Cayetano Martínez de Irujo rinde tributo a su madre en el centenario de su nacimiento con La última duquesa, un homenaje a Cayetana de Alba, que publicará La Esfera de los Libros el 25 de marzo. Es un relato íntimo y riguroso en el que ha colaborado la familia y permite conocer en profundidad a la mujer más importante de la aristocracia española del siglo XX como hija, como esposa, como monárquica y como madre.
El duque de Arjona, en colaboración con Ana Fernández Pardo, doctora en ciencias de la información y entusiasta de la historia de la familia Alba, muestra el legado de una duquesa extraordinaria que heredó una responsabilidad gigantesca, y consiguió “aumentar el patrimonio de la casa de Alba”.
El libro ofrece un estudio muy detallado de la vida de la duquesa, una mujer irrepetible, de lo que no se conoce, pero también revela otros secretos y sorpresas. Cayetano no es dado a hablar de su vida privada ni a hacer confesiones personales, pero ha hecho una excepción en La última duquesa para construir mejor el relato de la duquesa como madre, suegra y abuela.
Rescatamos de las 371 páginas, algunos extractos dedicados a su relación con Genoveva Casanova. Se conocieron en el 2000; en julio de 2001 nacieron en ciudad de México sus hijos mellizos, Luis y Amina; se casaron el 15 de octubre de 2005, en Sevilla y octubre de 2007, anunciaron su separación... Pero siempre fueron familia y siguieron celebrando juntos Navidades, puestas de largo y graduaciones.
“La bomba”
"Recuerdo con nitidez el día que le comuniqué a la duquesa que iba a ser padre (…) Y le solté la bomba, directamente, sin previo aviso: 'Voy a ser padre'. Días antes acababa de recibir una llamada del director de la revista ¡HOLA!, Eduardo Sánchez Junco, informándome de que habían descubierto que mi novia estaba embarazada y que iban a publicarlo. Le pedí que me diera una pequeña tregua para hablar con mi madre y evitar que se enterase de algo así a través de la revista. '¿Y quién es ella?', me preguntó la duquesa. 'Una chica mexicana que conocí en un concurso. Es difícil contártelo por teléfono mamá', le respondí. 'Ah, bueno, vale, qué le vamos a hacer. Pues está bien', continuó ella.
"Así se enteró Cayetana de que iba a ser de nuevo abuela. La verdad es que reaccionó bastante bien, a pesar de que no conocía a Genoveva. Era muy comprensiva en este sentido, y debo reconocer y agradecer que nunca se metió en nuestras vidas y nos dio siempre libertad para tomar nuestros caminos y decisiones".
“Lloramos juntos”
"(…) Cuando descubrimos que íbamos a ser padres de un niño y de una niña, lloramos juntos. Fue uno de los momentos más felices de nuestras vidas. Solo podía pensar que eran un regalo de Dios, una nueva oportunidad que me ofrecía la vida. Amina y Luis nacieron el 25 de julio (el santo de mi abuelo) de 2001 en México, donde me había instalado un mes antes de su nacimiento. Su llegada al mundo es lo mejor que me ha ocurrido. Por cierto, mi hijo se llama así en honor a mi padre. Habíamos acordado que yo elegiría el nombre de la niña y Genoveva el del niño. Yo opté por Amina en recuerdo de una señora somalí que conocí casualmente en África y que acabó encargándose de gestionar los gastos de mi casa en Kenia. Genoveva me hizo un regalo al elegir el nombre de mi padre para mi hijo".
"Cuando mi madre supo que había elegido el nombre de Amina, su mayor preocupación era: '¿Cómo le vas a poner un nombre sin santo?'… A ella le gustaba mucho celebrar los santos y le horrorizaba que su nieta (y ahijada) no tuviera su día" (...)
