Hace más de 230 años, un Benjamin Franklin ya anciano y debilitado escribió una carta que cambiaría la cultura popular para siempre. A pocos meses de morir, y con la serenidad de quien había inventado el pararrayos, fundado bibliotecas y ayudado a construir una nación, dejó una sentencia que aún hojeamos mentalmente cada primavera:
"En este mundo nada es seguro, excepto la muerte y los impuestos."
Hoy, con la cuenta atrás para la declaración de la renta empezando a ponerse seria, la frase resuena con más fuerza que nunca. Pero quizá no sabías que Franklin no fue el primero en decirla… ni que, en realidad, estaba hablando de la Constitución, no de Hacienda.
El origen inesperado de una frase "mortal"
Aunque el mérito se lo llevó Franklin, la idea llevaba décadas circulando por Inglaterra. En 1716, un personaje borracho llamado Toby Guzzle, en la obra El zapatero de Preston, ya ironizaba sobre las únicas certezas de la vida.
Pero fue Franklin quien, en 1789, la convirtió en una sentencia universal. Lo hizo en una carta dirigida a Jean-Baptiste Le Roy, científico francés y miembro de la Academia de Ciencias de París, con quien mantenía correspondencia desde hacía años. En esa carta reflexionaba sobre la recién estrenada Constitución de Estados Unidos y advertía de que, por muy sólida que pareciera, nada en este mundo es realmente permanente… salvo la muerte y los impuestos.
Una reflexión lúcida que escribió apenas unos meses antes de fallecer.
¿Por qué nos duele tanto pagar impuestos?
Franklin tenía razón, pero quizá se equivocó en el orden:los impuestos llegan antes que la muerte. Desde el IVA del desayuno hasta el IRPF anual, el Estado 2pasa por caja" mucho antes de que llegue nuestro último día.
Lo curioso es que el propio debate sobre los impuestos ha cambiado poco desde el siglo XVIII. Adam Smith, uno de los padres de la economía moderna, planteó cuatro reglas que cualquier ciudadano de hoy firmaría sin pensarlo:
- Equidad: pagar según lo que cada uno tiene.
- Certeza: saber de antemano cuánto toca pagar.
- Conveniencia: que el cobro llegue cuando mejor venga al contribuyente.
- Eficiencia: que recaudar no cueste más que lo recaudado.
Si te suenan utópicas, tranquilo: Franklin también era escéptico.
Cuando la muerte y los impuestos se dan la mano
Hay un punto en el que las dos certezas de Franklin se cruzan y se abrazan: el Impuesto de Sucesiones. Para muchos contribuyentes supone una especie de "doble caja": un dinero que ya pagó impuestos vuelve a pagar tras el fallecimiento del titular.
La ironía final del proverbio es evidente: ni siquiera la muerte garantiza librarse de los impuestos.
2026: el año en el que la frase vuelve a tu vida… vía borrador de la Renta
La frase de Franklin revive cada vez que abrimos el borrador de la renta con ese gesto de suspense que solo entendemos en España: ¿saldrá a pagar… o a devolver?
Y como diría el propio Franklin en su Almanaque del pobre Richard, un clásico lleno de consejos de ahorro, estos serían probablemente sus consejos para tu declaración de este año:
"Un centavo ahorrado es un centavo ganado": Revisa bien las deducciones autonómicas. Son las grandes olvidadas y, paradójicamente, las que más suelen ahorrar.
"El tiempo es oro" y el sistema fiscal actual es tan complejo que incluso Franklin buscaría asesoría. Si tienes inversiones, rentas en el extranjero o varias fuentes de ingresos, improvisar sale caro.
La simplicidad es una virtud pues la fiscalidad moderna es un laberinto, pero la transparencia es la cuerda para salir de él. Ordenar papeles y entender lo básico del sistema evita multas y sobresaltos.
Franklin escribió su célebre frase pensando en la fragilidad de las constituciones… no en los tortuosos formularios de la renta. Pero tenía razón: la muerte y los impuestos siguen siendo inevitables.







