Es mediodía y los parques de Vasastan bullen de vida. Resulta asombroso comprobar cómo las jornadas, en este pedacito de Suecia, están enfocadas al disfrute de los espacios públicos en toda su amplitud. Porque no importa a qué hora pasemos por las calles del barrio: siempre habrá un vecino paseando a su perro, una pareja charlando en un banquito o un grupo de amigos aprovechando el frondoso césped de un jardín para hacer un pícnic.
Y eso, en esta capital donde la naturaleza ocupa cerca del 60 % de la superficie municipal entre bosques, parques, espacios naturales y otras zonas verdes, es lo normal. Nosotros, que tenemos muy claro aquello de “donde fueres...”, hacemos lo propio durante unos minutos: nos sentamos y observamos un escenario que, en realidad, hasta bien entrado el siglo XIX lució muy distinto.
Lo que hoy conocemos como Vasastan quedaba por aquel entonces en los márgenes de Estocolmo. Se trataba de un paisaje repleto de campos y huertos, de jardines y grandes fincas. Un territorio que, debido al crecimiento imparable de la ciudad impulsado por la industrialización, acabó albergando cada vez más y más viviendas. Aquel nuevo barrio fue tomando forma durante comienzos del siglo XX, integrándose en esa expansión de la conocida como Stenstad, 'la ciudad de piedra' de Estocolmo, que emulaba sus características manzanas, las calles amplias y edificios de varias plantas dedicados a residencias.
Un paseo a las alturas
El bullicio de la ciudad parece quedar infinitamente lejos cuando nos acercamos hasta el Observatorielunden, un buen lugar para iniciar un recorrido por el barrio. Situado sobre una colina, y como su nombre ya nos deja intuir, el parque alberga un observatorio cuyos orígenes se remontan al siglo XVIII y desde su parte más alta regala una de las mejores vistas de este lado de la ciudad. A unos pasos, la Stadsbibliotek sorprende por su asombroso estilo romántico nacionalista sueco, aunque prevé estar cerrada por reformas hasta 2028.
Recorremos el parque para obtener un primer mapa mental de Vasastan, aunque no solo eso: en una de las alas del observatorio, construida a finales del siglo XIX, se halla Kafé Himlavalvet, donde recrearnos en el noble arte del fika sueco —esto es, el disfrute de un café con algo de bollería—. Abajo, de vuelta a pie de calle, se halla Café Pascal (cafepascal.se), todo un referente del café de especialidad en Estocolmo: sus bollitos de cardamomo son todo un must.
Con la dosis de cafeína administrada, continuamos caminando hacia la avenida Odengatan, una de las más ambientadas. Aquí el cuerpo nos pide pasear despacio, empaparnos de ese ambiente local definido por la mezcla tan escandinava de elegancia y vida cotidiana. Aprovechamos la ausencia generalizada de cortinas para contemplar esos hogares en los que el diseño forma parte de lo cotidiano, los amantes del interiorismo tienen un paraíso aquí. En Odenplan nos topamos con la inmensa cúpula de Gustav Vasa Kyrka, una de las mayores iglesias de la ciudad.
No tardamos en llegar a Vasaparken, donde hay espacio para pistas de baloncesto y de fútbol, un enorme parque de juegos y mil y una zonas verdes ideales para tumbarnos y disfrutar de la naturaleza. En el extremo noreste, la terraza Astrid Lindgren homenajea a una de las personalidades más célebres del vecindario, pues a unos pasos, en Dalagatan, vivió esta escritora que daría vida al personaje de Pipi Calzaslargas. La cultura más arraigada se halla muy presente aquí a pesar de que los grupos de turistas brillen por su ausencia: Vasastan es un barrio pensado y vivido por sus vecinos, y eso se nota en sus terrazas y comercios.
A un salto, y ocupando un esbelto edificio de seis plantas de fachada de latón, se halla también el Museo de Arte Sven-Harry, donde conviven un museo, una galería de arte, un restaurante e incluso una terraza en su azotea. En sus entrañas se atesora la colección de arte que el propio Sven-Harry —figura bastante singular de la vida cultural y empresarial sueca— fue reuniendo durante nada menos que 35 años. Arte nórdico que abarca la obra de artistas como Carl Fredrik Hill o Ernst Josephson. ¿Lo más llamativo? Que el empresario construyó en la planta superior una réplica exacta de su casa del siglo XVIII, reproduciendo la decoración interior, los muebles, alfombras y las obras de arte. Y, por supuesto, está abierto a las visitas.
