Una piel sana no es sinónimo de una piel sin bacterias, sino una piel con una micriobiota cutánea o dermobiota en equilibrio. ¿Qué es eso? “Es el conjunto de microorganismos que residen de forma natural en la superficie de la piel. Está formado principalmente por bacterias, pero también por hongos, virus y ácaros. Lejos de ser perjudiciales, muchos de estos microorganismos son beneficiosos y conviven en equilibrio con nuestra piel. Su composición varía según la zona del cuerpo, el tipo de piel, la edad, el clima o los hábitos diarios”, define la farmacéutica Gema Herrerías.
Es decir, en la piel conviven de forma natural microorganismos que forman su escudo natural y suponen nuestra primera línea de defensa frente a las agresiones externas (contaminación, cambios de temperatura, ciertos patógeno...), contribuyen a mantener el pH ligeramente ácido de la piel, y modulan la respuesta inmunitaria cutánea. Precisamente, “estos microorganismos beneficios ayudan a mantener el equilibrio de la piel, refuerzan la barrera cutánea, y evitan que otros gérmenes más problemáticos se instalen y proliferen”, añade Claudia Sánchez, farmacéutica, experta en dermocosmética y CEO de Ownia Cosmetics. En definitiva, consiguen una piel más resistente, tolerante y capaz de defenderse de las agresiones externas.
Para entenderlo, el problema no es tener bacterias, sino romper su equilibrio (favoreciendo que las ‘malas’ crezcan en exceso) con una higiene excesiva o el uso de cosméticos demasiado agresivos. “Cuando este sistema defensivo se altera, la piel pierde capacidad de autorregularse: se deshidrata con más facilidad, se inflama antes y reacciona de forma exagerada a estímulos que normalmente toleraría bien. Por eso, limpiar la piel no significa ‘desinfectarla’, sino respetar y apoyar ese escudo natural que nos protege cada día”, explica Claudia Sánchez.
¿Por qué la micriobiota cutánea se altera con una limpieza excesiva?
En primer lugar, una limpieza excesiva o agresiva puede eliminar no solo la suciedad, sino también los lípidos (grasas) esenciales del estrato córneo y el agua transepidérmica (TEWL). “Algunos limpiadores arrastran los lípidos y los factores naturales de hidratación, dejando la piel sin el ‘alimento’ que necesita para mantener su barrera fuerte y estable. El resultado es una piel más seca, más tirante y menos protegida”, advierte la farmacéutica Sánchez.
En segundo lugar, una limpieza demasiado intensa suele alterar el pH natural de la piel: “Este actúa como un auténtico regulador que decide qué microorganismos beneficiosos pueden vivir en ella. Cuando se eleva, el equilibrio se rompe, y el ecosistema cutáneo se vuelve inestable, favoreciendo la aparición de problemas”, cuenta esta farmacéutica.
En tercer lugar, una barrera debilitada deja la piel más permeable y reactiva. “Esto facilita la inflamación y hace que el microbioma pierda estabilidad, volviendo la piel más sensible y propensa a brotes”, continúa Claudia Sánchez. Además, el uso frecuente de limpiadores potentes, cepillos, exfoliantes o tónicos astringentes puede generar un círculo vicioso: “me siento grasa, limpio más, me irrito, broto más”. ¿La consecuencia de todo esto? “Que la dermobiota pierde estabilidad y se favorece la disbiosis: “Una alteración del equilibrio de microorganismos que forman la dermobiota, que vuelve la piel más sensible, reactiva y vulnerable”, explica Gema Herrerías.
¿Por qué la microbiota cutánea se altera especialmente en invierno?
En invierno se dan varios factores que, juntos, suponen un auténtico reto para la piel.
- Frío y baja humedad ambiental: “Estos factores hacen que la piel pierda agua con mayor facilidad, lo que se traduce en sequedad y sensación de tirantez”, apunta Sánchez.
- Calefacción: “Mantiene el ambiente constantemente seco y acentúa aún más esa deshidratación”, cuenta esta experta.
- Duchas calientes: En invierno solemos darnos duchas más calientes, que “resultan muy agradables pero que también disuelven con mayor facilidad los lípidos naturales de la barrera cutánea, debilitando su función protectora”, advierte Claudia Sánchez.
- Cambio de rutina cosmética: Muchas veces, sin darnos cuenta, también cambiamos la rutina de skincare: “Utilizamos limpiadores más potentes ‘para sentir la piel limpia’, exfoliamos más de la cuenta o, paradójicamente, hidratamos menos”, observa la farmacéutica Sánchez.
El resultado es una barrera cutánea más frágil, una piel con menos hidratación y lípidos, y con un microbioma más inestable. Normal que la piel responda volviéndose más sensible, reactiva y propensa a los desequilibrios.
¿Qué consecuencias tiene un microbioma alterado por una limpieza excesiva?
