Rebeca Cáceres, psicoterapeuta: "Una pareja no necesita hacerlo todo igual para criar a sus hijos en la misma dirección"


La experta analiza las trampas invisibles de la supervisión constante en la crianza y explica cómo pasar del simple "reparto de tareas" a un trabajo real en equipo


Rebeca Cáceres, psicóloga© Rebeca Cáceres
30 de septiembre de 2026 a las 7:33 CEST

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que nuestra pareja vista, alimente o duerma a los hijos de una forma diferente a la nuestra? Confundir "hacer las cosas bien" con "hacerlas a nuestra manera" es uno de los mayores frenos para alcanzar la corresponsabilidad real y liberarnos de la carga mental. Con la ayuda de la psicoterapeuta Rebeca Cáceres, autora de El éxito de ser tú, profundizamos en cómo desarticular la dinámica de la supervisión constante, soltar el control y lograr que tanto el padre como la madre funcionen como un equipo autónomo. 

La experta matiza, eso sí, que las dinámicas de supervisión o dificultad para delegar pueden aparecer en cualquier modelo de pareja o familia. "Vamos a hablar de madres y padres porque queremos abordar una dinámica que está muy relacionada con cómo se han distribuido históricamente los roles. Más allá de esto, lo interesante es entender cómo se construye esa dinámica y, sobre todo, cómo romperla participando ambos miembros de la pareja", apunta.

padre y madre con sus hijos en la cocina, preparando el desayuno juntos© Getty Images

En consulta, ¿observas que se confunde "hacer las cosas bien" con "hacer las cosas a mi manera"? ¿Por qué cuesta tanto aceptar que el padre utilice un método diferente para vestir, alimentar o dormir a los hijos?

Sí, y esto no ocurre únicamente en la crianza. Cuando llevamos mucho tiempo haciendo algo de una determinada manera es fácil que acabemos confundiendo “esta es mi forma de hacerlo” con “esta es la forma correcta de hacerlo”.

En el cuidado de los hijos puede hacerse especialmente evidente porque no estamos hablando de algo que nos resulte indiferente. Queremos hacerlo bien, nos preocupa equivocarnos y además hay muchas decisiones cotidianas que repetimos una y otra vez hasta automatizarlas. Si una persona se ha ocupado habitualmente de ellas, es lógico que haya desarrollado una forma propia de resolverlas y que incluso le parezca la más eficaz. Y esto le pasa a padres y a madres en la crianza de los hijos.

El problema aparece cuando convertimos esa experiencia en una única manera válida de hacer las cosas.

Por supuesto que una pareja necesita compartir determinados criterios de crianza, especialmente en cuestiones importantes como la seguridad, los límites o determinadas rutinas. Pero dentro de esos acuerdos tiene que existir también espacio para la individualidad de cada progenitor.

El padre puede acostar a un hijo de una manera y la madre de otra. Puede vestirlo de otra forma, organizar una salida de manera diferente o resolver un conflicto utilizando otros recursos. Diferente no significa necesariamente peor.

Y esto también es importante para los hijos: descubrir que pueden sentirse cuidados y seguros con dos personas que no necesitan comportarse exactamente igual.

Si uno supervisa continuamente y el otro espera continuamente instrucciones, ambos terminan confirmando la posición del otro: “Tengo que estar pendiente de todo” frente a “haga lo que haga, nunca está bien”.

Rebeca Cáceres, psicoterapeuta y autora de 'El éxito de ser tú'

Cuando una madre corrige o rehace lo que el padre ha hecho, ¿qué mensaje implícito recibe él y cómo afecta esto a su motivación y autonomía futura?

Cuando una madre o un padre corrigen de manera constante, el otro puede acabar recibiendo un mensaje de falta de confianza en su criterio: “Lo que haces no termina de estar bien” o “al final tengo que supervisarlo yo”.

