Una tiara ha vuelto a traer a la memoria de Italia una de sus princesas del pasado. Una que, por infortunios del destino, terminó protagonizando una trágica historia. Mafalda de Saboya murió en el campo de concentración de Buchenwald, en 1944, pero una de sus piezas más icónicas consiguió sobrevivir la contienda que partió el mundo en dos, y ahora acaba de rescatarla, de nuevo, una de sus bisnietas, que hace unas semanas protagonizaba una de las bodas de la temporada.
Polissena Galdo, hija de la princesa Mafalda de Hesse y nieta del príncipe Mauricio de Hesse -uno de los cuatro hijos de la princesa Mafalda de Saboya-, se ha casado con Francesco Saverio Servale en la Costa Amalfitana, según informan medios italianos.
El suyo era un discreto 'sí, quiero' que prometía reunir a la alta sociedad europea, sin embargo, no fueron los invitados los que atrajeron todas las miradas, sino la espectacular joya que prendía su velo: la tiara de espigas de trigo de Hesse, la misma que el 23 de septiembre de 1925 su bisabuela llevó en su enlace con el príncipe Felipe de Hesse en el castillo familiar de Racconiggi, y su madre.
La boda real que unió a dos potencias rivales
Hija del rey de Italia Víctor Manuel III y de Elena de Montenegro -madrina de bautismo de la reina Sofía-, la princesa nació en el Palacio del Quirinal, en Roma, y creció entre los salones de palacio y de Villa Saboya, a las afueras de la capital.
Su unión con el príncipe Felipe de Hesse-Kassel -que era sobrino del Káiser Guillermo II de Alemania-, unía dos dinastías, pero, también, dos países que acababan de ser rivales en la primera Guerra Mundial.
La pareja convirtió Villa Polissena en su hogar y tuvieron cuatro hijos -Mauricio, Enrique, Odón e Isabel-. Hasta aquí, todo lo que se podía esperar de un matrimonio real.
Sin embargo, su suerte cambió en 1930, cuando su marido tomó una arriesgada decisión. Se afilió al partido nazi, y se acercó peligrosamente a Hitler, quien llegó a nombrarle gobernador de la provincia de Hesse-Nassau, y había visto en él una ventaja: al fin y al cabo, era yerno del Rey de Italia.
Su vida comenzó a transcurrir entonces entre Italia y Alemania, hasta 1943, el año que lo cambiaría todo.
El padre de la princesa mandó detener a Benito Mussolini, y Hitler se sintió traicionado. Las represalias no tardarían en llegar.
Un tesoro enterrado
Un mes después, su cuñado Boris III de Bulgaria, marido de su hermana, la reina Juana -padres del rey Simeón II de Bulgaria- fallecía en extrañas circunstancias tras mantener una tensa entrevista con Hitler. Mafalda no lo dudó ni un momento y viajó hasta Sofía para estar a su lado, no sin antes tomar otra decisión, quizá en vista de los tiempos turbulentos que azotaban Europa: enterrar todas sus joyas en el jardín.
En una caja de hojalata, guardó algunas de sus joyas más valiosas -entre ellas, la tiara de espigas de la Casa Hesse que su marido le había regalado por su boda-. El secreto sólo lo sabrían uno de sus hijos y su madre.
Mafalda no podía quedarse en Bulgaria por mucho tiempo, sus hijos se habían quedado en Italia -que fue ocupada por las tropas de la Alemania nazi a principios de septiembre-, así que debía cruzar un continente en guerra.
De la 'Operación Abeba' a la tragedia de Buchenwald
Lo que no sospechaba la princesa es que Hitler había puesto a su cabeza un ‘precio’ -la llamada Operación Adeba para capturar a los miembros de la familia real-. El 22 de septiembre de 1943, fue arrestada y trasladada a Alemania, bajo la promesa de que se encontraría a su marido.
Aquello no sucedería. Su destino final era el campo de concentración de Buchenwald, donde le dieron un nuevo nombre -Frau Weber- para que pasase desapercibida, y la separaron del resto de prisioneros.
En agosto de 1944, las bombas de los aliados comenzaron a caer sobre el campo, y Mafalda resultaría herida. No logró sobrevivir. Fue enterrada en una fosa común, y enterrada con un número '262, una mujer desconocida.'
Su familia corrió mejor suerte, pero no fue hasta la rendición de Alemania, en 1945, cuando se enteraron de su fallecimiento y pudieron darle sepultura en el castillo de Kronberg.
Según cuentan, en cuanto volvió la paz, su madre mandó recuperar la caja, pero no estaban todas, sí la tiara de espigas de diamantes.