Cuando la microbiota de la piel se desequilibra (se produce una disbiosis), aumenta la inflamación y la sensibilidad, lo que favorece la aparición o el empeoramiento de distintas patologías:
- Acné: El desequilibrio de la bacteria Cutibacterium acnes, favorece la inflamación y la persistencia de brotes o producción de más sebo (grasa). Dicho de otra manera, “se crea un entorno ideal para que ciertas cepas de Cutibacterium acnes se vuelvan más activas y se multipliquen descontroladamente, perpetuando los brotes (producción de más sebo). Por eso es muy típico ver granitos inflamados acompañados de tirantez o descamación, signos claros de una piel sobretratada y con el microbioma alterado”, explica Claudia Sánchez.
- Rosácea: La alteración de la microbiota favorece la sensibilidad, la reactividad y la inflamación ante estímulos cotidianos (frío, calor, cosméticos, roce), lo que intensifica el enrojecimiento, el ardor, el calor y los brotes. “Microorganismos que forman parte normal de la piel, como el ácaro Demodex, pueden convertirse en un estímulo inflamatorio. Además, un microbioma inestable favorece una respuesta vascular más intensa, responsable del flushing o enrojecimiento súbito tan característico de la rosácea”, explica la farmacéutica Sánchez.
- Dermatitis atópica: “En la dermatitis atópica, la piel presenta una función barrera muy debilitada y una menor diversidad microbiana, lo que facilita la entrada de irritantes y alérgenos, aumentando la sequedad, el picor y la inflamación”, describe Gema Herrerías. De hecho, es frecuente que aumente Staphylococcus aureus, una bacteria que, “cuando prolifera en exceso, intensifica la inflamación y el picor característicos de esta patología. El problema es que rascarse daña aún más la barrera, creando pequeñas lesiones microscópicas que facilitan la entrada de irritantes y la proliferación de microorganismos no deseados”, añade Sánchez. El resultado es una piel constantemente irritable, con brotes recurrentes, sensación de tirantez y picor persistente.
- Dermatitis seborreica: El desequilibrio de la microbiota favorece el crecimiento excesivo de Malassezia, una levadura presente de forma habitual en la piel. “El Malassezia, que forma parte del microbioma normal, puede convertirse en un problema cuando el microambiente cutáneo cambia. Si aumenta la irritación o el sebo reactivo, este hongo prolifera más de lo deseable y desencadena inflamación”, detalla Sánchez. Esto se traduce en inflamación, enrojecimiento, picor y descamación grasa, especialmente en zonas ricas en glándulas sebáceas como las aletas de la nariz, las cejas o el cuero cabelludo.
En todas estas afecciones el mensaje es claro: cuando el microbioma se altera por una limpieza excesiva, la piel pierde su capacidad de defensa y regulación.
¿Qué medidas puedes adoptar para solucionarlo?
La farmacéutica Claudia Sánchez recomienda trabajar la piel desde tres pilares fundamentales: calmar la inflamación, reparar su función barrera y reequilibrar el microbioma. Y asegura que es un proceso que requiere entre 4 y 8 semanas, en función del grado de alteración y patología asociada. “El primer paso es reducir temporalmente exfoliantes, retinoides potentes, alcohol denat (etanol mezclado con aditivos químicos) o tónicos astringentes para frenar la sobreestimulación constante a la que muchas pieles están sometidas”, aconseja la experta.
A partir de ahí, propone realizar una rutina corta, coherente y funcional: “Un limpiador suave que respete el pH, una hidratante para reparar la barrera con ingredientes como las ceramidas, el colesterol, los ácidos grasos Omega 3, 6 y 9, la glicerina, el pantenol, el ácido hialurónico o la urea, que ayudan a reconstruir la arquitectura natural de la piel, reducen la pérdida de agua, y crean un entorno más estable para el microbioma.
En paralelo es imprescindible incorporar activos calmantes y antiinflamatorios, como la avena coloidal, los adaptógenos como el extracto de reishi, el extracto de regaliz o la enzima SOD que ayudan a calmar, mejorar la tolerancia y reducir la reactividad. Sin olvidar un fotoprotector bien tolerado durante el día”, aconseja Sánchez. Por su parte, la farmacéutica Gema Herrerías suma a estos consejos la utilidad de emplear una bruma universal con tecnología dermobiota: “Formulada con postbióticos, agua florar y pantenol, que ayude a calmar la piel y favorecer el equilibrio cutáneo a lo largo del día. Y si la piel está especialmente reactiva, se puede añadir un sérum antioxidante y calmante con vitamina E, centella asiática o niacinamida”, aconseja.
Cosméticos con prebióticos y postbióticos: ¿ayudan?
Las expertas coinciden en que, cuando están bien formulados, estos ingredientes activos desempeñan un papel clave tanto en la prevención como en la recuperación de un microbioma alterado. Exactamente, “los prebióticos favorecen el crecimiento de microorganismos beneficiosos, ayudan a desplazar patógenos por competencia, contribuyen a un pH más estable e indirectamente refuerzan la función barrera (reducen la pérdida de agua transepidérmica y fortalecen la piel). Y los postbióticos pueden modular la inflamación, reforzar la función barrera y mejorar la hidratación, siendo especialmente útiles en pieles sensibles o reactivas”, asegura Gema Herrerías. Algo más: ambos pueden disminuir sensaciones como picor, ardor o escozor.















