La llegada del primer nieto de Rosario Flores, el pasado 3 de junio, ha devuelto a la actualidad a una figura que llevaba años en un discreto segundo plano: Carlos Orellana, el padre de Lola —la hija mayor de la artista— y ahora feliz abuelo del nuevo miembro del clan Flores. Su nombre regresa al foco mediático en un momento especialmente feliz para toda la familia como es el nacimiento de un niño.
Rosario y Carlos se conocieron en Buenos Aires a finales de 1995, en uno de los periodos más duros de la vida de la cantante. En mayo de ese año, la cantante acababa de perder a su madre, Lola Flores, y a su hermano Antonio con apenas dos semanas de diferencia. En medio de ese dolor, el bailarín y modelo argentino se convirtió en un apoyo inesperado para la pequeña de los Flores. Aunque su amor fue tan intenso como breve.
En 1996 nació Lola Orellana, su primogénita. Para Rosario, la llegada de su hija fue 'un regalo del cielo'. Ella misma lo ha contado en alguna ocasión: “Me quedé embarazada a los seis meses de que se fuera mi hermano. También sé que mi madre me mandó a Lola para que no me volviera loca, porque lo único que quería era destrozarme, me maltrataba”. A pesar de esa felicidad, la relación de pareja no terminó de funcionar y anunciaron su separación en mayo de 1997. Venían, como reconocieron entonces, de “dos mundos diferentes”. Aun así, siempre mantuvieron una relación cordial, con el bienestar de su hija como prioridad.
El camino interior que lo llevó a la biodanza
Con el paso del tiempo, Carlos se fue alejando del foco mediático. Tras una etapa más visible —incluida su participación en Gran Hermano VIP en 2004— decidió dar un giro profundo a su vida. Se instaló en Vitoria, donde encontró una vocación que lo transformó por completo: la biodanza, una disciplina que une música, movimiento y trabajo emocional. Hoy dirige, junto a su pareja, Rakel Ampudia, dos escuelas en el País Vasco, donde imparte clases y acompaña procesos personales desde una mirada mucho más profunda.
Su biografía, publicada en la web de la escuela, ayuda a entender ese camino. Nacido en Buenos Aires, creció en un ambiente donde ya se intuía el nacimiento del movimiento de biodanza. Desde adolescente sintió una fuerte conexión con sus raíces andinas, lo que lo llevó a viajar por el norte de Argentina, Bolivia y Perú, donde tuvo contacto con las enseñanzas de los Abuelos y Abuelas andinos, guardianes de una sabiduría ancestral que marcó su manera de entender el cuerpo, la espiritualidad y el vínculo con los demás.
En 1996, tras lo que él mismo describe como “circunstancias personales de gran impacto”, se estableció en Europa. Poco después se convirtió en uno de los impulsores de la Escuela de Biodanza del País Vasco, en Vitoria-Gasteiz, un proyecto que ha mantenido vivo durante décadas. En entrevistas concedidas a medios locales ha explicado cómo esta práctica le permitió reconstruirse: “La biodanza me ha hecho centrarme mucho. Ha habido momentos duros, pero la vida continúa y sale el sol de nuevo”.
Con Rakel ha formado una nueva familia y tiene dos hijos más, hermanos pequeños de Lola. A pesar de la distancia geográfica y de su vida discreta, mantiene una relación estable y cercana con su hija mayor, que siempre ha preferido mantenerse al margen del foco mediático y dedicarse al cine, la fotografía y las artes visuales.
Un abuelo feliz en la sombra
El nacimiento del primer hijo de Lola y su pareja, el músico Cosme Daniel de Juan, ha sido recibida con enorme alegría por ambas ramas de la familia. Después de seis años de relación, con la llegada de este bebé forman la familia que siempre habían soñado. Para Rosario convertirse en abuela fue algo extraordinario y lo celebró públicamente con un mensaje lleno de emoción y una tierna foto de la manita del recién nacido: “Ya soy abuela. La dicha más grande de mi vida. Estoy llena de felicidad y quería compartir con vosotros esta alegría tan especial. Agradecida con la vida y dando gracias al Señor por tanto”.
El abuelo más discreto, fiel al perfil que ha mantenido durante años, habrá vivido la noticia en la intimidad, lejos del foco, pero con la misma felicidad. Para Carlos, que siempre ha protegido su vida privada, este momento supone: ver a su hija convertirse en madre y dar la bienvenida a una nueva generación.










