En el libro del buen gusto a la hora de vestir para una boda todo está escrito. Cada madre del novio reinterpreta las pautas de protocolo en función al tipo de enlace que se celebrará, las condiciones atmosféricas, los puntos fuertes de su silueta y su gusto personal. En el caso de Teresa Joly, no existía una idea preconcebida por su parte sobre cómo debería ser su look en una jornada de tanta relevancia. Pero lo cierto es que logró acertar con su estilismo, que fue un trabajo a medida del diseñador Jorge Vázquez. Su elegante vestido largo era una apuesta sobria y minimalista, que destacaba por su elegancia en combinación con una mantilla con mucha historia.
"Sabía que quería un color que me favoreciera y sentirme yo misma”, nos explica ella misma al preguntarle acerca de si tenía claro qué buscaba con su diseño. "Del resto se encargó Jorge, que es un fantástico profesional y sabe, ante todo, escuchar tus preferencias y adaptarlas a tu estilo”, reconoce nuestra protagonista. Cuando se une la buena armonía entre creador y clienta, nacen piezas repletas de personalidad.
Buena sintonía entre madrina y diseñador
Para Teresa no había duda sobre qué firma sería la escogida para dar forma a su diseño a medida. Para ella siempre fue Jorge Vázquez la mejor de las elecciones, una casa que seguía de cerca desde hace tiempo. “Siempre me han encantado las madrinas vestidas por su firma. Jorge es un excelente modisto; con su visión sabe perfectamente lo que te sienta bien”, destaca. Al consultarle acerca del proceso de creación de la pieza, esta madre del novio admite que fue un ejercicio de confianza que salió a la perfección. “Me fié totalmente de su criterio y elección del diseño. De hecho, seré madrina nuevamente en abril y vuelvo a confiar en Jorge”, nos adelanta.
La propuesta era claramente minimalista, con notas clásicas y detalles muy cuidados. Presentaba unas mangas largas con botonadura en el puño, cuello pérkins, corte a la cadera, cuerpo ceñido y falda ligeramente abombada. Sofisticado y acorde a las normas de etiqueta era también el color berenjena escogido para el tejido del vestido, que además incorporaba un detalle que captaba todas las miradas, a la altura de la cadera: un bordado que "se hizo en Italia y es una maravilla”.
El poder de la mantilla
En el estilismo de la madrina todo parte de un propósito, la impresión que se quiere causar. Nuestra protagonista sabía que “quería ir discreta y con mi estilo, sentirme cómoda y muy yo”, apunta, y esto lo consiguió, de igual modo, con sus complementos. El accesorio destacado fue, sin duda, la creación más clásica, una mantilla diferente a las demás. “Hasta el último momento no me decidí. Al mismo tiempo, me hacía ilusión lucirla porque es una tradición preciosa, pero no sabía si me iba a ver”, relata Teresa.
Fue al verse con el vestido definitivamente terminado cuando se planteó si introducir este complemento tradicional. “Cuando vi todo puesto, me decidí a llevarla y creo que fue un acierto. La mantilla es de principios del siglo XX, de seda, bordada a mano, muy ligera, de chantilly antiguo, que tira a color marrón muy oscuro y eso la hace muy especial”, nos explica. No es este el tono habitual por el que se decantan las madres de los novios, puesto que, más allá del negro, tienen la opción —pidiendo permiso a la novia— de utilizar la de tonalidad blanca o similar. No obstante, algunas madrinas virales han recurrido a una mantilla del mismo tono del traje, aunque no sea esta la opción preferida por el protocolo.
Al igual que la mantilla de Teresa era una rareza, también marcó la diferencia su elección de belleza. “Me peinó y maquilló Xenia”, dice. Al margen de lucir un rostro luminoso y potenciado gracias a un maquillaje natural que realzaba su belleza, se decantó por un semirrecogido. Esta opción no es habitual entre quienes escogen mantilla, dado que, aunque es una solución juvenil, puede tener el inconveniente de resultar menos resistente que un moño clásico, lo cual podría llegar a comprometer la sujeción del tocado. “La peina tenía una forma muy original. Me la prestó un buen amigo, que tiene tesoros de antigüedades y esta perteneció a su madre”, puntualiza.
Joyas atemporales
Para completar el cómputo de elementos que componían su look, esta madre del novio encontró la mejor de las ideas en su joyero familiar. De su apuesta se puede entender que la atemporalidad era el objetivo: “llevé unos pendientes de brillantes estilo art déco antiguos y un broche al que tengo mucho cariño, en la mantilla, que luego en el baile, al quitármela, me puse en el vestido”. Un añadido para dar un aire nuevo al estilismo.
Una boda en invierno repleta de emoción
Además de descubrirnos los detalles de su estilismo, nuestra protagonista también ha querido desvelarnos algunos detalles que marcaron la jornada. “La boda fue el 28 de febrero. La ceremonia fue en la iglesia de San Pedro Apóstol y la celebración en Soto de Mozanaque”, recuerda. Madrid acogió este enlace a finales de invierno y, contra todo pronóstico, el buen tiempo acompañó a los novios y a sus invitados. “Al ser la boda en febrero, y con el invierno tan lluvioso era muy probable que pudiera haber sido un día gris y frío, pero resultó ser un día espléndido y soleado de primavera”, señala.
Para concluir su historia, Teresa rememora lo que para ella fue lo más especial de un día inolvidable: “la entrada con mi hijo y ver cómo miraba a su ahora mujer”. Porque ese momento de la ceremonia es uno de los instantes que las madrinas recuerdan con más ilusión. Por último, afirma que el mejor consejo para quienes vayan a representar este papel es “que se sientan cómodas y no dejen de ser ellas mismas”.















