Los miembros de la dinastía Glücksburg atraviesan uno de los momentos más agridulces de su historia con el fallecimiento del rey Harald V y el ascenso al trono de Haakon VIII. Esta jornada de honda emoción ha tenido su punto álgido en el traslado del féretro del monarca, flanqueado por la Familia Real al completo —incluido Marius Borg, hijo de la reina Mette-Marit—. Todos ellos han protagonizado una de las ceremonias más solemnes de los últimos tiempos, en la que se han exhibido los símbolos más valiosos de la monarquía noruega, entre los que destacan la Corona real, la espada y el cetro. Un despliegue de solemnidad y respeto que precede a la apertura de la capilla ardiente, donde los ciudadanos podrán dar el último adiós a su soberano.
La Corona Real de Noruega
Previo al traslado del cuerpo del rey del Salón Rojo a la Capilla Real del palacio, los símbolos más destacados de la Corona han recorrido el entorno palaciego. Dos elementos tan característicos como distintivos lograron acaparar la atención a pesar de la tristeza en la que se halla sumida la dinastía Glücksburg. En esta solemne ceremonia, Haakon VIII y la princesa heredera, Ingrid Alexandra, encabezaron la comitiva del féretro, que lucía sobre el ataúd el estandarte real frente a las insignias reales, símbolos del poder, la dignidad del monarca y la institución que representa. Cabe recordar que el término "insignia real" deriva del latín rex, referido a "aquello digno de un rey". Históricamente, el uso de estas insignias estaba relacionado directamente con las coronaciones de los monarcas, donde el rey era consagrado solemnemente a su cargo.
No obstante, fue en 1908 cuando los reyes dejaron de ser proclamados, por lo que estas insignias ahora ven la luz en los actos más destacados, como son el inicio de los funerales y traslado de los féretros. Antes de la espada real, ante el féretro de Harald V ha salido la corona, creada en 1818 por el orfebre sueco Olof Wihlborg –encargada por el rey Carlos Juan–, habiendo sido utilizada esta pieza únicamente en cuatro coronaciones, por lo que su uso en estos momentos se limita a, como decíamos, ser posada sobre el ataúd del monarca fallecido. Se trata de una corona elaborada en oro de 20 quilates, formada por ocho aros decorados con estrellas doradas, perlas y diversas piedras preciosas como amatistas, ópalos, zafiros y esmeraldas. Esta solemne pieza ha cobrado especial protagonismo en una ceremonia donde los miembros de la realeza noruega han presenciado uno de los momentos más destacados de la jornada.
La Espada del Imperio
El féretro de Harald V ha sido trasladado en procesión por los hijos y nietos del monarca, atravesando el Salón Amarillo, el Salón de los Espejos, el Comedor Diario, el Pequeño Salón de Banquetes y, finalmente, el Gran Salón de Banquetes. La reina Sonia también ha participado en este último adiós, que ha estado encabezado por el jefe de gabinete del rey. Durante el recorrido, el jefe de gabinete ha portado la corona real sobre un cojín, mientras que el jefe de la Secretaría Real ha llevado la Espada Real. Esta pieza es un antiguo símbolo de poder militar y justicia cuyos orígenes se remontan a 1844, por lo que su presencia sobre el ataúd adquiere un significado aún más profundo. Elaborada en acero, la espada perteneció originalmente al rey Carlos Juan.
Carlos Juan era francés y se llamaba Jean-Baptiste Bernadotte. Desarrolló su carrera militar bajo el mando de Napoleón Bonaparte, y la tradición sostiene que el propio emperador le entregó la espada al nombrarlo mariscal de Francia. Posteriormente, Bernadotte fue elegido príncipe heredero de Suecia con el nombre de Carlos Juan, y se cuenta que empuñó esta misma arma durante la batalla de Leipzig en 1813, cuando luchó contra su antiguo emperador. Asimismo, sobre el ataúd del monarca han reposado las condecoraciones más prestigiosas que ostentaba, tales como la Orden de San Olav —la máxima distinción de Noruega—, la Orden de la Jarretera (Reino Unido), la Orden de los Serafines (Suecia) y la Orden del Elefante (Dinamarca). Un cierre solemne que abraza la historia compartida entre las distintas casas reales europeas en una ceremonia tan emotiva como familiar.







