La princesa Charlotte asume —cada vez más— un peso dentro de la esfera más mediática. A través de su personalidad, de sus gestos y de esos pequeños momentos vinculados a la Corona, su lugar dentro de la institución se consolida con el paso del tiempo. Una dulce princesa que, desde que nació, nos ha dejado imágenes tan simpáticas como entrañables, permitiendo entrever un futuro en el que —quizá antes de lo esperado— la elegancia y la responsabilidad caminarán de la mano. Fue entonces —hace casi una década— cuando la princesa dio paso a su primer gran papel, en compañía de una espléndida Kate Middleton, que se encargó de estrechar su mano durante toda la velada.
La delicadeza de una diadema floral
Trasladados al 20 de mayo de 2017, fue el momento en el que Pippa Middleton y el empresario y financiero británico James Matthews sellaron su amor de la forma más romántica posible: en la iglesia de St Mark's Church, un enclave de inmensidad y tradición en el que la hermana de la entonces duquesa de Cambridge se enfundó en un perfecto vestido de novia. Rodeados de un exquisito ambiente floral y de la expectación propia de quien es hermana de la futura reina de Inglaterra, ambos protagonizaron una de las bodas más comentadas de la temporada. Un ambiente de puro romanticismo en el que, tal y como estaba planeado la propia Kate Middleton tuvo un papel especial, siendo la más fiel ayudante de la pequeña Charlotte, que entonces tenía dos años.
La ahora princesa —tras el ascenso de Carlos III al trono británico— vivió su particular debut ejerciendo de dama de honor de su tía, ante la atenta mirada de su madre, Kate Middleton. Un momento decisivo en el que la joven princesa deslumbró, luciendo un atuendo perfecto por no resultar excesivo, algo fundamental dentro del protocolo británico.
Enfundada en un vestido —en un blanco marfil muy suave— que respondía a la inspiración de la época victoriana, el estilismo se reforzó a través de un gran lazo en rosa empolvado situado sobre su espalda, rompiendo la neutralidad de una forma más que sutil, quizá como un guiño a la vestimenta de su madre, la ahora princesa de Gales.
Todo ello acompañado por una cesta de mimbre —que recuerda al emblemático cuento de Caperucita Roja— con la que proyectó una inocencia propia de la edad que entonces presumía la princesa. Sin embargo, el gran detalle se situaba sobre su testa que, coronada con una diadema floral, remitía una vez más a la infancia de la pequeña. Compuesta por pequeñas flores —muy similares a la paniculata o "velo de novia"—, aportaba esa delicadeza que, próximamente, se verá sustituida por alguna de las impresionantes tiaras del joyero británico.
Una escena tan familiar como romántica en la que la pequeña princesa debutó ante el mundo hace justo nueve años, coincidiendo con el aniversario de aquel 'sí, quiero' que posicionó a la familia de los ahora Gales dentro del círculo más llamativo de la realeza, dando paso a una nueva generación que hoy se consolida de la mejor forma posible.