Y cuando una persona siente que va a ser corregida independientemente de lo que haga, puede empezar a preguntar antes de decidir, esperar instrucciones o reducir su iniciativa. Ahí se crea una dinámica en la que aparentemente ambos participan, pero uno sigue llevando gran parte de la responsabilidad mental.

Ahora bien, la autonomía también se ejerce. Ser corresponsable implica tomar iniciativa, aprender, anticiparse, equivocarse y resolver sin esperar que otra persona nos diga permanentemente qué tenemos que hacer.

Por eso, cuando aparece esta dinámica, hay que mirar cómo se retroalimenta y eso depende de dos. Puede haber una persona que necesite aprender a intervenir menos y otra que necesite aprender a asumir más. Porque si uno supervisa continuamente y el otro espera continuamente instrucciones, ambos terminan confirmando la posición del otro: “Tengo que estar pendiente de todo” frente a “haga lo que haga, nunca está bien”.

La sociedad juzga con mucha mayor severidad el desempeño de una madre que el de un padre. ¿Hasta qué punto la imposibilidad de delegar surge del miedo a ser juzgada por los posibles "fallos" del otro?

Puede influir, porque todavía existen expectativas sociales diferentes respecto a la maternidad y la paternidad. Durante mucho tiempo se ha considerado que determinados aspectos del cuidado eran responsabilidad fundamental de la mujer y algunos de esos mensajes siguen presentes.

Pero tampoco creo que podamos explicar la dificultad para delegar únicamente desde el miedo al juicio social. Las razones por las que una persona necesita controlar o le resulta difícil delegar pueden ser muy diferentes. También influye cómo se haya organizado esa familia desde el nacimiento de los hijos y qué responsabilidades haya asumido cada uno desde el principio.

Por eso creo que hay que ampliar la mirada. El contexto social influye, por supuesto, pero después cada mujer, cada hombre y cada pareja construyen una dinámica propia. Y es esa dinámica concreta la que tenemos que entender.

pareja discutiendo© Getty Images

Durante años, el cuidado ha sido el ámbito de validación de las mujeres. ¿Existe un conflicto de identidad involuntario al ceder el control total de decisiones o tareas cotidianas?

Puede existir, aunque yo tendría cuidado con generalizarlo. No todas las mujeres construyen su identidad alrededor del cuidado y, afortunadamente, cada vez menos.

El cuidado puede ser una parte importante de la identidad de una mujer, pero es una parte más entre muchas otras dimensiones que también quiere potenciar y desarrollar: su vida profesional, sus relaciones, sus intereses, su autonomía, sus proyectos, su desarrollo personal o sus aspiraciones.

De hecho, creo que una de las grandes transformaciones de las últimas décadas tiene que ver precisamente con esto: con una identidad femenina mucho más amplia.

Por eso no creo que la dificultad para ceder determinadas tareas de cuidado deba interpretarse automáticamente como una necesidad de mantener un espacio de validación o de sentirse imprescindible. A veces la explicación es bastante más sencilla: cuando una persona ha asumido durante mucho tiempo la responsabilidad principal de algo, desarrolla hábitos, anticipa necesidades y siente que conoce mejor cómo resolverlas. Ceder parte de esa responsabilidad requiere también aprender a confiar en que otra persona puede hacerlo de manera diferente y hacerlo igualmente bien.

Y ahí sí puede aparecer cierta incomodidad, pero no necesariamente porque la mujer sienta amenazada su identidad, sino porque está dejando de controlar un ámbito del que durante mucho tiempo se ha sentido responsable.

En realidad, compartir verdaderamente los cuidados puede tener justamente el efecto contrario: permitir que la maternidad sea una parte importante de la identidad de una mujer sin absorber el resto de las partes de sí misma que también necesita desarrollar.

La corresponsabilidad no consiste en que el padre “ayude” a la madre ni a la inversa. Si hablamos de sus hijos y de su hogar, no se están ayudando, ambos están asumiendo una responsabilidad que también es suya.

