Un país que olvida su historia, se olvida de sus responsabilidades", aseguraba el 19º conde de Devon, Charles Courtenay, al canal de televisión Channel 4 hace apenas unos días. Él es uno de los nobles británicos que se prepara para dejar su escaño en la Cámara de los Lores (House of Lords), después de que el Parlamento británico votase a favor de eliminar a los 92 pares hereditarios -es decir, que han heredado ese derecho- de la Alta Cámara -aunque se espera que un pequeño grupo, menos de veinte, sean nombrados pares vitalicios, que elegirían los partidos-.
Adiós a 700 años de historia
Este es un momento único, Reino Unido rompe con siete siglos de historia, y muchos sentencian el fin de una era, pero los nobles no se han quedado callados ante lo que consideran y asumen que es una gran pérdida para el país.
Courtenay -que en marzo anunciaba su compromiso con Jemima Hannon- alega que su linaje -sus antepasados lucharon en las Cruzadas- daba al Parlamento una importante conexión con su pasado. "Tener miembros en una cámara que tienen esa memoria colectiva que se remonta a siglos atrás permite preservarla", explicaba, si bien reconocía que ese derecho hereditario no era muy "democrático".
"Personalmente estoy contento de haber estado ahí hasta el final de este papel", concluía. "Creo que está bien que la historia continúe, pero no voy a negar que lo que veo son los beneficios de que nosotros estuviésemos ahí (…) Creo que esta Cámara, el Parlamento y el público en general nos echarán de menos". "Quiero regresar a la Cámara de los Lores por mérito, no por privilegio".
La Alta Cámara funcionaba de forma independiente a la Cámara de los Comunes -elegidos de manera democrática- y complementaban su labor, supervisando y cuestionando la labor del gobierno -tenían una función 'revisora'-. Ahora, adelantan, todo será distinto, puesto que, en su caso, velaban por el interés de la nación.
"Es desagradable"
Al conde de Devon se han sumado otras voces, como la de Massey Lopes, Lord Roborough, quien confesaba al diario The Telegraph, "que te echen así es desagradable". "Es el fin de casi 700 años de historia y se ha ido con un suspiro en lugar de con un estruendo. Es constitucionalmente muy significativo que el único cargo formal del Gobierno por herencia sea ahora el Rey".
"Mucha de la gente que estaba en los Lores cuando yo entré había pasado por la Segunda Guerra Mundial y aportaban esa experiencia tan profunda, junto con una gran humildad", añadía Simon Arthur, Lord Glenarthur, en la citada cabecera.
"Esta vez es peor que en 1999, y 1999 ya fue bastante malo", detallaba. Lord Glenarthur hacía referencia al momento en el que el Gobierno laborista, entonces con Tony Blair como primer ministro al frente, ya 'metió mano' en los pares hereditarios: de 750 pasaron a ser 92, en lo que ya supuso un duro golpe para los aristócratas del país.
"Salir de la cámara después de oír a Tom [Galbraith, Lord Strathclyde] decir que Blair había "cogido un cuchillo y trazado un tajo gigante en el rostro de la historia" fue duro, pero esto es el final. Habernos dejado languidecer poco a poco habría sido inofensivo. Eso es lo que hemos sido todo este tiempo".
"Nadie intenta defender la nobleza hereditaria. Creemos que se ha perdido una oportunidad para una reforma adecuada", defendía Lord Strathclyde, antiguo líder de la Cámara de los Lores, consciente de que, si bien esta nueva reforma vuelve a acaparar titulares, hace mucho más tiempo que están en el punto de mira.
Ahora no sólo se construye un nuevo mapa político del Reino Unido, sino que se desdibuja el último vestigio de una Gran Bretaña que siempre ha mirado hacia el pasado. Para muchas de estas familias, cuyos títulos están grabados en las piedras de castillos y abadías, la expulsión de la Cámara no es solo una pérdida de poder legislativo, es el cierre definitivo de un compromiso de servicio que se juraba por linaje, no por campaña electoral.
"Aunque los Lores no fueran ciertamente el corazón del Gobierno, el importante trabajo que hacíamos tenía una influencia considerable a la hora de mejorar la legislación, a menudo redactada a toda prisa, que emanaba de los Comunes", alegaba Tom Leicester, conde de Leicester. La aristocracia británica se despide del Palacio de Westminster.










