco tiene algo que inspira especialmente a los artistas?

El flamenco es inspiración tanto para quien lo ve como para quien lo hace. Para el artista que se dedica al flamenco, actuar en un lugar como este es un verdadero privilegio: aquí se reconoce su arte, hay la mejor luz, el mejor sonido, y un público que es… un templo. No se oye una mosca; el silencio y el respeto que hay para ver flamenco son increíbles. El propio artista nota su crecimiento aquí, porque el reconocimiento importa muchísimo. Todos los cuidados, todas las atenciones que se le ofrecen —cosas que en otros lugares no recibe— hacen que el encuentro con el público sea cercano, cálido y motivador. Eso se convierte en un alimento para su inspiración y para su arte.

Media Image© Javier Alonso

Por las mesas han pasado músicos de grupos míticos como The Beatles, The Rolling Stones o U2. ¿Les sorprendía ver a estrellas del rock tan fascinadas por el flamenco?

No me sorprende, porque llevo muchos años viendo a grandes directores, cantantes líricos, clásicos de todo tipo y siempre me impresiona cómo se emocionan. En muchas ocasiones, incluso los invitan a compartir escenario con ellos. Así que, después de tanto, ya estoy acostumbrada a que los grandes del rock se maravillen con el flamenco.

Media Image© Javier Alonso

Después de tantas décadas y tantas visitas ilustres, si tuviera que elegir una noche que represente el espíritu del Corral de la Morería, ¿cuál sería?

Recuerdo perfectamente aquella noche. Farah Diba, que por entonces era una joven estudiante de arquitectura, estaba en Madrid y, sin saberlo, su camino se cruzó con el del Sha de Persia dentro de nuestro tablao. El Sha estaba acompañado por su mujer, Soraya. Farah, muy decidida, se acercó a mi marido, Manuel del Rey, y le pidió que la presentara al Shah, y así ocurrió aquel primer encuentro que luego marcaría el inicio de su relación. Esa misma noche, el cantaor Fosforito actuaba en el escenario y también entró en la historia: después de la velada, se fueron juntos con la tuna y años más tarde fue invitado a la boda del Shah y Farah Diba. Es increíble cómo en un mismo lugar pueden cruzarse historias tan distintas y memorables; aquí, en el Corral, todo se vive y se sigue viviendo con la magia del flamenco.

De todas las celebridades que han pasado por el Corral, ¿quién le sorprendió más por su sensibilidad hacia el flamenco?

Bueno, pues mira, te voy a decir: aquí ha habido de todo, tanto grandes estrellas de cine como personas anónimas. Una noche, por ejemplo, un alemán, grande y alto como un armario, se levantó llorando. ¿Sabes lo que me llegó al corazón? Una niña de siete años, después de que yo terminara de bailar, subió y me abrazó llorando. Es decir, aquí se han vivido cosas tan fuertes que se te quedan clavadas en el corazón, porque nadie le dijo a esa niña que subiera. Subió por sí misma, se abrazó a mí y entonces las dos nos pusimos a llorar.

Media Image© Javier Alonso

Muchas veces se dice que los lugares guardan el alma de quienes los crearon. Cuando entra, ¿siente todavía la presencia de Manuel del Rey?

Sí, además, lo notan todos los artistas cuando suben esas escaleras; notan que ahí pasa algo. De hecho, el otro día un camarero, un chico muy sensible, me contó que siente una energía.

Ahora que sus hijos continúan el legado familiar, ¿qué es lo que más le emociona cuando los ve mantener vivo ese sueño que empezó hace 70 años?

Pues la dedicación por entero que tienen a este lugar; viven para este lugar, igual que yo.

Entre los proyectos más inmediatos está la inauguración de la bodega, ¿no?

Sí, sí, sí. Es una maravilla de bodega. En vino de Jerez somos los número uno del mundo. El otro día lo dijo el presidente de una bodega, que teníamos botellas que ya no tenían. Por ejemplo, tenemos una Napoleón de 1700. Vino el dueño, el que fue director de esa bodega, un señor muy mayor, y estaba en esa mesa. Juan Manuel le sirvió una copa y se le saltaron las lágrimas. Dijo: “Es que yo no llegué a probar este vino. Yo lo estoy tomando ahora”. Juan Manuel siente una verdadera adoración por los vinos jerezanos, porque, bajo mi punto de vista, son los mejores que existen. Son únicos y no tienen competencia posible. No como los tintos o los blancos, que compiten más entre ellos. Los jerezanos son excepcionales. Siempre han sido los únicos.

HOLA + De la pelea de Ava Gadner al encuentro de Genoveva Casanova: Blanca del Rey nos cuenta los secretos del Corral de la Morería en su 70 aniversario© Javier Alonso

Ha pasado muchísima gente por aquí. ¿Quién le hubiera gustado que pasara y no ha pasado?

La verdad es que no lo sé,  porque por aquí pasan todos… bueno, menos el rey Felipe. Sí, los reyes actuales deberían venir, porque este lugar es una institución. Muchos desconocen lo que significa realmente el Corral de la Morería. No es un simple tablao; es un espacio escénico donde se cena y, después, ocurre algo que te roba el corazón. Por eso no se puede llamar tablao en el sentido común de la palabra, aunque lo entablamos para actuar. No sé cómo explicarlo… lo del Corral de la Morería es algo absolutamente inexplicable.