"La moda y el perfume son como dos vasos comunicantes que se alimentan el uno al otro. Y eso desde Je reviens, el primer perfume de Worth (Charles Frederick, 1825-1895), que a su vez fue el primer nombre propio de la moda. O sea, desde hace más de un siglo no hay gran casa de moda sin su división de fragancias”, reflexiona Lola Gavarrón, escritora, periodista y Académica de Mérito de la Academia del Perfume, donde ocupa el sillón Amapola.
Esta relación tan especial, sin hilo visible, pero con puntada fina, ha dado lugar a obras líquidas que, hoy, a pesar de una desbordante oferta en el mercado, siguen siendo un éxito. Repasamos su historia.
Un pañuelo y un anillo
El primer perfume de Givenchy tiene como protagonistas a unpañuelo de seda y a Audrey Hepburn a quien el diseñador había conocido cuando se acercó a su taller en busca de vestuario para Sabrina. Cuenta Eloy de la Pera, historiador de moda y amigo personal de Hubert, que este defendía que el perfume debía vaporizarse sobre un pañuelo para apreciar realmente su evolución. Y así le presentó a la estrella de Vacaciones en Roma (fan como era, además, de una prenda con la que le gustaba cubrir su cabeza, su cuello o su cintura de avispa) una fragancia que había ideado exclusivamente para ella y que había encargado al perfumista Francis Fabron.
La moda y el perfume son como dos vasos comunicantes que, desde hace más de un siglo, se alimentan el uno al otro
Corría el año 1954. El pañuelo quedó olvidado en el atelier de Givenchy, despertando la curiosidad de todo aquel que se acercaba por ahí. Cuando, tres años más tarde, el couturier decidió comercializar el perfume, la actriz le espetó divertida: "Mais, je vous l’interdis" ("¡Te lo prohíbo!"), una exclamación que acabó por dar nombre a L’Interdit. En 2018, la maison decidía relanzarlo manteniendo prácticamente intacto el frasco original y con un jugo actualizado de flores blancas (azahar, jazmín y nardo) y maderas oscuras (vetiver y pachulí).
Otro accesorio, esta vez un anillo, desencadenaría el alumbramiento de Eternity, el icónico perfume de Calvin Klein, nacido a finales de los ochenta a partir de una de las historias más románticas que se conocen en el mundo de la perfumería. Con el fin de sellar su compromiso con Kelly Rector, el diseñador americano adquirió en una subasta de las joyas que habían pertenecido a la duquesa de Windsor una sortija que llevaba grabada en su interior la palabra "Eternity".
Se la regaló a su amada en 1986 y, dos años más tarde, la perfumista Sophia Grojsman tradujo el mensaje de la joya en un luminoso bouquet floral que sigue en plena forma cuatro décadas después gracias a un mensaje de amor y compromiso para toda la vida.
Notas de libertad
Deseaba que no se pareciese a ningún otro, pero, sobre todo, que no oliese a flores de forma descarada, como lo hacían las fragancias femeninas de la época, que giraban en torno a la violeta, el muguet o el jazmín. Con el Nº5, creado en 1921 por Ernst Beaux, Gabrielle Chanel liberaba a las mujeres de su pasado olfativo y les ofrecía una alternativa revolucionaria donde, por primera vez, junto a la rosa de mayo y el jazmín de Grasse, se utilizaban moléculas sintéticas -aldehídos- para realzar la faceta de “olor a limpio” del aroma.
Si a nivel perfumístico el número mágico supuso un antes y un después, su diseño, un formato plano parecido al de una petaca de alcohol que abrazaba el minimalismo, haciendo suya la famosa frase de Coco “siempre quitar, nunca añadir”, nacía con intención de salir del tocador y acompañar el movimiento y la velocidad, con un lugar en el bolso o en el neceser de viaje como un complemento más listo para ser usado.
“La moda no solo está hecha para embellecer a las mujeres, sino para permitirles aceptarse”, decía Yves Saint Laurent
De la femineidad entendida en un único sentido también nos quiso liberar Yves Saint Laurent cuando creó trajes de chaqueta que, además de ofrecer comodidad, eran una poderosa herramienta igualitaria. “La moda no solo está hecha para embellecer a las mujeres, sino también para darles seguridad y confianza y permitirles aceptarse” fue uno de sus célebres aforismos. La fragancia Libre, líder a nivel mundial, no solo exalta desde su nombre la cualidad más característica de Monsier, sino que hace suyos los códigos de la firma, con el famoso monograma Cassandre y un hilo dorado que sella el frasco como un collar.
Llegarían los noventa, en concreto 1992, y Manfred Thierry Mugler haría historia con Angel, un perfume goloso con notas de repostería, impropio para la época, que preconizaba la ahora tan de moda familia olfativa gourmand. Su silueta de estrella y su formato recargable -pionero en la industria- supusieron un auténtico desafío técnico, hecho realidad gracias a los maestros vidrieros de Verrerie Brosse. “Es algo con lo que me identifico: las estrellas son una realidad y un sueño al mismo tiempo”, reflexionaba Mugler.
Código líquido
“El perfume es un gasto aspiracional. La inmensa mayoría no podrá permitirse nunca un bolso de Chanel o Dior, pero llevando una de sus fragancias la ilusión es la de pertenecer a ese pequeño mundo de ‘iniciados’”, aduce Lola Gavarrón. Son muchas las firmas de moda que aprovechan este anhelo para volcar en sus perfumes el lenguaje visual que identifica a sus prendas. Así, Max Mara ha sido la última marca en convertir el abrigo 101801 -quizá su pieza más icónica- en perfume, uno que abriga y brinda comodidad al instante con un jugo que revela la faceta más cremosa del nardo.
El perfume de una gran firma de moda es un gasto aspiracional que crea la ilusión de pertenecer a un grupo de iniciados
Prada y Miu Miu, ambos bajo el paraguas del lujo del Grupo L’Oréal, honran los códigos estéticos de sus casas madre con las fragancias Paradoxe y Miutine, que en el caso de la primera se inspira en el famoso triángulo de la firma, y la segunda, en el emblemático cuero matelassé de la maison. Mientras, Dolce & Gabbana reproduce en su línea Devotion el Sagrado Corazón, recurrente en sus creaciones, y Roberto Cavalli roza en Serpentine la literalidad de perfume-joya con una serpiente dorada que se desenrosca y se convierte en pulsera.
El metalenguaje de los accesorios está presente en Good Girl, de Carolina Herrera, un stiletto que se versiona por temporadas para estrenar como se estrenan zapatos nuevos, y la silueta de Karl Lagerfeld en Ikonik, gafas incluidas, es una pieza de moda más (una kitch que, apostamos, el propio Karl habría llevado).
“La elegancia no consiste en llamar la atención, sino en ser recordado”, decía Giorgio Armani. Y trasladó esta premisa a los accesorios, que nunca sobrecargaban la silueta, y a los perfumes, talismanes silenciosos sobre los que mantuvo el control creativo hasta su muerte, en septiembre de 2025. Similar estela maestra nos dejaba Valentino Garavani, quien fallecía a principios de este año. Vendetta, el flamante nuevo lanzamiento de la firma, le rinde un homenaje único con la letra “V” colonizando el frasco y un baño del intenso Rosso Valentino para una última capa de nuestra vestimenta que significa seguridad, fuente de felicidad y broche invisible.




