“Mis hijos se quedaron a vivir con su madre y establecimos un régimen de visitas. Jamás les hicimos cómplices de nuestra separación y creo que supimos evitar que los momentos difíciles les pasaran factura”
"Ay, hija, tutéame"
"Como yo debía continuar viviendo en el extranjero por motivos profesionales, pedí a mi Nana Margarita que se trasladara a Sevilla, a la finca de Las Arroyuelas -donde nos recibía Cayetano estos días pasados para hablar de su libro- para ayudar a Genoveva con los mellizos. Allí se conocieron mi madre, prácticamente instalada en el palacio de las Dueñas, y ella. Genoveva le hablaba de usted y mi madre la corregía: 'Ay, hija, tutéame'. Pero luego cuando le daba besos y abrazos, mostraba desconcierto, porque la duquesa no estaba acostumbrada a tanta muestra de cariño. Y a Genoveva, claro, le chocaba la frialdad con la que nos relacionábamos en nuestra familia".
"Como sentía que vivía apartada del mundo, llegó un día en el que Genoveva me pidió vivir en Madrid, así que se instaló en el palacio de Liria, en la segunda planta. Mis hijos dormían juntos. Su madre tuvo que comprender la especie de 'reglamento no escrito' que rige el comportamiento en Liria para saber qué cosas estaban permitidas y cuáles no. Mi madre relajó las normas, excepto una: la puntualidad británica que había aprendido de niña del abuelo Jacobo. No había posible negociación al respecto". (…)
“Mi madre estaba loca con mis mellizos. 'Que los bajen, que los suban, que quiero salir a pasear con ellos...'. Finalmente decidí comprar una casa en Pozuelo para construir nuestro hogar. A pesar de todo, las cosas no salieron como esperábamos. No supe conformar la familia que había soñado. Cuando me divorcié, regresé a Liria, a mi habitación de siempre. Me gusta decir que el palacio es una especie de búnker que siempre me ha protegido. Mis hijos se quedaron a vivir con su madre y establecimos un régimen de visitas. Jamás les hicimos cómplices de nuestra separación y creo que supimos evitar que los momentos difíciles les pasaran factura”. (…)
“Una persona excepcional”
"A pesar de que nos separamos dos años después del enlace, siempre recordaré con especial cariño aquel día. Fue una boda realmente maravillosa con una persona excepcional. Soy muy consciente de que fallé emocionalmente a mi mujer y que no pude estar a la altura de sus expectativas y necesidades como consecuencia del trauma emocional que venía arrastrando desde mi infancia. Pero no hablemos más de eso... Me emociona pensar que mis hijos fueron protagonistas de excepción en la boda de sus padres y sé que guardan también un recuerdo entrañable de aquel día. Luis, a sus cuatro añitos, cumplió con total responsabilidad la tarea que le había encomendado: portar el sable de mi uniforme de maestrante en un almohadón. Su hermana Amina y mi sobrina Tana llevaron las arras".
“Soy muy consciente de que fallé emocionalmente a mi mujer y que no pude estar a la altura de sus expectativas y necesidades como consecuencia del trauma emocional que venía arrastrando desde mi infancia”
“Una imagen de la Guadalupana”
"Aquel día la duquesa también estaba feliz. Su hijo 'rebelde' por fin sentaba la cabeza. Por eso, se ocupó de supervisar todos los detalles. Incluso, tuvo un gesto precioso con Genoveva ordenando colocar una imagen de la Guadalupana, la Virgen mexicana, en el altar de la capilla del palacio. Genoveva lució un espectacular vestido de organza y encaje chantilly con una cola de más de dos metros y llevó, a modo de diadema, una pulsera que mi padre le había regalado a mi madre cuando se formalizó su compromiso”.
Cayetano, también recuerda que Genoveva no pudo estar en la boda de su madre con Alfonso Díez -tampoco sus hijos- porque su madre había sufrido un ictus y los tres estaban en México, pero sí en el lecho de muerte el 20 de noviembre de 2014 junto a él, su hermana Eugenia y Alfonso, y también en su funeral porque tuvieron una magnífica relación hasta el final.











