"Forth Bridge is down". Este fue el mensaje que el 9 de abril de 2021 se transmitió a los altos cargos y a los responsables del operativo para informar de la muerte del príncipe Felipe, marido de Isabel II y Duque de Edimburgo, a los 99 años de edad y el último de una generación de consortes. Ese mensaje nunca apareció en los comunicados oficiales, sin embargo, trascendió como parte del sistema de códigos que la realeza británica utiliza para planes milimétricamente calculados. Fue en los años sesenta cuando se decidió que la organización de cada una de las muertes de la realeza británica se asociaría con la caída de un puente, toda una metáfora que simboliza la transición, el colapso y el final. El puerte Forth, que está precisamente en Escocia, cerca de Edimburgo, ducado que recibió el marido de la reina, es toda una leyenda: el primer gran puente del mundo construido en acero, una obra de ingeniería icónica, resistente, monumental y diseñada para durar. Es decir, el símbolo perfecto para un consorte cuya narrativa pública siempre giró en torno a la fortaleza, la resistencia y la estructura. Quizá por eso han tenido que pasar cinco años para que se conozcan los verdaderos detalles de su muerte y de un final que no fue como nos lo contaron.
Fue Sophie, mujer del príncipe Eduardo, entonces condesa de Wessex, y que con el tiempo se convertiría en la propia duquesa de Edimburgo, la que brindó ante los medios el relato más cercano sobre la muerte del príncipe Felipe, una última exhalación "tranquila" y "casi imperceptible". "Fue como si alguien le cogiera de la mano y se lo llevara", dijo Sophie aportando a los británicos el consuelo de que no sufrió y dejando claro que la reina, como no, estaba tranquila, entera y serena. Ahora que ninguno de los dos está, que reina Carlos III y que la realeza británica ha transitado por enfermedades, detenciones y regresos, comienzan a publicarse nuevos libros y biografías que desvelan una versión distinta sobre esos días.
Su última noche: todo un símbolo de su identidad
Hugo Vickers, que lleva desde los años setenta narrando los grandes acontecimientos de la realeza, asegura que el duque de Edimburgo en la noche previa a su fallecimiento, esquivó a las enfermeras y recorrió un pasillo del Castillo de Windsor con la ayuda de un andador con un firme propósito: beberse una cerveza. Según cuenta el biógrafo, el príncipe Felipe se bebió su última cerveza y lo hizo en uno de los salones privados más bonitos del Castillo de Windsor, donde se instalaron la reina y su marido en el momento de la pandemia dejando atrás la que había sido su casa desde los años cincuenta, el Palacio de Buckingham. Allí también se ha revelado que tenía una vida privada más activa de lo que se pensaba, ya que se había tomado su autonomía con una disciplina militar, quería valerse por sí mismo y disfrutó casi hasta el final de sus paseos en carruaje, la afición que tomó cuando los médicos le aconsejaron alejarse del polo.
Esa escena, la del duque de Edimburgo disfrutando de una última cerveza, condesa todo lo que él representaba: una mezcla de practicidad militar, aversión al artificio y un sentido del humor seco que convertía sus gestos cotidianos en rasgos de identidad. Incluso en las cenas de gala y contextos oficiales pedía una cerveza y no se desgastaba en fingir que apreciaba otro tipo de bebidas consideradas más sofisticadas.
El momento de su muerte: al estilo Windsor, sin dramatismos
Esta formar de ser, práctico y alejado de ideas románticas y dramatismos, rasgos que le alejaron en ocasiones de su hijo mayor, Carlos III, que siempre ha dado muestras de ser lo contrario y tener una personalidad más emotiva, le duró hasta el final. Al menos eso cuenta el relato que ahora se ha publicado. El príncipe Felipe se levantó aquella mañana, se bañó y dijo que se encontraba cansado. Pidió volver a acostarse y murió en silencio, sin aviso previo, mientras descansaba. Isabel II no estaba en la habitación en ese instante; cuando se enteró, reaccionó con una mezcla de serenidad y decepción: "Se ha ido sin despedirse", un gesto que según el biógrafo era común en un hombre que si bien estuvo siempre disponible para la vida oficial también tenía una activa agenda propia.
Este matiz -que no se conoció en el momento- es uno de los que más ha humanizado la historia. Isabel II había estado con él la noche anterior y sabía que el final estaba cerca, pero no tan cerca. La reina pidió que se respetara la intimidad del momento, que no hubiera dramatización y esa poderosa imagen de ella sola en el funeral de su marido reforzó esta narrativa de fortaleza y dignidad silenciosa. Una vez Isabel II siendo fiel a su propio lema: no des explicaciones, no muestres tus sentimientos.
