Durante años se ha repetido que el golf está en declive, que es un deporte del pasado y que ha perdido peso en el mundo de los negocios. Pero basta con mirar quién sigue practicándolo para darse cuenta de que esa idea es, como mínimo, engañosa.
Mientras se anuncia su desaparición, el golf continúa siendo el pasatiempo favorito de directores ejecutivos, magnates y estrellas. Y no parece una casualidad.
Existe un dicho en Wall Street que lo resume todo:
"Si quieres saber cómo es alguien realmente, no mires su currículum; juega 18 hoyos con él".
Porque en el campo no hay pantallas ni discursos preparados. Solo decisiones, errores y forma de reaccionar ante ellos. Y ahí, sin que lo parezca, se juegan cosas importantes.
Un dato que lo explica todo: quién juega… gana más
Las cifras ayudan a entender por qué este deporte sigue tan vivo en las altas esferas. Se estima que cerca del 90% de los CEOs de las empresas Fortune 500, es decir, las 500 compañías con más ingresos de Estados Unidos, juegan al golf.
Pero hay un dato aún más llamativo: los ejecutivos que lo practican ganan, de media, un 17% más que los que no lo hacen.
Porque el golf no es solo ocio. Es tiempo de calidad. Una partida dura entre cuatro y cinco horas, sin interrupciones, sin prisas y sin la presión de la siguiente reunión. Algo prácticamente imposible en una agenda empresarial.
Muchos directivos lo reconocen sin rodeos: han conocido mejor a un socio en 18 hoyos que en años de reuniones formales.
Cuatro horas que valen más que cien reuniones
En un mundo dominado por videollamadas, móviles sonando y agendas imposibles, el golf ofrece algo cada vez más escaso, tranquilidad y conversación real sin tantas interrupciones.
Entre golpe y golpe surgen ideas, dudas y opiniones que no aparecerían en una sala de juntas. El entorno también influye: naturaleza, silencio y pausas constantes que reducen la tensión y favorecen la confianza.
No es lo mismo negociar bajo luces blancas que hacerlo caminando entre árboles o conduciendo un buggy.
Por eso figuras como Bill Gates han convertido el golf en una vía de desconexión y socialización, combinando ocio con conversaciones estratégicas lejos del ruido de una oficina.
Un juego como un test de personalidad
El golf tiene algo que lo hace especialmente valioso para quienes toman decisiones importantes: es imposible fingir.
Cada jugador cuenta sus propios golpes. Gestiona su frustración. Decide si respeta las reglas cuando nadie mira.
Para muchos líderes, eso lo convierte en un "test" mucho más fiable que cualquier entrevista.
Warren Buffett lo ha resumido en varias ocasiones: el golf revela mejor que ningún otro entorno cómo afronta una persona la presión, el fracaso o la honestidad.
Si alguien pierde los nervios tras un mal golpe… probablemente también lo haga en una negociación.
Donde nacen relaciones y negocios millonarios
A diferencia del networking forzado de eventos y conferencias, el golf crea relaciones de forma natural.
Cuatro horas caminando juntos rompen jerarquías. No hay mesas, ni presentaciones, ni cargos visibles. Solo personas.
Muchos ejecutivos reconocen que algunas de sus relaciones más importantes comenzaron en un campo de golf. Y que acuerdos millonarios se han gestado entre el primer y el último hoyo dieciocho.
Y luego llega el famoso "hoyo 19": el "nos tomamos algo después", donde esas conversaciones se transforman en firmes decisiones.
Estrategia, paciencia… y visión a largo plazo
El golf no es un deporte de resultados inmediatos. Cada golpe exige planificación, análisis de riesgos y aceptar que no todo saldrá bien. Exactamente lo mismo que dirigir una empresa.
Por eso perfiles como Jack Ma se engancharon al golf al descubrir que era una forma de entrenar la calma, la estrategia y la visión a largo plazo.
Aquí no gana el que más corre, sino el que mejor piensa.
Una pausa que, paradójicamente, aumenta la productividad
La presión constante agota la creatividad y aumenta el estrés. El golf ofrece una vía de escape bastante "jerarquizada" pues se requiere concentración, pero también silencio, aire libre y movimiento.
Muchos directivos admiten que sus mejores ideas no surgieron frente a una pantalla, sino caminando por un campo de golf.
Desconectar, en este caso, no es perder el tiempo. Es recuperarlo.
Los nombres que confirman la regla
La lista de ejecutivos y estrellas enganchados al golf es larga… y reveladora.
Desde líderes empresariales como Tim Cook o Ana Botín, hasta magnates como Donald Trump, que ha convertido el golf en parte de su marca personal.
En el deporte, figuras como Rafael Nadal o Pep Guardiola lo utilizan para "limpiar la cabeza" de la presión competitiva.
Y en Hollywood, nombres como Samuel L. Jackson, que incluye cláusulas para poder jugar durante rodajes, o Mark Wahlberg, capaz de levantarse a las 4 de la mañana para completar 18 hoyos, demuestran que no es solo un deporte, sino casi una obsesión.
El caso más extremo es probablemente Michael Jordan, que llegó a construir su propio campo privado en Florida y es famoso por competir con la misma intensidad que en la NBA.
Un deporte discreto… pero con más poder del que parece
Parte del éxito del golf está en su discreción. No es ostentoso ni ruidoso. No parece una herramienta de negocios y, precisamente por eso, funciona.
Los acuerdos que se gestan en el campo rara vez se anuncian allí mismo. El trabajo real ocurre sin presión, sin focos y sin guion, en conversaciones que surgen de forma natural entre golpe y golpe.
Para muchos ejecutivos, ahí está la clave: el golf es personal. Ofrece exclusividad sin alardes y relaciones que no caben en una agenda de 30 minutos.
Porque, aunque pueda parecer solo un deporte tranquilo, para quienes dirigen empresas o gestionan grandes decisiones es mucho más que un hobby. Es un espacio donde se observa, se escucha… y donde, a veces, se toman decisiones que no quedan por escrito, pero que acaban cambiándolo todo.











