Gisèle Pelicot, en pie, ante el público que llena el auditorio del instituto francés, recibe, antes de nada, una ovación. Y ella responde con una sonrisa serena, agradecida. Ese es su primer mensaje: "Aquí estoy. No me escondo. Mi fuerza y vuestro ánimo me sostienen. La vergüenza tiene que cambiar de lado".
Esta noche viene a Madrid a presentar su libro: Un himno a la vida, sobre su espeluznante historia de sufrimiento y sobre todo, de superación. Y por eso se merece un aplauso, de entrada, antes de empezar a hablar, aunque no diga una sola palabra.
La actriz Blanca Portillo lee un extracto del libro. Ese en el que Gisèle explica cómo tomó la decisión de que el suyo fuera un juicio abierto al público. En la balanza, de un lado el deseo de privacidad, la protección de su intimidad y su imagen. Y de otro, la necesidad de dejarse acompañar por el mundo entero. “Sentí que necesitaba al resto del mundo. Ya no temía las miradas. No temía que se supiera”.
En la sala, sus cincuenta y un violadores, sus cuarenta y cinco abogados defensores. También las madres, las mujeres y las hijas de esos hombres. Esos desconocidos. Y el señor Pelicot. El hombre de su vida, del que se enamoró a los diecinueve años, con quien se casó a los veinte, tuvo hijos y ahora nietos.
“Yo jamás me di cuenta de que M.Pelicot me hacía sufrir estas cosas. Él me manipulaba y yo no me daba cuenta. Yo creía que lo conocía perfectamente. Me sentía libre. No me lo podía ni imaginar”. Durante el juicio, Gisèle no miró a su verdugo en ningún momento. No podía mirarle. Cuando hablaba, se dirigía al presidente de la corte. “Pero todo el mundo tenía que ver a los violadores. Eran ellos quienes debían agachar la cabeza. No yo”
La periodista Monserrat Dominguez, que dirige la conversación, reflexiona junto a Mme Pelicot. ¿Qué ha descubierto al escribir el libro que no sabía sobre usted misma? “Pensé que no aguantaría la soledad, y sin embargo ha sido esa necesidad de estar sola, la que me ha ayudado a levantarme. He tenido momentos de tristeza, claro, pero esos me los guardo para mí. En este libro hablo de esperanza, de alegría de vivir, de felicidad”. “Recibí millones de cartas del mundo entero. No pensé que mi voz atravesaría fronteras, pero así fue. A todas esas mujeres les digo, gracias de corazón, me habéis dado una fuerza increíble”.
Un himno a la vida ha sido publicado por la editorial Lumen. En su cubierta, una fotografía de la autora, serena, sonriente, elegante. Y sobre su imagen, su nombre y el apellido fatídico: “Es mi apellido, el de mis hijos y mis nietos. Y no quiero que ellos se avergüencen por llevarlo. Mis nietos me han contado que en el colegio les hablaron de mí. Me han dado las gracias porque también le hemos dado la vuelta a eso. Gracias a mi testimonio, llevar este apellido no es un estigma, sino un motivo de orgullo”.
Las leyes han cambiado en Francia, a partir de este juicio: el Parlamento francés ha reformado el Código Penal para incluir el concepto de consentimiento en la definición de violación y agresión sexual. Y también ha despertado conciencias y trasformado mentalidades, sobre todo las de muchos hombres.
“Creo que no hay nada insuperable- afirma Gisèle-. Creo en mi fuerza”.