Analizando los tiempos y las biografías recientes, subyace la idea de que la muerte de Felipe de Edimburgo en el Castillo de Windsor fue meditada y deliberada. Tras varios ingresos hospitalarios de los que no se proporcionaba demasiada información, al duque le dieron el alta el 16 de marzo de 2021 del Hospital King Edward VII, en el centro de Londres y fue trasladado directamente a Windsor. Se sabía que su muerte estaba cerca y él había expresado el deseo, algo habitual por otro lado y más en miembros de la realeza, de morir en su casa y en un entorno totalmente privado y controlado.
Ocho años luchando contra un cáncer y fingiendo una salud de hierro
En Queen Elizabeth II, Vickers revela que en junio de 2013, durante un ingreso hospitalario de once días, a Felipe de Edimburgo se le diagnosticó un cáncer de páncreas. Una enfermedad con la que vivió durante ocho años y ha permanecido en secreto hasta ahora, es más, en su certificado de defunción consta "vejez" como causa de muerte. "Los médicos detectaron una sombra en su páncreas y le practicaron una incisión en el abdomen para realizar una cirugía exploratoria. El diagnóstico fue cáncer de páncreas inoperable", escribe el citado biógrafo.
Esto sucedió cuatro años antes de renunciar a su vida oficial y de protagonizar una retirada pública que también muy simbólica. El duque de Edimburgo en su rol de Capitán General pasó revista a las tropas en la plaza del Palacio de Buckingham, bajo la lluvia, con una gabardina y un bombín, así comenzó su jubilación. Desde entonces, su retirada se atribuyó a su edad, no a una enfermedad, y los ingresos hospitalarios se disfrazaban de revisiones rutinarias. O, dicho de otro modo, la Casa Windsor optó por una opacidad total para proteger la estabilidad institucional, aunque su deterioro era mayor de lo que se comunicaba.
Otro detalle que revela Vickers es que en el año 2019, muy convulso políticamente dentro del Reino Unido, se temió por la salud del duque de Edimburgo: "Circularon rumores tan serios que se elaboraron planes para posponer las elecciones generales en caso de que falleciera. Pero entonces se animó... Alguien dijo que estaba actuando con espíritu cívico y haciendo un esfuerzo por sobrevivir para no perjudicar las elecciones". Se refiere a las elecciones anticipadas, solicitadas por el entonces primer ministro Boris Johnson para desbloquear la situación del Brexit, que llevaba años atascada en el Parlamento y que la reina Isabel II aprobó tras la petición del Gobierno. Algunos han querido ver en esto un acto de servicio, una forma de aportar estabilidad en un contexto inestable y sin tener que aparecer.
Lo que no se dijo entonces
Los hijos, nietos y bisnietos del duque de Edimburgo no brindaron detalles sobres su muerte como los que dio la duquesa Sophie, quizá la única para pararse ante las cámaras y charlar con una naturalidad asombrosa y sin que eso suponga un problema para la institución o la prensa. Carlos, todavía príncipe de Gales, se refirió a él como "querido papá", con una emoción muy contenida y la evidencia de que se despedía de una persona a la que había querido mucho y con la que nunca se había entendido del todo.
La idea que se quiso trasmitir es la del orgullo por un vida de servicio, el alivio de una muerte en casa y la certeza de que el final había sido el elegido por él, sin espectáculo y sin sentimentalismo. Para aquel entonces el operativo Forth Bridge y toda su ingeniería oculta llevaba horas en marcha. El duque de Edimburgo tenía derecho a un funeral de Estado, pero había pedido algo más "modesto" o, dicho de otro modo, una despedida a la altura de un hombre que siempre caminó detrás de su mujer y que, en otra época, se encargó del plano familiar mientras Isabel II se dedicaba a las labores de Estado.
Aun así, el funeral que se vivió ocho días después en la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor fue épico t espectacular, el Land Rover modificado que transportó su féretro llevaba 20 años diseñado por él y otros detalles, como la presencia de su caballo y su carruaje otorgaron un sentimentalismo fuera de toda duda. Aunque la imagen por la que ese día ha pasado a la historia es la de Isabel II despidiéndose sola (imposiciones de la pandemia) del que había sido su compañero de vida.

















