Rompió con todo lo que se esperaba de una novia 'real'. Ni tiara ni vestido, sino un sofisticado tocado con redecilla y un conjunto sastre dos piezas, evocando la elegancia de los años cuarenta y cincuenta. Albania tiene una nueva princesa, Blerta Celibashi, y ya desde el mismo día de su ‘sí, quiero’ con el príncipe Leka quiso hacer un guiño a la mujer que marcó época: Geraldine, la última y única reina que ha tenido el país balcánico.
Conocida como una de las mujeres más bellas del pasado siglo, Geraldine causaba sensación con su impecable estilo. El blanco era su color favorito, y en su armario podían encontrarse vestidos entallados a la cintura y faldas midi, siguiendo las tendencias del momento.
Falleció hace más de dos décadas -en 2002-, pero su recuerdo, en la boda de su nieto, estuvo más presente que nunca. No solo por el marco de excepción escogido para su enlace -el Château Appony, el majestuoso castillo en Eslovaquia que, en su día, fue residencia de los Apponyi, familia de Geraldine-, sino porque, antes del gran día, ya comentaban, en la revista Point de Vue, que querían rendirle un homenaje con su look a la reina de los albaneses, que ‘contemplaba’, desde dos preciosos retratos, a la feliz pareja de recién casados.
Un look con aire retro
Para su gran día, Blerta se decantó por una chaqueta estructurada, con botonadura en la parte de delante, que marcaba ligeramente su cintura. La combinó con una falda lápiz de largo midi y zapatos a tono.
Como accesorios, solo llevó un pequeño tocado con velo, tipo birdcage, su anillo, unos preciosos pendientes y un ramo de calas blancas, símbolo de pureza y sinónimo de un nuevo comienzo. El toque perfecto para un look nupcial que tenía cierto aire retro y evocaba a las mujeres de la aristocracia europea, como, en su día, fue Geraldine.
La joven que estaba destinada a convertirse en reina de los albaneses nació en el seno de una de las dinastías más antiguas de la aristocracia húngara, los Apponyi -que, en el siglo IX habían ayudado a instaurar la monarquía en el país-. Su padre era el conde Gyula Apponyi de Nagy y por sus ventas también corría sangre americana -su madre, Gladys Virginia Steuart, era hija de John Henry Steuart, un millonario estadounidense de origen escocés-.
Sin embargo, su infancia ‘entre algodones’ quedó pronto marcada por la muerte de su padre cuando apenas tenía nueve años.
Tras la pérdida, su madre decide poner tierra de por medio, instalándose con sus tres hijos -Geraldine tenía dos hermanos pequeños, Virginia y Gyula- en la Costa Azul francesa.
Un nuevo comienzo, aunque Geraldine no tardaría mucho en regresar a su Hungría natal. Cuando su madre volvió a encontrar el amor al lado de un militar francés, su familia paterna reclamó que los pequeños regresasen al país, pasando así al cuidado de su tía, la condesa Fanny Karolyi.
La 'rosa blanca' de Hungría
Geraldine comienza entonces a convertirse en el centro de todas las miradas. Su extraordinaria belleza no pasa desapercibida -su blanca piel y su predilección por la ropa blanca le vale el sobrenombre de la 'rosa blanca' de Hungría-. No tarda en destacar como una de las nobles más distinguidas del viejo continente, pero sería una fotografía tomada durante un baile en el Palacio Karolyi de Budapest -ella tenía 17- la que cambiaría su vida para siempre -aunque no de forma inmediata-.
En 1937, recibe una carta de una de las hermanas del rey Zog de Albania. Su hermano había quedado prendado tras ver su fotografía, así que la invitaban a pasar unos días en Tirana para organizar un encuentro con el monarca, que acaba de ser coronado -en 1928- y tenía veinte años más que ella. Geraldine hizo las maletas y finales de año, el Rey pedía su mano, regalándole cien rosas rojas.
El icono marcado por la tragedia
El 27 de abril de 1938, Geraldine daba el ‘sí, quiero’ al rey Zog en una fastuosa ceremonia civil en la que la novia llevó un impresionante vestido de satén blanco incrustado con perlas y diamantes que había confeccionado por la casa de Worth, una firma de alta costura parisina.
Había nacido un icono de elegancia clásica en la realeza europea, que llevaba diseños a medida de las grandes casas de moda, como Chanel.
La felicidad de la pareja no duraría mucho. Su reinado apenas duraría un año. Tras dar a luz al príncipe heredero Leka -padre del actual príncipe-, pronto tendría que abandonar el país.
Mussolini invadía Albania el 7 de abril de 1939 -el rey Víctor Manuel III de Italia era nombrado después Rey-, y la familia real partía al exilio, con Geraldine escondida en el maletero de un coche. Grecia, Turquía, Rumanía, Polonia, Suecia, Bélgica… hasta recalar en Londres, donde se instalan en el Hotel Ritz mientras dura la Segunda Guerra Mundial.
Cuando acaba la contienda, se desvanece la última oportunidad de regresar, puesto que Albania pasa a ser comunista.
Lejos de su país, los reyes parten primero a Egipto, donde fueron acogidos por el rey Faruq, que les ofreció una mansión en Alejandría. Tampoco sería su retiro definitivo. En 1952, todo vuelve a estallar, un golpe de Estado acaba con la monarquía egipcia, Geraldine, Zog y Leka se ven abocados, de nuevo, a hacer las maletas.
En esta ocasión, la reina vuelve a Cannes, al sur de Francia que tan bien conocía desde su juventud, donde llevan una vida muy discreta -sin muchos recursos- hasta que el 9 de abril de 1961, el rey Zog fallece en el Hospital Foch de París; y el joven Leka pasa a ser investido Rey en el Hotel Bristol de la ciudad del Sena -catorce años después, se casa con la australiana Cullen-Ward, con quien tuvo al actual príncipe Leka-.
Geraldine no se queda en Francia. Después de perder a su marido, se muda a Madrid y, más tarde recala en Sudáfrica, donde escribe sus memorias y se deshace de muchas de sus fabulosas joyas.
No sería hasta 2002 que la última y única reina de los albaneses volvía a pisar el país donde un día fue soberana, invitada por cuarenta parlamentarios, y fue allí donde dio su último suspiro. Cuatro meses después de volver, fallecía a causa de un ataque al corazón. Tenía 87 años.
Geraldine fue despedida con todos los honores y un funeral de estado en la Catedral de Shen Pjetri, y sus restos descansan para siempre en el Mausoleo Real de la capital albanesa, al lado del que fue su gran amor, el rey Zog.



















