Cuand a Rosalía le pregunta sobre belleza, no responde hablando de maquillaje, tratamientos ni tendencias. En su lugar, la cantante prefiere recordar una frase de Yohji Yamamoto que continúa apareciendo, de vez en cuando, en su cabeza: "Creo que la perfección es fea. En algún lugar de las cosas que hacen los seres humanos quiero ver cicatrices, fallos, desorden, distorsión", repitió en una entrevista para la edición estadounidense de Vogue.
La reflexión no es suya, sino del diseñador japonés, pero que la haya escogido para explicar cómo entiende ahora la belleza dice mucho. Porque acaba de cumplir 34 años y también porque aparece en un momento en el que su imagen está marcada por la melena onculada natural, la piel luminosa y una iconografía religiosa que conecta con el universo de su álbum Lux.
No parece que Rosalía esté renunciando a la construcción estética. Al contrario, sigue jugando con el pelo, el maquillaje, la moda y los personajes. Lo que cambia es la idea de que el resultado deba parecer impecable, simétrico o indistinguible del de otras mujeres. Su reflexión dibuja una belleza que empieza a conceder más espacio a la textura de la piel, las facciones propias, los cabellos que no permanecen perfectamente colocados y los detalles que antes se intentaban corregir.
Por qué lo imperfecto puede parecernos más cercano
"Porque es humano", responde Marina Richart, psicóloga consultada por ¡HOLA! para analizar esta reflexión. "Nuestras imperfecciones hablan de quiénes somos; hablan de nuestra historia, de nuestra identidad, de nuestras vivencias y también de nuestras heridas". Durante años, una parte de la belleza aspiró a borrar cualquier elemento que se saliera del patrón: la arruga, el poro, la asimetría, la cana, el encrespamiento o la cicatriz. Las redes sociales llevaron esa aspiración todavía más lejos. Ya no solo contemplábamos rostros especialmente favorecidos por la luz, el maquillaje o la genética, sino imágenes retocadas hasta perder buena parte de sus rasgos reales.
Richart prefiere hablar de una posible saturación de ese código estético y no de un rechazo universal de la perfección. No todas las personas interpretamos del mismo modo una imagen pulida ni hemos dejado de sentirnos atraídas por ella. Sin embargo, después de tanta uniformidad, aquello que permite reconocer a una persona puede resultar más interesante.
"La belleza no es objetiva ni simétrica, porque el ser humano tampoco lo es. Nadie es perfecto ni tiene una vida perfecta. Por eso, cuando tenemos delante esa idea de perfección, no nos identificamos con ella", explica la psicóloga.
Cuando la piel, el maquillaje y el pelo dejan de ocultar
La belleza imperfecta no consiste en abandonar los cuidados ni en fingir que el aspecto físico ha dejado de importarnos. Puede expresarse a través de una base que no borra por completo la textura de la piel, unas cejas menos dibujadas, un peinado que conserva el movimiento natural o unas canas que dejan de entenderse automáticamente como algo que debe esconderse.
También puede hacerlo mediante elecciones mucho más elaboradas. Una imagen puede estar muy pensada y seguir teniendo identidad. Rosalía es un buen ejemplo. Sus apariciones rara vez son casuales, pero tampoco responden siempre a la versión más segura o convencional de lo bonito. Maialen Fernández de Arroiabe, periodista, modelo, estilista y autora de EstilosaMente. 20 principios de estilo para la mujer del siglo XXI, ha percibido ese cambio después de más de veinte años vinculada a la moda. "He conocido personas bellísimas físicamente, pero que no cautivan, y otras que, sin tener una imagen que encaja en esos ideales, tienen una presencia arrolladora", cuenta.
Para ella, el estilo empieza a ser verdaderamente personal cuando deja de estar organizado alrededor de reglas como disimular, estilizar o rejuvenecer. "No te voy a decir que la imagen no sea importante, porque sería negar lo obvio. Pero ¿quién dice cómo tiene que ser esa imagen? Lo único que importa es que te represente".
El peligro de compararnos con rostros que no existen
La reflexión de Rosalía también llega en plena convivencia con filtros e imágenes creadas o modificadas mediante inteligencia artificial. Richart advierte de que ya no nos comparamos únicamente con personas reales: en muchas ocasiones utilizamos como referencia un rostro que ha sido editado hasta resultar imposible. "La exposición continuada a imágenes idealizadas tiene consecuencias relacionadas con la insatisfacción corporal, la necesidad de validación y la autoestima", explica.
Esa presión puede aumentar en quienes trabajan con su propia imagen y viven sometidos al comentario público permanente. Por eso importa que una figura como Rosalía hable de cicatrices, fallos y distorsiones cuando le preguntan por la belleza. Los referentes culturales participan en la construcción de aquello que aprendemos a considerar atractivo. Ver diferentes cuerpos, edades, pieles, cabellos y facciones amplía ese repertorio. "Cuantos más tipos de belleza vemos y normalizamos, menos espacio dejamos a la idea de que solo existe una posibilidad en la que encajar", señala Richart.
Ser reconocible puede ser más interesante que ser perfecta
Una cicatriz, una asimetría o una determinada textura no hacen automáticamente más atractiva a una persona. Richart recuerda que no existe una regla psicológica que asegure que siempre preferiremos lo imperfecto. Lo que ocurre es que una imagen excesivamente controlada puede perder parte de aquello que nos permite reconocer a quien hay detrás. "La atracción no depende únicamente de aproximarnos a un canon. También nos atraen la expresividad, la familiaridad, la personalidad y aquello que hace diferente y única a una persona", explica.
Fernández de Arroiabe coincide en que una identidad visual propia puede conservar su fuerza mucho más tiempo que cualquier tendencia. "Te hace interesante de por vida, no va de modas ni de cánones", afirma. Es una idea que considera especialmente importante después de los 40, una edad a partir de la cual muchas mujeres han sentido durante décadas que debían vestirse para disimular los cambios del cuerpo o, sencillamente, hacerse menos visibles.
En su libro recupera el concepto japonés wabi-sabi: nada dura, nada es perfecto y nada está completo y, pese a ello, puede continuar siendo bello. La conexión con la frase elegida por Rosalía resulta inevitable. Y es que la reflexión de Yamamoto no invita a descuidar la imagen, sino a buscar dentro de ella alguna señal de vida. Como resume Richart, "el cambio más interesante no sería aprender a ver belleza en la imperfección, sino dejar de llamar imperfección a todo aquello que nos hace diferentes".