Cómo vivir Vasastan como un local
Necesitamos regresar a Odengatan, callejear por las perpendiculares Sigtunagatan o Gästrikegatan y continuar empapándonos de esas rutinas de vida diaria de los propios vecinos de Vasastan. Las terrazas, a rebosar de gente apurando el café o el cóctel de turno, la pieza de bollería o la cena —según la hora—, son hervideros de diversión en los que las charlas y risas entre amigos protagonizan la escena. La música suena, el buen ambiente gobierna a cada paso y nosotros no queremos más que unirnos al disfrute.
Aprovechamos antes, eso sí, para recrearnos en el noble arte del shopping. Son abundantes las boutiques independientes, tiendas de artesanía y galerías que se reparten por sus calles. Nos paramos en ReRobe, paraíso de la ropa de segunda mano con firmas de las más potentes del diseño escandinavo. Caemos rendidos también ante el escaparate de Thriftin, donde nos debatimos entre si llevarnos aquella falda vintage o este jersey de plena actualidad.
Las marcas de sello nórdico continúan en FUBUKI, las botas para nieve y lluvia de vivos colores que crearon dos amigos suecos durante un viaje a Japón. O Acné Archive, una firma de moda con sede en Estocolmo y enfoque multidisciplinar. Lo complicado en esta ruta será no regresar a nuestro hotel con infinitas compras.
Paradas gastro
Antes de irnos a descansar, necesitaremos comer algo. ¿Lo mejor de todo? Que estamos en un barrio que concentra una oferta de restauración de lo más interesante. Podemos quedarnos en las inmediaciones y animarnos con Främmat (frammat.com), un restaurante de alma juvenil y espacios íntimos donde, llegada la noche, el ambiente se anima, las mesas se llenan de tentadores platillos y las copas se colman de vino. Con un pie en la cocina francesa y el otro en una propuesta creativa e innovadora, cuenta con una carta en constante evolución.
Otro imperdible se halla en Tegnérgatan: Rolfs Kök es conocido por sus clásicos reversionados ante los que nadie es capaz de contenerse. De nuevo, estética rompedora, ambiente informal y una profesionalidad en cocina que queda reflejada en platos como el guiso de pescado con langostinos o las carrilleras al vino tinto.
Para los más carnívoros, eso sí, merece la pena dar el salto hasta el mercado gastronómico de Hötorgshallen, en cuyo sótano se halla Erth (erth.se), un templo a la buena mesa, pero sin protocolos. A un lado del pasillo, su carnicería, en cuyas vitrinas se muestran todo tipo de carnes premium y cortes a elegir. Al otro, un grupito de mesas donde no faltan las servilletas de lino ni la cubertería impecable, y en las que entregarnos a uno de los mayores placeres que existen: un buen vino y una buena carne al centro con los acompañamientos más deliciosos. Solo tendremos una idea en mente: irnos a echar una siesta..., ¡o repetir!
Dormir entre elegancia y glamur
Por suerte, si el cansancio puede con nosotros, no estaremos muy lejos del hotel. Porque hospedarnos en Vasastan conlleva reservar en un alojamiento boutique muy claro: Villa Dahlia (hotelvilladahlia.com) es nuestro sitio. Hacemos check-in en su coqueto lobby e inspiramos bien fuerte el aroma a flores que inunda la recepción: esto ya se siente hogar. Tampoco faltan en las paredes fotografías y obras de arte que forman parte de las exhibiciones ofrecidas por los propietarios de manera continuada. El edificio, cuyo origen se remonta a la década de los 60, ya funcionaba como hotel antes de que Diplomat Collection se hiciera con él y abriera sus puertas con un buen lavado de cara en 2024. Este sello, al amparo de Preferred Hotels & Resorts, cuenta con otros dos hoteles de lujo en Estocolmo que llevan cinco generaciones bajo la mano de la misma familia.
Nos acomodamos en nuestra suite y admiramos la elegancia y distinción de su mobiliario y los detalles decorativos. Tonos neutros y materiales naturales que enseguida nos hacen bajar pulsaciones: aquí dentro, no nos cabe duda, llega la desconexión. Y lo haremos descansando en sus mullidas camas, por supuesto, pero también dando buena cuenta de su restaurante de corte italiano, en su completísimo spa o al atardecer, cuando el sol se ponga tras los tejados de la ciudad y nosotros nos acomodemos en el rooftop sosteniendo una copa en la mano, escuchando buena música y brindando por la vida. ¿Para qué queremos más?











