Cuando recordamos a Victoria Eugenia de Battenberg, mujer del rey Alfonso XIII, es imposible no acordarnos de su innegable legado en la modernización de España. La Reina —de origen escocés, nacida en el castillo de Balmoral de padre alemán, el príncipe Enrique de Battenberg, y madre inglesa, la princesa Beatriz de Inglaterra— introdujo hábitos de vida que, en ese momento, aún no habían llegado a nuestro país, como la práctica de deporte diario o el fomento de la lectura, así como la transformación del concepto de caridad que había anclado en el ideario colectivo con obras de asistencia profesionalizadas —impulsando, entre otras cosas la labor de la Cruz Roja—. Sin embargo, también es importante recalcar el otro legado de Ena —así era llamada cariñosamente y como se le ha recordado con el paso del tiempo—, quizá, el más llamativo, brillante...: sus joyas.
Tanto su joyero personal como el perteneciente a la Corona —las conocidas 'joyas de pasar', legadas por ella misma para que fueran heredadas por las reinas sucesorias— del que hizo gala en incontables ocasiones han sido objetos de deseo, admiración y conversación incluso más de cinco décadas después de su muerte. Gran parte de estas piezas fueron fruto de regalos —la mayoría, a su vez, de su marido, el rey Alfonso XIII—, los cuales recibía con gozo y alegría debido a la gran pasión que la Reina sentía por las joyas, las cuales modificaba para adaptarlas a las nuevas tendencias creando, en cada ocasión, piezas únicas.
Cartier y Ansorena fueron dos de los joyeros de su confianza, a los que recurría tanto para ajustar alhajas —tiaras, brazaletes, colgantes...— que ya tuviera en su pertenencia como para diseñar nuevas piezas reutilizando algunas de las piedras que le eran obsequiadas. El primero, Cartier, acaba de ser homenajeado con una exposición en la National Gallery of Victoria, en Melbourne (Australia), donde espectaculares preseas han sido expuestas y en la que, coincidentemente, una en concreto ha llamado especialmente la atención.
Reaparecen las perlas concha de Victoria Eugenia
Entre las casi 400 piezas expuestas, desde relojes a joyas pasando por objetos preciosos o de gran valor debido a su singularidad, destaca un brazalete de diamantes y esmalte negro coronados por unas perlas concha de color rosa, pertenecientes a la reina Victoria Eugenia, que llevaba años alejada del ojo público. Así han informado desde la plataforma oficial de la firma, donde han compartido una imagen al detalle de la que fuera una de las ajorcas estrella de la mujer del rey Alfonso XIII, explicando que se trató de un encargo personal de la Reina.
Un detalle que, sin embargo, había pasado desapercibido bajo el brillo de las demás piedras preciosas que acaparan los escaparates de la exposición y que el experto en joyas David Rato ha señalado. Se conoce que, históricamente, la pieza perteneció al joyero personal de la reina Victoria Eugenia aunque, lamentablemente, no existen fotografías ni retratos donde la abuela de Juan Carlos I luzca la espectacular alhaja.
Más de un siglo de historia
Antes de conocer el motivo por el que hablamos de reaparición, cabe recordar la espectacular historia de esta joya, la cual carga con más de un siglo de antigüedad en cada pieza que la conforma. Su origen tiene lugar en 1885 y la reina Victoria Eugenia no fue la primera en portarla, ya que fue un brazalete heredado de su madre, la princesa Beatriz de Reino Unido —la hija menor de la reina Victoria de Inglaterra—, quien, a su vez, las recibió de su madre.
El motivo de esta sucesión de la pieza fue debido a la boda de la Princesa con el príncipe alemán Enrique de Battenberg —padre de Victoria Eugenia— y, para el especial día, Beatriz de Reino Unido recibió un conjunto de diamantes y perlas concha, el cual, repitiendo la historia, le otorgó a su hija en el año 1906 como regalo de boda, cuando celebró sus nupcias con el rey Alfonso XIII en la Basílica de San Jerónimo el Real —conocida popularmente como 'Los Jerónimos'— en Madrid, uno de los templos más espectaculares de la capital.
A pesar de la belleza natural de la joya, la reina Victoria Eugenia decidió, como acostumbraba, modificarla a su gusto, retocando el conjunto en varias ocasiones. En 1927 encargó a Cartier —que, como se mencionaba, era uno de sus joyeros de confianza— desmontar el collar y los pendientes originales para poder reutilizar así las perlas y diamantes en la creación del brazalete que, ahora, se expone en una de las galerías de arte más aclamadas a nivel mundial.
Su idea era clara: crear una pulsera articulada, de estructura rígida, que emulara ser una enredadera. Compuesta de diamantes y esferificaciones de esmalte negro —los cuales se entrelazan formando así la ilusión de naturaleza— que dan protagonismo a las exclusivas perlas concha de un color rosa que coronan la pieza —que puede recordar a las creaciones originales del mencionado joyero, aunque con la notable diferencia de la escasez de tonalidades vibrantes en la combinación de piedras, lo cual era un sello de Cartier—, se trata de una alhaja casi onírica que representa a la perfección el espíritu de la reina Victoria Eugenia.
Más de 14 años desaparecida
Si bien no se conoce quien de los hijos de Victoria Eugenia heredó el brazalete —recordar que parte de su joyero, las 'joyas de pasar' fue legado para las reinas de la Casa Real Española, mientras que otra parte acabaron en manos de su hijo don Juan, conde de Barcelona; mientas que el resto, fue repartido a partes iguales, entre sus hijas, las infantas Beatriz y Cristina; y una mínima parte pasó a su hijo Jaime—, sí se sabe que permaneció cercano a la dinastía Borbón.
Uno de sus dueños posteriores fue don Gonzalo de Borbón y Dampierre —hijo del infante Jaime de Borbón y primo de Juan Carlos I—, quién podría haber heredado la joya de su padre —hijo, a su vez, de la reina Victoria Eugenia—. Se conoce que el duque de Aquitania, quien fallecía a sus 62 años en el 2000, fue uno de sus últimos dueños debido a que su tercera mujer, Emanuela Pratolongo, fue vista con la presea en varias ocasiones —siendo, la mayoría de estas, celebraciones vinculadas a la familia real española—, la cual inspiró, incluso, un vestido de su exclusivo armario para poder complementarla a la perfección.
Sin embargo, en el año 2012 la joya, "única y de gran importancia", salió a subasta en Sotheby's Ginebra y, desde ese momento —hasta la actualidad—, había permanecido en paradero desconocido. Tal y como señala el mencionado experto en joyas, David Rato, la exposición en la National Gallery of Victoria de Melbourne está identificada como perteneciente a una colección privada, por lo que el actual propietario de la alhaja sigue en el anonimato.












