"Espera, que me pongo un poco de corrector". A veces basta con una videollamada para que la cara lavada con la que llevábamos toda la mañana deje de parecernos presentable. Y eso que hace cinco minutos estábamos tan a gusto. Por eso llama la atención ver a Kristen Bell y Drew Barrymore quitarse el maquillaje y las extensiones en plena entrevista. Ocurrió en The Drew Barrymore Show, en el programa emitido el 26 de octubre, y deja una pregunta dando vueltas: ¿qué nos pasa cuando sentimos que todavía nos falta algo para que nos vean?
Bell contó que se había animado a proponerlo por la confianza que le inspira Drew. También explicó que, cuando sus hijas empezaron a interesarse por el maquillaje y la moda, quiso enseñarles a disfrutar de ambos como una forma de creatividad. Al explicárselo a ellas, terminó escuchándose a sí misma. Es fácil entenderlo cuando pensamos en un pintalabios que nos encanta. Pero, cuesta un poco más cuando nos descubrimos buscando el neceser porque alguien ha llamado al timbre.
Por qué podemos sentirnos expuestas sin maquillaje
Mercedes de la Rosa, fundadora de Zentro Urban Yoga y autora de Comprende Confía Vive (Espasa), explica que podemos acabar identificándonos con una imagen que asociamos a sentirnos queridas, aceptadas o valoradas. De ahí que quitarse el maquillaje pueda remover algo más que la base: "No es la cara lavada lo que incomoda, es la duda de si lo que hay debajo será suficiente".
Pensemos en ese "¿estás cansada?" que a veces recibimos el día que vamos sin maquillar. Puede que lo estemos. O puede que esa sea nuestra cara y punto. Cuando nos acostumbramos a vernos con el tono igualado y las ojeras cubiertas, mostrarnos sin ese acabado puede hacernos sentir demasiado a la vista. A esa sensación se suma la comparación con las caras que vemos al abrir las redes.
La psicóloga Marina Richart advierte de que los filtros y la inteligencia artificial han cambiado incluso con quién nos comparamos porque ahora también lo hacemos con imágenes editadas. Relaciona la exposición continuada a esas apariencias idealizadas con la insatisfacción corporal, la necesidad de validación y la autoestima. Podemos terminar mirando nuestros poros con lupa después de ver una piel a la que se los han borrado. Una comparación bastante poco amable con la cara que tenemos delante del espejo.
Ver más rostros con textura y rasgos distintos puede ampliar lo que entendemos por bello, explica Richart. Pero tampoco conviene sacar de ahí una nueva obligación de gustarnos tal cual a todas horas. La psicóloga recuerda que la atracción incluye la expresividad, la familiaridad y la personalidad. Parecernos a un canon no lo explica todo. Y propone una idea que merece quedarse: "dejar de llamar imperfección a todo aquello que nos hace diferentes".
Qué lugar ocupa el maquillaje en nuestra vida
Podemos pasar un rato estupendo probando un colorete y otro día ponérnoslo porque nos cuesta salir sin él. Mercedes de la Rosa propone observarlo con una pregunta: "¿Me apetece o lo necesito para sentirme suficiente?". La respuesta no tiene por qué dejarnos satisfechas. Tampoco toca regañarnos por ella. "No hay respuesta correcta. A veces será lo primero y a veces lo segundo, y está bien", recuerda.
Leticia Martín Enjuto, psicóloga general sanitaria y directora del centro de psicología que lleva su nombre en Valencia, señala que "una diferencia importante entre cuidarnos porque nos gusta vernos bien y necesitar vernos de una determinada manera para sentir que tenemos valor". La dificultad, explica, aparece cuando dependemos demasiado de nuestra apariencia para sentirnos seguros o atractivos. Entonces, un pequeño cambio físico puede pesar mucho más sobre la autoestima.
La psicóloga Patricia Sánchez también sitúa la elección en el centro, disfrutar del maquillaje sin que este defina quiénes somos ni cuánto valemos. Nos puede encantar cómo queda un labial rojo con una camiseta blanca, dedicar diez minutos a difuminar una sombra o guardar un colorete para una cena especial. El gusto por maquillarnos cabe dentro de una relación amable con nuestra imagen. Es interesante fijarnos en qué sentimos cuando no lo hacemos.
Aceptarnos sin maquillaje en un mal día
Luego está esa mañana en la que nada nos convence. Ni el pelo, ni la piel, ni la ropa. Leer que tenemos que aceptarnos puede sentarnos casi peor (estupendo, otra cosa que hoy tampoco estamos consiguiendo). Mercedes de la Rosa invita a quitarnos esa tarea de encima. "Por eso no hace falta obligarse a sentirse guapa. Eso sería una exigencia más. Aceptar no es cambiar lo que sientes, es acompañarlo sin pelearte con él".
Desde su experiencia en el yoga, propone cambiar la pregunta de "¿cómo me veo?" a "¿cómo me siento?". En la esterilla, eso significa prestar atención a dónde respiramos, dónde apretamos o dónde podemos aflojar. Darle un rato al cuerpo sin estar pendientes de cómo queda desde fuera. Su propuesta permite llevar la atención a algo que la imagen del espejo no cuenta: cómo estamos viviendo dentro de él.
Para esos momentos en los que nos descubrimos repasando defectos, Mercedes sugiere una práctica de unos tres minutos, delante del espejo o con los ojos cerrados. Empezamos apoyando bien los pies en el suelo, con una mano en el pecho y otra en el abdomen. Después, propone inhalar por la nariz en cuatro tiempos y soltar el aire despacio en seis u ocho, durante seis o siete respiraciones, siempre a un ritmo que nos resulte cómodo.
A continuación, podemos nombrar lo que está pasando con un "estoy juzgándome". Sin discutir con el pensamiento ni obligarnos a sustituirlo por un piropo. Si estamos ante el espejo, Mercedes sugiere mirarnos a los ojos durante unos segundos, como miraríamos a alguien a quien queremos, y cerrar con una frase sencilla: "esto también soy yo" u "hoy me trato con cuidado". "No tiene que ser bonita, tiene que ser verdad", aclara.
Igual mañana sales con la cara lavada. O estrenas ese pintalabios que tienes fichado. El gesto de Kristen Bell y Drew Barrymore deja espacio para las dos cosas. Y para probar hablarnos con el mismo cariño con el que le diríamos a una amiga que no, que no necesita ponerse corrector para abrirnos la puerta o responder al móvil.










