La adquisición de la escritura y la lectura suponen una revolución en el cerebro infantil que tiene muchas implicaciones. A partir de ahí, se suceden los aprendizajes, el pensamiento más profundo, la creatividad..La adquisición de la escritura y la lectura suponen una revolución en el cerebro infantil que tiene muchas implicaciones. A partir de ahí, se suceden los aprendizajes, el pensamiento más profundo, la creatividad... y se potencia el talento y la inteligencia. Y no es algo innato, sino un proceso que puede encaminarse de distintas formas.
Víctor Cerrudo, maestro, logopeda y experto en lectura y escritura, y Joaquim Valls, profesor universitario e investigador especializado en neuroeducación y psicología cognitiva, han escrito Enseñar a leer y escribir para aprender a pensar y crear (Ed. Toromítico). Hemos hablado con ellos sobre su propuesta para facilitar la enseñanza de la lectoescritura y cómo esta revierte en el desarrollo de los menores.
A partir de los 3 años arranca la verdadera alfabetización temprana a través de juegos de naturaleza sonora. Y a partir de los 5 años ya se puede ir hacia un aprendizaje más formal en la lectoescritura, entendiéndolo como una primera toma de contacto
Aprender a leer supone un reto biológico para el niño. Hay cierto debate sobre qué edad es la idónea para iniciarse en esta habilidad, ¿cuál es su opinión?
El ser humano no nace programado para leer, lo que, como comentas, constituye un auténtico desafío biológico. La lectoescritura se concibe como un constructo social que necesita de un agente educativo que nos guíe en su aprendizaje. Esta intervención externa desencadena un auténtico reciclaje neuronal: una zona de nuestro cerebro se configura para cumplir una nueva función que es identificar las letras y unirlas con su sonido correspondiente.
A menudo, cometemos el error de reducir la lectoescritura al acto mecánico de coger un lápiz o sostener un libro. Sin embargo, aprender a leer y escribir es un proceso muchísimo más profundo, con raíces invisibles que nutren todo lo que florecerá después.
La neurociencia nos ha demostrado que ya desde los 3 años podemos estimular una serie de predictores clave: la conciencia fonológica, la velocidad de denominación y el conocimiento de las letras y sus sonidos. Practicarlos no requiere de papel ni de boli; basta con juegos y dinámicas de naturaleza sonora, que resultan increíblemente útiles en esta etapa. Podríamos decir que aquí arranca la verdadera alfabetización temprana. Ya a partir de los 5 años podemos dar paso a un aprendizaje más formal, aunque siempre entendiéndolo como una primera toma de contacto. Será en 1º de Primaria cuando el proceso se acelere y adquiera una estructura mucho más sistemática.
Con respecto a la forma en que en España se aborda la adquisición de la lectoescritura, ¿qué mejoras podrían hacer que este proceso discurriera de una forma más orgánica y mejor para el niño?
Es una cuestión compleja y llena de matices, ya que son varios los frentes en los que podemos mejorar cuando hablamos de lectoescritura. Una primera clave pasa irremediablemente por la formación que reciben los futuros maestros en la universidad. Al fin y al cabo, los predictores de los que hablábamos antes se han consolidado como las herramientas más potentes para impulsar este desarrollo.
Otra solución fundamental es la puesta en marcha de planes verticales de lectoescritura y ortografía en los centros educativos. Estos programas deben servir para vertebrar las metodologías, unificar criterios y coordinar todas las actuaciones que se llevan a cabo en el colegio.
Por último, una tercera dimensión consistiría en superar de una vez por todas esos debates pedagógicos estériles que se arrastran durante años en las escuelas, como qué tipo de letra utilizar o cuál es el mejor método para enseñar a leer y escribir.
En el libro hablan de la relación estrecha entre la lectoescritura y el pensamiento crítico, entre otros. ¿Hasta que un niño no sabe leer y escribir no puede desarrollar esa herramienta crítica?
Por supuesto que puede empezar a desarrollarla antes. Un niño pequeño puede preguntar, comparar, desconfiar, justificar, imaginar alternativas y discutir una explicación sin saber todavía leer ni escribir. Pero la lectoescritura amplía extraordinariamente esa capacidad porque permite acceder a conocimientos que no están presentes en el entorno inmediato, confrontar ideas, volver sobre un argumento, analizarlo y relacionarlo con otros. El pensamiento crítico empieza antes de la lectura, pero una lectura profunda y una escritura bien aprendida multiplican enormemente sus posibilidades.
En el caso de que haya dificultades lectoras en el niño, recomiendan en la obra programas de conversión de voz a texto, ¿para qué problemas concretos puede ser útil esta solución?
