Coger el móvil, escribir un mensaje, buscar las llaves... Las manos entran en nuestro campo de visión tantas veces al día que un esmalte puede darnos pequeñas alegrías sin pasar por el espejo. Ese rojo que nos encanta, el azul que jamás habríamos elegido (pero es tendencia pura) o el rosa que nos recuerda al verano. Máxima de Holanda, que lleva el gusto por el color de su armario también a la manicura, nos da una buena excusa para detenernos en ese placer cotidiano.
El rojo que ha llevado esta semana en su viaje a Ghana es uno de los tonos intensos a los que Máxima de Holanda vuelve a menudo. Sus manicuras nos dan ideas, pero también despiertan una curiosidad que va más allá de qué esmalte lleva. Se la trasladamos a Leticia Martín Enjuto, psicóloga general sanitaria y directora del centro de psicología que lleva su nombre en Valencia. ¿Por qué ver un color que nos gusta en las manos puede hacernos sentir un poco mejor?
Ese pequeño gusto que se repite durante el día
"El placer visual tiene un papel importante en nuestro bienestar cotidiano, aunque a veces no seamos conscientes de ello", explica Leticia. Con las uñas ocurre algo particular. Las vemos mientras hacemos cosas corrientes, sin buscarlas ni detenernos a comprobar nuestro aspecto. Elegir un tono que nos resulta atractivo puede convertirse, según la psicóloga, en una pequeña fuente de satisfacción.
No hace falta que el esmalte sea nuevo, llamativo ni tendencia. Basta con que nos guste. Puede ser el rojo al que siempre volvemos después de probar otro color o ese lila que nos saca una sonrisa al apoyar las manos sobre el teclado. "Son pequeños estímulos positivos que, sin transformar nuestro estado emocional por completo, pueden contribuir a mejorar cómo nos sentimos durante el día", señala.
Lo que ponemos nosotras en un color
El rojo tiene muchas asociaciones. Leticia menciona la seguridad, la pasión, la fuerza, la sensualidad y la energía como significados que hemos aprendido a relacionar con él en nuestra cultura. A eso se suman los recuerdos de cada una. Puede que nos lleve a las manos de nuestra madre o a una manicura que estrenamos para una ocasión especial.
"No significa que el rojo tenga un efecto psicológico universal, sino que el significado que le atribuimos puede influir en cómo nos percibimos", aclara. Por eso dos personas pueden llevar el mismo esmalte y vivirlo de formas distintas. También una misma mujer puede elegirlo hoy porque se siente con energía y mañana porque le apetece introducir un poco de ella en un día apagado.
De la cena especial a la mesa de reuniones
Podemos ponernos unas uñas rojas para salir a cenar y dudar antes de llevar ese mismo color a una reunión. El esmalte no ha cambiado. Lo que cambia, explica Leticia, es el contexto y las expectativas que asociamos a él. En una situación nos parece un detalle sofisticado; en otra, quizá anticipamos que va a llamar demasiado la atención.
La psicóloga sitúa aquí el miedo a la evaluación externa. Antes de que nadie diga nada, podemos haber imaginado ya su opinión. "Podemos llegar a autocensurar determinadas elecciones por temor a parecer excesivas, atrevidas o poco profesionales", señala. A veces el descarte ocurre en segundos, al sentarnos frente a la carta de colores y pedir otra vez el tono que menos se ve.
Tener en cuenta los códigos de un entorno no impide preguntarnos cuánto pesa esa mirada que estamos anticipando. ¿Preferimos de verdad un rosa discreto o estamos evitando un rojo que nos encanta? Y aunque es cierto que la respuesta puede cambiar según el día, lo interesante aquí es reconocer cuándo elegimos por gusto y cuándo por la necesidad de obtener aprobación.
Entre un toque de color y un esmalte intenso y cubriente caben muchos acabados. Aude Peyrefiche, directora nacional de Vitry España, explica que la cobertura determina cuánto se sigue viendo de la uña natural y señala que "dependiendo del número de capas, puede pasar de parecer un ligero tinte a adquirir una intensidad, sin llegar a bloquear por completo el fondo". Es una opción si nos apetece probar color sin renunciar a la transparencia. Podemos empezar por ahí, elegir un rojo opaco o volver al nude la semana siguiente. El gusto por la manicura no necesita convertirse en una prueba de atrevimiento.
Lo que cabe esperar de una manicura en un mal día
Leticia distingue entre elegir un color que acompaña nuestro ánimo y buscar con él un pequeño cambio. En ambos casos puede existir un componente de autocuidado. Reservarnos tiempo, disfrutar del proceso o ver las manos arregladas puede resultar agradable, también cuando el resto del día no lo es tanto. "Una manicura no va a resolver un problema emocional ni a eliminar un estado de tristeza, ansiedad o inseguridad, pero sí puede funcionar como un pequeño recurso de bienestar", explica. El valor puede estar en recuperar un rato propio y hacer algo que nos produce placer.
En la misma línea, la psicóloga Patricia Sánchez aporta una reflexión sobre el maquillaje que también ayuda a situar este gusto por arreglarnos. "Elegir maquillarte de manera consciente es hacerlo sin que eso te defina a ti como persona", señala, y añade que tampoco define lo que valemos. Disfrutar de un color cabe dentro de esa libertad, igual que no tener ganas de llevarlo.
Volvemos a las manos de Máxima y, después, a las nuestras. Puede que la próxima vez pidamos rojo. O azul. O el mismo rosa de siempre, porque resulta que es el que más nos gusta.










