Deja de llover. Sale el sol. Y todos respiramos aliviados. Pero lo más delicado puede estar ocurriendo justo entonces, cuando ya no miramos al cielo, sino que caminamos confiados sobre un terreno que sigue cambiando por dentro.
Tras días de precipitaciones intensas, el suelo en algunas zonas ha alcanzado niveles elevados de saturación. “En suelos arcillosos y con pendientes acusadas, el exceso de agua puede reducir la cohesión del terreno y favorecer deslizamientos”, explica Isabel María Martín Pisonero, vicesecretaria del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos (ICOG). En macizos rocosos, el agua se infiltra por fracturas invisibles, aumenta la presión interna y debilita los planos de ruptura.
El riesgo, advierte la geóloga, no siempre coincide con el momento de máxima lluvia. A veces aparece después: cuando el terreno empieza a drenar, cuando la altura a la que se encuentra el agua subterránea bajo el suelo o cuando la presión acumulada busca salida. Es ahí cuando pueden producirse desprendimientos, hundimientos puntuales o movimientos de ladera.
Pantanos casi llenos, suelos empapados, ríos que han modelado de nuevo sus cauces… El temporal termina en la superficie. Bajo nuestros pies, el ajuste apenas empieza.
Tras tantos días de lluvias intensas, el suelo alcanza el punto de saturación. ¿Qué está ocurriendo exactamente bajo nuestros pies y por qué el riesgo de desprendimientos y hundimientos puede aumentar justo cuando deja de llover y vuelve el sol?
Desde el punto de vista geológico, conviene diferenciar entre dos medios claramente distintos: el suelo y la roca. En el caso del suelo, en algunas zonas de la península ibérica se ha alcanzado efectivamente un grado elevado de saturación hídrica. Allí donde confluyen suelos arcillosos y pendientes acusadas, este exceso de agua puede reducir la cohesión del terreno y favorecer la aparición de deslizamientos. No obstante, estos procesos no se producen de forma generalizada, ya que la estabilidad depende de múltiples factores locales, como la geometría de la ladera, la estructura del terreno o el drenaje natural.
En los macizos rocosos el mecanismo es diferente. El agua se infiltra a través de fracturas y diaclasas, incrementando la presión interna y debilitando los planos de discontinuidad. Esto puede desencadenar desprendimientos de bloques rocosos, cuyo volumen y peligrosidad varían en función de las características estructurales de la roca.
¿Cómo afecta este exceso de agua a los cimientos de edificios, carreteras y vías férreas, especialmente en zonas urbanas antiguas? ¿Es realista esperar la aparición de socavones o grietas estructurales en las próximas semanas?
En la mayoría de los entornos urbanos no se esperan afecciones significativas. Las aguas pluviales se evacuan mediante redes de drenaje subterráneo y alcantarillado, que conducen el caudal hacia estaciones depuradoras antes de su vertido a los ríos. En grandes ciudades, como Madrid, existen además tanques de tormenta que permiten almacenar temporalmente el agua para evitar el colapso de las depuradoras durante episodios de lluvia intensa.
Sin embargo, en áreas concretas con litologías especiales, como las regiones de acuíferos kársticos —por ejemplo, en la Serranía de Ronda—, pueden producirse colapsos puntuales del terreno o dolinas. Estos fenómenos no suelen coincidir con el momento de máxima recarga, sino con la fase de descenso del nivel freático, cuando se generan efectos de succión o descompresión en cavidades previamente inundadas.
Las presas están diseñadas para soportar grandes volúmenes de agua, pero ¿qué ocurre cuando un embalse pasa del 20% al 90% de su capacidad en muy poco tiempo? ¿Existe algún tipo de riesgo para el terreno que las sustenta?
Las presas, con independencia de su tipología —ya sean de hormigón (de gravedad o abovedadas) o de materiales sueltos—, están diseñadas para soportar el 100% de su capacidad máxima. Asimismo, se calculan para resistir incrementos rápidos del nivel del agua, como los que se producen durante grandes avenidas. Por tanto, desde el punto de vista estructural, estos aumentos acelerados de volumen no representan un problema para la estabilidad de las presas ni para su cimentación siempre que su mantenimiento sea correcto. Curiosamente, suele ser más preocupante desde el punto de vista de estabilidad geotécnica el desembalse rápido, ya que el terreno que alberga el embalse descarga el agua subterránea más lentamente, lo que puede generar situaciones más críticas.
En grandes ciudades, como Madrid, existen además tanques de tormenta que permiten almacenar temporalmente el agua para evitar el colapso de las depuradoras durante episodios de lluvia intensa.
Más allá del agua, las lluvias arrastran enormes cantidades de sedimentos. ¿Cómo afecta esto a los pantanos y a la calidad del agua que beberemos en los próximos meses?