La tecnología bien implementada se convierte en un salvavidas para cualquier estudiante con dificultades de aprendizaje. Herramientas como el dictado por voz son adecuadas para personas con dislexia o retraso lector. Estas personas presentan dificultades en el procesamiento de los sonidos, pero no en el lenguaje oral. Poder dictarle al móvil o al ordenador, les evita el suplicio de tener que pelear con cada frase escrita.
Lo mismo sucede con la lectura. Existen aplicaciones a las que les pegas un texto y te lo leen en voz alta de forma cada vez más natural. No debemos olvidar, sin embargo, que estas ayudas son un puente y no el objetivo final. La meta sigue siendo acompañarlos en su evolución educativa para que logren la mayor autonomía posible y no dependan siempre de una pantalla.
¿Se obtienen los mismos beneficios cuando la lectura y la escritura es a través de un dispositivo electrónico en niños?
No exactamente. Los dispositivos electrónicos son herramientas extraordinarias y forman parte inevitable de la alfabetización actual, pero leer y escribir no son actividades cognitivamente idénticas en papel y en pantalla. La escritura manual exige una participación perceptiva y motora muy rica, y la lectura en papel suele favorecer una relación más estable con textos largos y complejos, mientras que la pantalla facilita otras funciones, como buscar, editar, compartir o acceder rápidamente a información. Nuestra posición no es enfrentar papel y tecnología, sino evitar que la segunda sustituya demasiado pronto experiencias que durante la infancia contribuyen a construir los automatismos lectores y escritores.
Hay escolares con discapacidad intelectual que son capaces de leer, pero no disponen de lenguaje oral. ¿Cómo puede explicarse?
Porque leer y hablar son capacidades relacionadas, pero no idénticas. El cerebro puede desarrollar determinadas rutas de reconocimiento visual y asociación entre símbolos y significados, aunque la producción oral esté muy limitada o incluso ausente. Además, debemos distinguir entre decodificar palabras, comprenderlas y expresarlas verbalmente: son procesos diferentes que pueden estar afectados de manera desigual. Estos casos recuerdan algo fundamental: no podemos identificar automáticamente lenguaje, lectura, comprensión y habla, porque dependen de sistemas parcialmente diferenciados.
En los últimos años, ¿han detectado más dificultades en la adquisición de la lectoescritura por parte de los escolares?
Muchos docentes perciben mayores dificultades de atención sostenida, comprensión y relación con textos largos, aunque habría que ser prudentes antes de atribuirlo a una única causa. Probablemente intervienen varios factores: menor exposición al lenguaje oral rico, menos tiempo de lectura compartida en algunas familias, un entorno dominado por estímulos rápidos y fragmentados, un uso muy temprano de pantallas y, en ocasiones, una enseñanza demasiado acelerada de la lectura sin consolidar previamente sus bases. El problema no es la tecnología en sí, sino qué experiencias cognitivas desplaza cuando ocupa demasiado espacio en las primeras edades.
Siempre se habla de que el ejemplo de los padres es clave para que los menores desarrollen gusto por la lectura. Pero ¿por qué unos hermanos que ven la misma situación en casa cuando los padres son lectores tienen gusto por la lectura y otros no?
Porque el ejemplo familiar es importante, pero no determina mecánicamente el resultado. Cada niño tiene intereses, temperamentos, habilidades, experiencias escolares y asociaciones emocionales diferentes. Incluso dos hermanos que viven en la misma casa no viven exactamente la misma infancia ni mantienen idéntica relación con sus padres, maestros o libros. Por eso no basta con que los niños vean leer: necesitan encontrar libros adecuados para ellos, compartir lecturas significativas y, sobre todo, asociar la lectura con curiosidad, placer, conversación y descubrimiento, no exclusivamente con obligación escolar.
La lectura y la escritura son herramientas muy poderosas para crear personas más libres, reflexivas y creativas, como señalan en el libro. ¿Corremos el riesgo de que las generaciones más jóvenes pierdan parte de estas facultades?
El riesgo existe si confundimos acceso a información con conocimiento, y rapidez con comprensión. Nunca habíamos tenido tanta información disponible, pero pensar críticamente exige detenerse, comprender, recordar, relacionar y evaluar. Crear exige disponer de conocimientos con los que establecer nuevas conexiones. Por eso creemos que la llegada de la inteligencia artificial hace todavía más importante aprender a leer y escribir bien: precisamente porque una máquina puede producir textos con enorme facilidad, el valor humano se desplaza hacia saber juzgarlos, discutirlos, relacionarlos con lo que sabemos y utilizarlos para pensar y crear mejor.