Rebeca Cáceres, psicoterapeuta y autora de 'El éxito de ser tú'

Criticar la ejecución pero asumir la gestión mantiene al padre en el rol de "subordinado que sigue instrucciones" en lugar de "compañero corresponsable". ¿Cómo se desarticula esa dinámica en el hogar?

Aquí sí creo que hay una diferencia fundamental entre repartir tareas y compartir responsabilidad.

Una pareja puede tener aparentemente muy repartidas las tareas y, sin embargo, que una sola persona continúe pensando qué hay que hacer, cuándo hay que hacerlo, qué falta, qué necesita cada hijo o qué ocurrirá la semana siguiente.

Si una persona tiene que detectar la necesidad, planificar, recordar al otro lo que tiene que hacer y después comprobar que se ha hecho, la ejecución está repartida, pero la responsabilidad no.

Para salir de ahí, ambos tienen que poder hacerse responsables de determinados ámbitos de principio a fin. Y eso significa también capacidad de decisión.

Pero nuevamente es un movimiento de dos. Uno tiene que poder soltar sin supervisar constantemente y el otro tiene que asumir sin esperar instrucciones.

La corresponsabilidad no consiste en que el padre “ayude” a la madre ni a la inversa. Si hablamos de sus hijos y de su hogar, no se están ayudando, ambos están asumiendo una responsabilidad que también es suya.

Y probablemente ahí está el cambio más importante: dejar de pensar en quién ayuda a quién y empezar a pensar qué responsabilidades pertenecen a ambos y cómo quieren organizarlas.

Paradójicamente, la madre se agota por asumir todo y el padre se frustra al sentirse fiscalizado y desautorizado. ¿Cómo deriva esta combinación en crisis de pareja?

Puede hacerlo cuando esa dinámica se mantiene en el tiempo, pero también aquí evitaría establecer automáticamente esos dos papeles por cuestión de género. No siempre encontramos una madre que lo asume todo y un padre deseando participar al que no se lo permiten. Podemos encontrarnos situaciones muy diferentes.

Cuando sí aparece esa combinación, suele producirse un círculo difícil: una persona siente que tiene que estar pendiente de todo y la otra siente que cualquier cosa que haga va a ser evaluada. Una reclama más iniciativa y la otra más confianza.

Y con el tiempo la discusión deja de ser realmente sobre quién prepara la mochila, quién compra determinada cosa o cómo se acuesta al niño. Empieza a hablar de cuestiones mucho más profundas de la relación: “No puedo confiar en ti”, “no valoras lo que hago”, “estoy sola en esto”, “me tratas como si fuera incapaz”, “tengo que pedirte todo”, “nunca te parece suficiente”. Cuando una pareja entra ahí, se va acumulando resentimiento.

Además, hay un riesgo importante: dejar de funcionar como dos adultos que comparten un proyecto para establecer una relación casi jerárquica, donde uno organiza, recuerda y corrige y el otro ejecuta, se defiende o se desconecta.
Y una relación de pareja necesita algo muy diferente: dos adultos que puedan confiar en la capacidad del otro y sentir que están en el mismo equipo.

El problema aparece cuando cada diferencia se convierte en una discusión sobre quién tiene razón. Porque entonces dejamos de hablar de crianza y empezamos a competir por cuál de los dos tiene el mejor criterio.

Rebeca Cáceres, psicoterapeuta y autora de 'El éxito de ser tú'

¿Cómo pueden establecer las parejas mínimos de convivencia o pautas de crianza comunes sin que la conversación se convierta en un examen o un reproche constante?

Creo que ayuda mucho distinguir entre lo verdaderamente importante y nuestras preferencias personales. Hay cuestiones sobre las que una pareja necesita construir acuerdos: seguridad, educación, determinados límites, salud, horarios o aquellas normas que consideren fundamentales para sus hijos.

Pero después hay una enorme cantidad de decisiones cotidianas en las que probablemente no necesitamos funcionar exactamente igual.

El problema aparece cuando cada diferencia se convierte en una discusión sobre quién tiene razón. Porque entonces dejamos de hablar de crianza y empezamos a competir por cuál de los dos tiene el mejor criterio.