Durante las inundaciones, los sedimentos transportados por los ríos se depositan mayoritariamente en el vaso de los embalses. Por este motivo, las tomas de agua para abastecimiento se sitúan a cierta altura sobre el lecho, evitando la captación directa de materiales en suspensión.
Con el paso del tiempo, la acumulación de sedimentos puede reducir la capacidad de almacenamiento, lo que obliga a realizar actuaciones periódicas de mantenimiento. Estas incluyen la apertura de desagües de fondo para evacuar materiales o la retirada mecánica mediante dragado desde barcazas.
En cuanto a la calidad del agua, no se ve comprometida, ya que el agua tomada de los embalses pasa por procesos de tratamiento que incluyen desarenado, filtrado y desinfección química, como la cloración. En el caso de los acuíferos, tras episodios de lluvias intensas puede observarse un aumento temporal de la turbidez, debido a la movilización de sedimentos finos.
Tras temporales como este, ¿pueden los ríos cambiar su cauce o su comportamiento de forma permanente? ¿Es posible que zonas que antes no eran inundables dejen de ser seguras a partir de ahora?
Los ríos son elementos de modelado del paisaje que se encuentran geológicamente vivos. Las crecidas extraordinarias pueden alterar la morfología fluvial, tanto del cauce como de las riberas. Entre los cambios más habituales se encuentran el ensanchamiento del lecho, la profundización del canal principal, la formación de barras de grava o incluso el corte de meandros. No obstante, estos ajustes geomorfológicos no suelen modificar de manera sustancial la delimitación de las zonas inundables ya conocidas. En términos generales, las áreas consideradas seguras continúan siéndolo tras el episodio.
Los ríos son elementos de modelado del paisaje que se encuentran geológicamente vivos. Las crecidas extraordinarias pueden alterar la morfología fluvial, tanto del cauce como de las riberas
Mucha gente cree que tanta lluvia soluciona el problema del agua. Desde el punto de vista geológico, ¿cuánta de esta agua llega realmente a los acuíferos profundos y cuánta se pierde rápidamente sin poder almacenarse?
Los episodios de lluvias intensas y persistentes son fundamentales para la recarga hídrica. Gracias a ellos se llenan los embalses con capacidad de regulación interanual, garantizando el suministro durante varios años. Asimismo, los acuíferos situados en regiones donde las precipitaciones han superado la media anual experimentan una recarga significativa, lo que permite mantener manantiales y reservas subterráneas durante un periodo prolongado.
No obstante ciertamente una parte del agua caída, ya sea en episodios de lluvias intensas o no, se pierde o va directa al lecho marino, bien porque los ríos que las transportan no tienen mecanismos de retención de la misma, es decir presas, o bien porque en el caso de existir como estamos viendo en estos momentos, se alcanza el nivel mas alto de almacenamiento y por seguridad para las poblaciones que se encuentran aguas abajo es necesario realizar un desembalse preventivo de manera que se mantengan las presas dentro de los límites de seguridad.
En zonas como Grazalema se habla de riesgo persistente de colapso de laderas. ¿Qué señales concretas —grietas, ruidos, cambios en manantiales— debería vigilar un ciudadano para saber que el terreno puede moverse?
En Grazalema no se identifica un riesgo generalizado de colapso del terreno. Durante el episodio de lluvias se han registrado entradas de agua en algunas viviendas y calles concretas, pero estos flujos ya han cesado. En la fase actual se llevará a cabo un reconocimiento geológico y geofísico detallado para detectar la posible presencia de cavidades superficiales y evaluar si existe algún punto con riesgo puntual de hundimiento. En ningún caso se trata de un problema extensivo a todo el municipio.
Los principales signos de desestabilización que se observan en las viviendas motivados por cambios en el terreno se perciben como fisuras o grietas, generalmente en la tabiquería, que deben ser vigiladas por profesionales mediante la colocación de testigos que permitan medir su evolución en el tiempo y verificar cuál es la causa.
Los episodios de lluvias intensas y persistentes son fundamentales para la recarga hídrica. Gracias a ellos se llenan los embalses con capacidad de regulación interanual, garantizando el suministro durante varios años.
Si tuviera que señalar ahora mismo el tipo de terreno o infraestructura que más le preocupa tras este episodio de lluvias, ¿cuál sería y por qué deberíamos estar atentos en las próximas semanas?
Las zonas que merecen mayor atención son aquellas donde coinciden dos factores: una elevada intensidad y persistencia de las precipitaciones —como ha ocurrido en el suroeste peninsular— y la presencia de litologías susceptibles a la inestabilidad. En suelos arcillosos aumenta la probabilidad de deslizamientos, mientras que en áreas rocosas fracturadas el principal riesgo son los desprendimientos. Es en estos entornos donde resulta más recomendable intensificar la vigilancia en las semanas posteriores al temporal.








