Existen personas cuyo afán de conocimiento parece superar cualquier límite, cuyas ganas pueden más que cualquier obstáculo o puerta cerrada, y cuyo paso por la Tierra se mide en vidas salvadas. Ho Wang Lee fue una de ellas.
Aunque el mundo se despidió de este eminente virólogo surcoreano en 2022, su nombre vuelve hoy a los titulares debido al reciente brote de hantavirus detectado en el crucero MV Hondius, un episodio que ha vuelto a poner en alerta a la sanidad internacional y ha devuelto al foco una enfermedad tan rara como inquietante, transmitida principalmente por roedores y capaz de provocar cuadros graves. Según la OMS, el brote vinculado al viaje del buque ha afectado a pasajeros de varios países y ha obligado a activar tareas de rastreo y vigilancia internacional. Reuters ha informado de tres fallecidos y varios casos confirmados o sospechosos, aunque las autoridades sanitarias insisten en que el riesgo para la población general sigue siendo bajo.
En España, el hantavirus saltó realmente a la conversación pública hace apenas un año, cuando la muerte del actor Gene Hackman y su mujer en Nuevo México hizo que muchas personas escucharan por primera vez el nombre de esta enfermedad transmitida principalmente por roedores.
Pero mucho antes de que el hantavirus llegara a los titulares por un crucero o por Hollywood, hubo un hombre que dedicó casi toda su vida a perseguirlo.
El "Pasteur de Corea" y el misterio del río Hantaan
La historia de Ho Wang Lee parece sacada de un thriller médico. Durante la Guerra de Corea, entre 1951 y 1953, más de 3.000 soldados coreanos y de Naciones Unidas enfermaron de una dolencia extraña que los médicos occidentales no lograban comprender. La llamaron fiebre hemorrágica coreana. Provocaba fiebre alta, hemorragias, shock e insuficiencia renal, y llegó a tener una mortalidad cercana al 10%.
Durante más de dos décadas, científicos de todo el mundo intentaron descubrir qué estaba causando aquella enfermedad. Se habló de bacterias, hongos, toxinas vegetales, ácaros y múltiples hipótesis que nunca terminaban de encajar.
Ho Wang Lee, nacido en 1928 en una región que hoy forma parte de Corea del Norte, conocía bien el peso de la guerra y de las enfermedades infecciosas. Estudió Medicina en la Universidad Nacional de Seúl, amplió su formación en la Universidad de Minnesota y acabó convirtiéndose en profesor de Microbiología. Pero aquella fiebre misteriosa terminaría marcando toda su carrera, logrando dejar grabado su nombre para la historia.
¿Qué es el hantavirus y cómo se transmite?
Lee comenzó a investigar la enfermedad en la década de 1960 y durante años apenas obtuvo avances, pero no se dio por vencido y mientras otros investigadores buscaban respuestas sin éxito, él decidió mirar hacia los roedores.
En 1976, su equipo detectó un antígeno en los tejidos pulmonares de ratones de campo capturados cerca del río Hantan, en la zona centro-occidental de la península coreana. El hallazgo fue decisivo. Dos años después consiguió aislar el virus y, en 1980, recibió oficialmente el nombre de virus Hantaan, en honor al río que había marcado el inicio de la investigación.
Aquel descubrimiento fue monumental. No solo identificó el agente responsable de la enfermedad, sino una familia completamente nueva de virus transmitidos por roedores que hasta entonces permanecían prácticamente ocultos para la medicina.
El virus Hantaan infecta a los humanos cuando partículas presentes en la orina, saliva o heces de roedores infectados se secan, se propagan por el aire y entran en los pulmones al respirar.
Durante la investigación, Lee y varios miembros de su equipo estuvieron expuestos a ese riesgo. Algunos enfermaron mientras manipulaban muestras y animales infectados. En aquella época, las condiciones de seguridad eran aún bastante precarias y trabajar con un virus desconocido implicaba moverse prácticamente a ciegas.
Aun así, Lee siguió adelante. Su empeño acabaría llevando al desarrollo de herramientas de diagnóstico y, años después, a la creación de una vacuna.
El virus de Seúl
La historia no terminó con el virus Hantaan. Poco después, Ho Wang Lee identificó también el llamado virus de Seúl, relacionado con ratas domésticas.
Ese descubrimiento cambió por completo la percepción de la enfermedad, porque demostraba que los hantavirus no estaban ligados únicamente a campos o zonas rurales. También podían aparecer en ciudades.
El caso que abrió esa vía fue el de un guardia de seguridad de un edificio de apartamentos en Seúl que enfermó tras atrapar una rata doméstica. El equipo de Lee analizó roedores recogidos en la zona y encontró un nuevo virus cuyo huésped natural eran las ratas comunes, capaces de desplazarse con los humanos en barcos, trenes, coches o aviones.
Aquello confirmó que el hantavirus era mucho más complejo y global de lo que se pensaba.
La primera vacuna y el Nobel que nunca llegó
Por todo ello, Ho Wang Lee fue conocido como el "Pasteur de Corea". No solo descubrió el virus: también ayudó a desarrollar herramientas de diagnóstico rápido y la primera vacuna contra la fiebre hemorrágica con síndrome renal.
La vacuna, llamada Hantavax, fue autorizada en Corea del Sur en 1990 y administrada durante años a miles de soldados coreanos, aunque nunca llegó a aprobarse en Estados Unidos ni en Europa.
Lee publicó cientos de trabajos científicos, colaboró con la OMS, impulsó redes internacionales dedicadas al estudio de los hantavirus y formó a generaciones de investigadores. En 2021, incluso apareció en listas de científicos considerados candidatos al Premio Nobel por el impacto mundial de sus descubrimientos.El Nobel nunca llegó. Pero su legado sí.
El hombre que dedicó su vida a cazar un virus
Ho Wang Lee falleció en Seúl el 5 de julio de 2022, a los 93 años. Apasionado del golf, mentor de jóvenes científicos y obsesionado con resolver enfermedades que otros daban por imposibles, dejó una huella enorme en la historia de la medicina moderna.
Hoy, mientras los médicos vigilan nuevos brotes y estudian casos relacionados con viajes internacionales, la figura de este científico coreano vuelve a cobrar sentido.
Porque como él mismo decía: "Para un científico, la coincidencia es un regalo que surge del entusiasmo y el esfuerzo".