También es importante que estas conversaciones no se produzcan únicamente cuando algo ha salido mal. Si cada conversación sobre corresponsabilidad comienza con “otra vez has…” o “siempre tengo que…”, el otro probablemente va a escuchar una acusación antes que una necesidad.

Sería mucho más útil poder preguntarse juntos: ¿qué cosas son realmente importantes para nosotros?, ¿en cuáles necesitamos estar de acuerdo?, ¿qué puede hacer cada uno a su manera? y ¿qué necesita asumir cada uno sin depender del otro?

Una pareja no necesita hacerlo todo igual para criar en la misma dirección.

pareja discutiendo junto a la ventana© Getty Images

¿Qué impacto tiene en la educación de los hijos ver a un padre plenamente autónomo frente a ver a un padre supervisado?

Los hijos aprenden sobre las relaciones observando cómo nos relacionamos.

Ver a dos progenitores autónomos transmite que ambos son capaces de cuidar, tomar decisiones, resolver problemas, poner límites, equivocarse y reparar. Y, sobre todo, transmite que el cuidado y la responsabilidad familiar no pertenecen naturalmente a uno de ellos.

También permite que los hijos construyan una relación propia con cada progenitor. Cada uno tendrá su manera de jugar, cuidar, consolar, organizar o poner límites. Y esa diferencia, siempre que exista una base común y segura, puede ser enormemente enriquecedora.

Por el contrario, cuando los hijos observan sistemáticamente que uno pregunta y el otro autoriza, que uno hace y el otro comprueba o que uno tiene siempre la última palabra, también están aprendiendo algo sobre cómo se distribuyen la autoridad y la responsabilidad dentro de una pareja.

Por eso la corresponsabilidad tiene también una dimensión educativa. No solo educamos a nuestros hijos a través de lo que les decimos sobre cómo deberían ser sus futuras relaciones. El aprendizaje más profundo se produce a través de lo que ven en casa: cómo nos relacionamos, cómo nos cuidamos y cómo compartimos responsabilidades.

Si una madre acude a tu consulta exhausta, pero admite que le es imposible no revisar lo que hace su pareja, ¿cuál es el primer paso o la primera "prueba de contención" que le pones para empezar a soltar?

Antes de pedirle que deje de revisar, intentaría entender por qué necesita hacerlo. Porque el mismo comportamiento puede tener funciones completamente diferentes.

Puede haber perfeccionismo, miedo a que algo salga mal, dificultad para tolerar la incertidumbre, necesidad de control o simplemente años de haber asumido que si ella no está pendiente determinadas cosas no se hacen. Y también tenemos que comprobar algo bastante básico: si realmente puede confiar en que su pareja va a asumir esa responsabilidad. No todo control es necesariamente irracional.

Una vez entendido esto, sí empezaría por algo muy concreto y pequeño. Elegir una responsabilidad que pueda asumir completamente su pareja y trabajar precisamente en no intervenir durante todo el proceso: no recordar, no anticiparse, no comprobar y no rehacer después simplemente porque ella lo habría hecho de otra manera.

Y utilizaría una pregunta muy sencilla cada vez que apareciera el impulso de intervenir: “¿Esto está realmente mal o simplemente no está hecho como yo lo haría?”

Si afecta a la seguridad del niño o incumple un acuerdo importante entre ambos, evidentemente hay que hablarlo. Pero si simplemente está hecho de otra manera y funciona, ahí empieza el aprendizaje de soltar.

Ahora bien, hay una segunda parte imprescindible: mientras una persona aprende a dejar espacio, la otra tiene que ocuparlo. Tiene que anticiparse, responsabilizarse y demostrar con hechos que no necesita ser supervisada.

Porque el objetivo no es que alguien aprenda a soportar que las cosas se queden sin hacer. El objetivo es que pueda dejar de estar pendiente porque hay otro adulto que también está pendiente. Y esa diferencia es enorme.